Sanurfa Viaje mochilero Sanurfa. Por libre. En solitario
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La ciudad de los niños sirios: Sanurfa

Viaje mochilero Sanurfa

Llegué muy bien de tiempo para montarme en el bus nocturno que iba a la sagrada ciudad de Urfa. El viaje no fue en absoluto agradable. El autobús iba a tope de gente de lo más ruidosa. Tampoco es que fuera especialmente cómodo y la azafata se comportaba como nazi a la caza de judío.
 
Tuve un momento de pánico cuando tras echar una cabezadita me palpé el bolsillo (algo que hago unas trecientas veces por día) y me di cuenta que no tenía mi ipod. Dado que es la mayor pijada que tengo en esta vida (realmente es de Sweet) me entraron sudores fríos. Me tiré al suelo del autobús y tras diez minutos de búsqueda en la oscuridad en los que tuve que levantar a la mitad del pasaje acabé dando casi milagrosamente con el aparatejo.
 
Cuando empezaba a cantar el gallo llegué a Urfa o Sanurfa como se llama oficialmente. El san se le añadió, al parecer, tras un pique con sus vecinos de Gizantep (la gloriosa Antep, antes llamada Antep a secas). Todo ello tras el papel de ambas en la reconquista de Ataturk.
 
Las resacas de las noches sin dormir se hacen más pesadas con los años. Entro en la primera pensión que se me pone a tiro a un precio módico. No me dejan entrar en la habitación porque aún es pronto. Aprovecho para desayunar un rico burek de queso.  Resisto el sueño como puedo dando vueltas por el barrio hasta que me dejan entrar en mi habitación. Tumbado en la piltra un olor nauseabundo lo invade todo. No me había dado cuenta de que la pensión estaba al lado de un estercolero. Insectos por todos partes.
 
Llegar hasta Urfa era una locura. Veinte horas extras de autobús. La curiosidad mató al gato. Urfa no era solo un referente espiritual turco, también era un punto caliente junto a la frontera siria. Mi trabajo con los refugiados despertó mis deseos de visitarla. Allí había gran cantidad de exiliados, muchos de ellos niños que se buscaban la vida.
 
Por Sanurfa vagabundeé como un fantasma. Visité la hermosa piscina de Abraham y busqué una vista panorámica que disfrutar al anochecer contemplando la ciudad. Grupos de desocupados me miraban moderadamente curiosos. Más niños abandonados a su suerte. Me invadió una tristeza profunda.
 
Esa misma noche cogí otro autobús con la intención de alejarme lo máximo que pudiera de un dolor que llevaba dentro.

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