Osh Viaje mochilero Osh. Carretera del Pamir. El pico Lenin.
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La carretera del Pamir: Osh

En coche regresamos al atardecer hacia Bishkek. La mayoría prefería viajar en avión desde allí hasta Osh al sur del país. Llegamos a Bishkek cuando ya había anochecido.

Osh ha sido mi ciudad favorita de este viaje. Con un ambiente islamista más marcado y tradicional en Osh abundaban los parques y las mezquitas. La atmosfera relajada, casi perezosa, invitaba a abandonarse a los placeres más mundanos. Así pues, tirarse en un parque, beber una cerveza, disfrutar de un helado o comer un pinchito fue todo lo que hice. Aproveché para desmarcarme del grupo durante unas horas. Necesitaba andar a mi aire.

La carne, el pan y la cerveza son excelentes en Kirguistán. Esa misma mañana habíamos desayunado unas empanadas de carne y patata deliciosas aderezadas con una salsa de tomate picante y un kefir exquisito.

A la gente de Kirguistán le encantan los turistas pues no están acostumbrados a ellos y son de naturaleza hospitalaria. Los kirguis son tranquilos, divertidos y silenciosos. La música no es tan detestable como en otros países y aún conserva ciertos rasgos étnicos y tradicionales que la hacen más que soportable.

En Kirguistán todos los niños sin excepción tienen cara de pan. Se dice que en el sur los rasgos asiáticos son menos marcados aunque no ha sido esa mi impresión. Sin embargo, la presencia uzbeca se hace notar siendo estos casi el cincuenta por ciento de la población. Los Kirguis prefieren, claro, a los kazajos, aliados históricos de estos frente a los uzbecos.

En el parque principal de Osh montan ferias donde predominan los cacharritos y los tenderetes para disparar con escopeta de plomos. Fuera del meollo está el bosque. Nadie cuida ls parques y la narturaleza, simplemente, se abre camino. Allí, las parejas tienen infinitas posibilidades de esconderse para achucharse un poco. A mí me encantan los parques así, salvajes.

Menos de cinco euros un alojamiento compartido, algo menos de un euro un rico desayuno, helados a veinte céntimos, Kirguistán es un país realmente barato para viajar donde ni siquiera se ha inventado aún el concepto de «precio para turista».

La gente por aquí admira a Putin. Eso sí, afirman, los rusos a lo suyo.

Ojala pudiera volver a empezar… ¿Seguro?

Un pastor grita a sus ovejas en mitad de las montañas del Pamir.

Doy una vuelta por el Bazar de Osh. Luego quedamos con unos chavales para jugar al futbol. Mi instinto goleador sigue intacto. Todo lo demás ha desaparecido. Acabo lesionado. Deseo que llegue la paz de la noche para irme de este mundo.

Más pinchitos de carne. Más kefir. Probamos una especie de horchata de color marrón con algo de alcohol que sabía a rayos. Era el nueve de mayo y se celebraba la victoria de los rusos frente a los nazis. En la plaza Lenina se representaban los combates por todo lo alto. Danzas populares, gorros uzbecos, disparos, gritos, música y algunos discursos patrióticos. Muchas fotografías, niños y familias. Una larga conversación con Bouslam en la que conluimos que pensar demasiado puede volverte loco.

El pastor de las montañas baja para cuidar de su rebaño… ¿Será Zaratustra?

Por la noche nos vamos de discoteca. Hasta empiezan a gustarnos las kirguis. Boabdil es el rey de la pista.

En el Osh football Club juegan dos negros.. Uno de Ghana y otro de Nigeria.

Miguel Ángel lo tiene claro. Se trata de una gran llanura rodeada de tremendas montañas. Aquí no hay lugar para las colinas. A las grandes montañas nos dirigimos.

Llegar hasta Sary Tash no resulta sencillo. Acabamos recurriendo a una marushka que nos lleva hasta las faldas del pico Lenin por apenas 6 euros y dos horas y media de viaje. Más marmotas y prados infinitos.

Mi cabeza empieza poco a poco a regresar a España. Volver para partir de nuevo. O tal vez esta vez sea diferente.

Follar en un autobús es muy complicado, lo digo por experiencia.

Jamal es como mi caballo de Son Kol, Toro. O le das fuerte y estás siempre encima o se niega en rotundo a seguir hacia delante. Este viaje está remolón. Ahora ha decidido quedarse en el hotel viendo sus programas favoritos de Netflix. Eso, o es que piensa irse de putas a la chita callando.

Boabdil nos abandona. Volverá a Bishkek por carretera. Nosotros lo haremos en avión.

Escuchar. Silenciar mis incendiarias opiniones. Aprender a formar parte de la manada.

El viento sopla fuerte en el Pamir. El cielo azul, la tierra verde, las montañas blancas. Un tiempo detenido. La noche está cerca. La dulce muerte que todo lo cura.

Ser tu amigo y borrarte de mi cabeza.

¿Podemos cambiar? ¿Podemos vivir la vida de otra manera?

Esta escapada al Pamir nos ha servido más bien para abrir boca. Ya empiezo a soñar con un viaje en bicicleta por la Pamir road. Las aguas verdosas de un riachuelo procedente del norte desembocan en el más caudaloso Gudnak de aguas marrones que baila tranquilo a las faldas de pico Lenin. Unas construcciones esféricas se sitúan al otro lado del río aún más cerca del pico. Aguas congeladas que siguen esperando el deshielo. El viento levanta olas de polvo. El sol comienza a ponerse. Unos Yacks regresan tranquilos al pueblo. Las nubes humean sobre las cumbres del Pamir. Enormes boñigas de vaca. Matorrales secos recuerdan con tristeza el final de un largo invierno. Cuatro ciclistas suben la penúltima carretera hacia el cielo.

¿Y si esto fuera todo lo que hay entre el horror y yo?

Aplasto un minúsculo mosquito sobre mi cuaderno sufriente que todo lo aguanta.

El aire cada vez más frío por encima de los tres mil metros.

Y entre tanta mentira…¿Dónde está la verdad?

Me dirijo solo de vuelta a Sary Tash. Paso cansado. Sin explicación me decido a besar a una chica en la boca. Seguimos luego ambos nuestro camino como si nada.

El arte se había convertido de rependete en un concurso de popularidad. Un culto a la personalidad. Pero la realidad era que el arte eran pocos los que lo comprendían. Eso, si había algo que entender.

Mi vida era una sucesión de fracasos. El nihilismo era también una forma de suicidio. Pero yo me había convencido de seguir intentando lo que fuera, menos el suicidio. Eso e intentar superar mis miedos.

Escribir sin ningún filtro. Eyacular palabrar sobre un cuaderno en blanco.

¿Que tenía que ver el erotismo con el amor?

En el arte uno debía matar a su padre.

Me preguntaba si por fin se irían esos hijos de puta. Si me dejarían solo estos bastardos. Su patetismo me deprimía. No era un caballero. Estaba lleno de rabia y agonía.

Una mujer niña.

Era necesario destrozar la realidad.

No podía soportar su mediocridad pero que fuera talentosa eso sería aún peor.

Un día que pases sin reir es un día perdido.

Cada frase categórica es una razón para vomitar.

Picasso nunca criticó ni denunció a Stalin. Incluso realizo un dibujo homenajeándolo cuando falleció. Picasso fue, sencillamente, indiferente al terror del gobierno de Stalin.

Crear era una forma de luchar contra la vejez.

Un complejo de superioridad dentro de un complejo de inferioridad. Un enorme ego que no me permitía rendirme ante nada ni ante nadie. Un ego que me servía para vivir sufriendo y que me había ayudado a lograr las pocas cosas que había conseguido. En el fondo era un triunfador y lo sabía. Y es que todos aquellos a los que admiraba habían luchado contra la muerte y habían perdido.

Mi último día en Osh decidí ir a la piscina.

Una lucha constante entre lo hermoso y lo horrible. Una decisión que ya no puedo aplazar. Cuando lo secundario se ha convertido en lo principal y se abre paso la locura. La contradicción de la vida moderna en un cuaderno sufriente que todo lo aguanta.

¿Quién no tiene razones de sobra para quitarse la vida?

Harto de tanta racionalidad.

Las cosas están bien hechas solo si las hago yo.

Ya no tenía nada más que contar, el viaje ya había acabado. Tampoco tenía nada mejor para ocupar mi tiempo. Siempre me decía lo mismo. Quién sabe, tal vez si seguía escribiendo, sin saber cómo, llegaría a alguna parte. Tal vez, pensaba, se me ocurriera algo interesante. Ya se sabe, la inspiración debía pillarte trabajando. En el fondo intuía que era más una terapia que otra cosa. Una forma de seguir un minuto más con vida, que diría Kapucinskiy. Hacia fuera y hacía dentro mediocridad era lo que encontraba. Seguro que la gente brillante existía aunque yo no la conociera.

Una hamburguesa difícil de clasificar en el restaurante Borzok de Osh. Pensaba que al menos la carne sería buena. Le pusieron una salsa rosa que nunca supe que diablos era. La ensalada tenía mejor pinta aunque el tomate era de conserva y el queso supuestamente feta ni por asomo lo fuera.

Definitivamente había llegado el momento de parar de viajar por un tiempo. Viajar se había convertido en una forma de huir, en un automatismo y eso hacía que mi pasión perdiera por completo su sentido. Pero, sin mi pasión…¿A qué podría agarrarme? ¿Me vería obligado entonces a huir, a vagar para siempre?

La propaganda es a la democracia lo que la porra es al estado totalitario.

Por azar me encontré con Jamal y Bouslam en el Mausoleo de Osh. Hacía un calor terrible. La impresionante panorámica de la ciudad me dejó indiferente. A cada linea reescribía la realidad.

Al final me decidí a ir con ellos a la mezquita. Allí Bouslam me enseño todo el ritual de purificación de los musulmanes. Lavado de cara (tres veces), manos y brazos (tres veces), nariz (tres veces), orejas (una vez) y cabeza (una vez). Luego nos lavamos los pies. No recordaba lo agradables que eran las mezquitas. Tirado en la moqueta escribí estas lineas. Tal vez en mi vida faltaba algo de espiritualidad.

Allí, en la mezquita, por alguna extraña razón, me sentí reconfortado. Estaba claro que necesitaba cambiar algo para poder seguir adelante.

 

 

 

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