Pueblos bereberes del Atlas
Viajes mochileros por el mundo. Relatos de viaje
viajes mochileros, relatos de viaje, por libre, en solitario
1102
post-template-default,single,single-post,postid-1102,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,boxed,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-10.1.2,wpb-js-composer js-comp-ver-6.8.0,vc_responsive

Pueblos bereberes del Atlas

PUEBLOS BEREBERES DEL ATLAS. CAPÍTULO PRIMERO

 

Tirado en la litera de abajo del coche cama que me llevará a Tanger, todavía en Marrakech, me pongo «manos a la obra» con el relato de esta nueva aventura por Marruecos. Y es que Marruecos posee el secreto mágico que no desvelaré y que es garantía de aventura.

El vagón, decorado con un papel pintado florido, que me recuerda al de aquella casa bar de Lalibela en la que me emborraché a base de raki, promete ser confortable. La calefacción a tope transporta una parte del Sáhara con nosotros. Amenazo con quedarme en calzones a lo Ignatius Reilli.

Ésta será una historia que continuará porque ya lo ha hecho otras veces. Esto solo es una parte insignificante de ese otro viaje que me transportó a Asilah, Chaouen, Fez, Essouiara y tantos otros rincones. En este diario solo hay sitio para el gran Atlas y sus imprescindibles pueblos bereberes y no tan bereberes.

Dado que soy de ideas fijas y ahora me ha dado por andar a lo Forrest Gump por el mundo, se me ocurrió escaparme a esta cordillera tan cercana y lejana a mi tierra que no había visitado hasta la fecha. Tras haberme andado el Rif comprendí que la combinación senderismo Marruecos me depararía grandes satisfacciones.

La facilidad que proporciona Marruecos de distanciarse del mundanal ruido, sus montañas, paisajes, tradiciones, todo ello a un módico precio y a un salto de Ferry desde España, lo convierten en un destino ideal. Parezco una agencia de viajes.

El imaginario de los Burroughs, los Bowles, los Ginsberg,  con Tanger de fondo, había tejido un halo de misticismo en mi mente en torno a estas tierras que me impulsó a visitarlas en cuanto el paso de la interminable adolescencia a mi primera juventud me  lo permitió. En estos años he visto transformarse un país que afortunadamente no ha perdido su magia.

Málaga a Algeciras en coche. Barco hasta Tanger Med (ignorante de mi que no sabía que Tanger tenía dos puertos). Se nos alargó la cosa en el mar porque la policía marroquí se había retrasado con el temita de los sellos y hubo que dar un par de vueltas mar adentro hasta que se solventó el problema.

Charla agradable con un parisino marroquí de las afueras de la capital que se había quedado en paro y que, como yo, estaba estupefacto ante el hecho de que todo el mundo se hubiera vuelto loco tras los atentados de Paris. En Francia, al parecer, ya no hay izquierda. Isis ha ganado, la peña paranoica sufriendo un bombardeo mediático constante que solo sirve de altavoz al terror. Y luego, por todas partes, musulmanes siempre conservadores, emparentados con la izquierda radical y populista, que piden a sus sumisas mujeres que se tapen un poquito más con el velo y en ocasiones, que se pasen directamente al burka, la última moda si eres una magrebí pija malcriada en occidente.

Al que no lo haya hecho que se lea Soumission de Houllebecq, una mirada lucida y demente en medio de la mediocridad y el caos. ¿Se puede ser musulmán y ser de izquierdas? ¿Y cristiano?

El puerto de Tanger Med está a unos treinta kms de la ciudad. Lo de cambiar pasta se me complicó un tanto. Me iba a cambiar un menda de una agencia de viajes en plan favor para lo cual me tuvo esperando un buen rato. Al final me cambió su colega pirata que andaba a la caza de negocios turbios por el puerto. Salir de allí tampoco fue fácil pues no había autobús y los taxistas apretaban de lo lindo aprovechando la coyuntura. No me quedo otra que largarme  antes de ser desplumado. A lo lejos se veía una carretera y decidí hacer auto stop. Media hora después me las apañé para acoplarme donde no había espacio, en un taxi compartido, por solo veinte dirhams. Afortunadamente me dejó en la misma puerta de la estación de trenes y llegué sobrado para pillar el billete en el tren nocturno hacia Marrakech.

Me tocó compartir vagón con una pareja de “veinteañeros” escandinavos a los que les debí joder el polvo que iban a echar y que, lógicamente, no parecieron demasiado entusiasmados cuando invadí su soñada privacidad. La chavala estaba tan buena que no pude más que sentirme un miserable desgraciado incapaz de saborear el paraíso en esta tierra. Como un mendigo que cena en casa de los ricos, intentando evitar caer en la profunda y justificada depresión que estaba al acecho, traté de hacer desaparecer de mi perturbada e infeliz cabeza cualquier pensamiento de índole sexual por muy recurrente que pudieran estos ser cada vez que esa serpiente del infierno se ponía y quitaba la ropa.

Así pues, me centré en aceptar mi triste destino que esa noche se reducía a leer The Walk del funambulista Philip Pettit que cruzó sobre su alambre las torres gemelas en 1974. De esta forma transcurría la noche y cuando ya casi había olvidado la perturbadora presencia de esa Diosa del sexo y me mecía tranquilo en las alturas de Nueva York, esos “niñatos” psicópatas me pidieron amablemente que apagara las luces. Sin problema, les dije.

Si contara que me desperté deslumbrado por la visión espectral del desierto mentiría, pues eso pasó hace ya quince años. Esto solo es un capítulo de ese otro gran viaje que, tal vez, narre algún día.

Recoger a Sweet en el ryad Itry fue una Odisea. Perdido de cojones, ni los vecinos del barrio sabían dónde estaba. Huimos hacia Imi Ouglad. No encontraréis información sobre el lugar pues es uno de esos sitios que no existen. Una vez allí, con la colaboración de los parroquianos del pueblo nos orientamos hacía el pico de Isker. Una hora más tarde eyaculaba de placer al dejarme nuevamente sorprender por lo que el mundo me ofrecía.

En Isker todavía había una “tiendecita” donde compramos algo de pan y agua por lo que pudiera pasar. La primera etapa no era especialmente dura y apenas ascendimos trescientos metros de desnivel. El reto era encontrar un sitio donde dormir pues vivaquear a mil setecientos metros  en febrero hubiera sido, seguramente, una experiencia cercana a la muerte.

Además, como Sweet estaba un poco Bitter y tendía a acusarme  de toda clase de pecados imaginables, entre ellos el de estar completamente loco y no haber planificado nada, mi única preocupación era evitar que se saliera con la suya y probar con hechos mi descabellada teoría de que toda preparación y planificación resulta completamente absurda pues un viajero experimentado siempre encontrará una salida a cualquier situación que se presente o, al menos, será capaz de apechugar con las consecuencias. Por incompresible que pueda resultar a estas alturas, tuve que explicarle a mi medio limón que precisamente era lo desconocido lo que justificaba la aventura, que lo excitante era no saber donde acabarías, a quién conocerías, ni que te depararía el futuro.

Disfrutamos en compañía de un agricultor de un pan con dátiles al que le faltaron quesitos de la vaca que ríe para alcanzar el sumun de la excelencia culinaria en opinión de este modesto chef. Nos ofreció té. Seguimos hacia Arg donde llegamos sobre las cuatro, tras apenas tres horas de marcha.

Lo bueno de escribir estos relatos  desde el anonimato es la posibilidad de superar la autocensura a la que la sociedad nos induce y que tan fácilmente abrazamos. El hecho de volcar mi insignificancia en un blog de mierda que prácticamente no lee nadie unido al hecho de que si por casualidad algún chalado acaba leyéndome, ni lo conozco, ni tiene puta idea de quien soy, me proporciona la necesaria impunidad que necesito para delinquir sobre el papel. Claro que soy un cobarde.

Supongo que si existiera algún vínculo entre mi existencia real y este blog todo este disparate cambiaría inevitablemente. Me vería obligado a empezar a escribir lo que realmente pienso e incluso podría tener la tentación de intentar ser coherente y parecer inteligente. Por no hablar de que tal vez acabara pretendiendo escribir bien, o ser políticamente correcto.

Así pues, una de las cosas buenas de este blog, tal y como está, es que puedo mandaros a todos a tomar por culo e incluso a mi mismo si así lo deseo. Evidentemente, esto no es más que una gran y perfecta masturbación mental concebida para mi exclusivo disfrute. El disfrute onanista del Bandini que hay en mí.

En Arg hasta los gatos nos miraban ojipláticos. Nos paseamos cual David y Victoria Beckham por la quinta avenida buscando un devoto musulmán que nos acogiera en su techo. Situados en una colina en mitad del lugar contemplamos como, al menos la mitad de los vecinos del pueblo, se habían asomado a sus balcones para observar el curioso espectáculo de los blanquitos buscando una cama.

Lo primero que nos llamó la atención es que apenas había hombres en el pueblo, tan solo vecinas viejas y niños por todas partes. Eso, en una sociedad tan patriarcal, en una comunidad rural musulmana perdida de la mano de Alá, complicaba mucho nuestro futuro a corto plazo pues, si ya resultaba complicado que una mujer hablara cara a cara con un extranjero sin ruborizarse, resultaba del todo impensable  que la susodicha te metiera a dormir en su casa.

En esa coyuntura hacía falta que apareciera un hombre para tomar una decisión y afortunadamente, apareció Khalid. Nos guió a su casa sin mediar palabra, nos ofreció su salón, negociamos un razonable precio dadas las circunstancias de dieciocho euros por pasar la noche allí y todos nos quedamos «la mar» de contentos.

El precio acordado no dejaba de ser una pequeña fortuna para gente tan humilde y concientes de su «abuso», al tratarse de gente de naturaleza hospitalaria, acabaron por invitarnos a merendar y a cenar con ellos. El atardecer lo disfrutamos bebiendo té en su azotea desde donde había unas espectaculares vistas de la cordillera.

La mujer de Khalid y su “pequeñazo” también resultaron encantadores. Al enano lo acabamos atiborrando a chocolatinas pero, sin duda, con lo que más disfrutó fue con las dos mandarinas que se zampo. A éste no había que decirle «niño, come fruta».

Y justo cuando empezaba a escribir auténticos disparates se me acabó el cuaderno.

A la mañana siguiente, Khalid se empeñó en ordeñar un poquito más la vaca y, necesidad aprieta, insistió en hacernos de guía aunque le dejamos claro que no nos interesaba. El colega se pasó tres horas andando pegado a nosotros. Sin embargo, por sorpresa, y cuando ya veíamos que aquello acabaría regular, se despidió amablemente, nos pidió algo de tabaco de liar que lógicamente le dimos y se volvío sonriente para su pueblo.

Tras dejar atrás la aldea bereber de Tighounar llegamos a Tidili donde una señora muy divertida nos guió hasta la salida del pueblo. Entonces iniciamos la cuesta del coño que nos llevaría hasta Arsteq. Ahí el sendero se perdía algo y tuvimos que tirar de intuición para volver a retomarlo algo más adelante.

En Tidili había un refugio donde quedarse y en Arsteq otro. Si lo hubiéramos sabido tal vez habríamos continuado un par de horitas el día anterior. La subida seguía y seguía. Después de Arsteq quedaba aún la parte más dura que llegaba hasta la estación de esquí de Oukaiden.

De repente, aparecido de ninguna parte, surgió un chavalito de once años llamado Eduard que andaba caminando alegremente por la zona. Al parecer, su padre vivía en Oukaiden y su madre en Arsteq por lo que hacía esa ruta de marcha con mucha frecuencia. Lo único que nos pidió el chaval después de andar un par de horas con nosotros fue que compartiéramos un rato con él las gafas de sol pues la luz cegadora le molestaba en los ojos.

Oukaiden es una estación de esquí que se sitúa donde los occidentales pensamos que solo hay desiertos y camellos. No es una estación de esquí de los Alpes suizos pero no está nada mal y atrae un creciente turismo nacional.

La idea era seguir algo más ese día, pero tras seis horas de subir cuestas nos dimos por satisfechos y consideramos como una victoria esta retirada a tiempo. Pillamos habitación en el club alpino francés en una habitación compartida que disfrutamos a solas y aprovechamos el par de horas de luz que nos quedaban para volver a la civilización y empaparnos del espíritu del incipiente turismo de montaña marroquí.

La “discoparty” que se montaron los niños que estaban de campamento en hotel nos hizo añorar los tiempos de Herodes si bien la sangre no llegó al río y acabé guardando la escopeta ya cargada bajo el colchón cuando a media noche sus profes les cortaron el rollo y les apagaron la música. Y entonces empezó a nevar como si fuera a llegar el fin del mundo.

Empantanados en Oukaiden, ya por la mañana, aprovechamos una leve ventana de buen tiempo para intentar alcanzar el pico cercano en lo que aparentemente era una gesta  a la altura de Bonatti, para luego alcanzar Tamamert en un descenso vertiginoso por senderos nevados y acantilados imposibles. Todo ello en una maratoniana jornada de ocho o nueve horas.

La idea era pasar por un pueblo llamado Agadir, luego por Ikis, subir al pico Tamamert y con mucha fe llegar al pueblo que da nombre al pico anterior. Decepcionados, descubrimos que no éramos ni Mesnner ni Bonatti y nos tuvimos que conformar con hacer «solo» la primera parte del recorrido pues la nevada empezó a ser demasiado intensa y los senderos inaccesibles.

El haber leído recientemente sobre la catástrofe del Nanga Parbat me ayudo a salir de mi ensoñación y a recordarme que no soy más que un capullo con ínfulas y bastante vértigo. Para recapacitar también tuvimos que vernos cubiertos de nieve hasta las rodillas,  con el vacío delante de nuestras narices y con Sweet a punto de colapsar. El senderismo derivó en alpinismo puro y duro. Nos jugábamos literalmente el pellejo.

Recuerdos imborrables de la subida sumergidos en la inmensa blancura del Atlas. Panorámica indescriptible, la niebla que en ocasiones rompía la tenue luz del sol. En fin, una puta mierda en comparación con la aventura de Joe Simpson en tocando el vacío, pero una proeza, sin duda, para un malaguita drogata como yo. Lo más cerca que he estado nunca de subir el Pettit Dru.

En carro compartido dirección a Afran sin saber muy bien por qué. El descenso vertiginoso nos proporciona una visión más global de la inmensidad de la Cordillera del Atlas. El trayecto que andado por guías locales podía hacerse a pie en seis o siete horas, en coche precisaba de no menos de tres. Arreciaba la lluvia en Afran y casi sin pretenderlo habíamos vuelto a las puertas de Marrakech.

Y fue aquí cuando comenzó la segunda parte de mi recorrido por los pueblos bereberes del Atlas, en Marruecos. Se trataba de una aventura que solo estaba  en mi cabeza. Ahí empieza siempre todo. Por eso ésta será una historia que continuará, porque ya lo ha hecho otras veces.

No hay comentarios

Publicar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.