Croacia y Montenegro viaje mochilero Croacia y Montenegro
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Croacia y Montenegro

CROACIA

En Dubrovnik, mochila a cuestas, teníamos 5 horas muertas y decidimos aprovecharlas al máximo. De entrada Dubrovnik, al menos el casco histórico, es otro planeta si lo comparas con el nivel de vida de los países que habíamos visitado. Por una granada me pidieron dos euros. Al menos me quedé con un trocito de muestra.

En la estación nos encontramos por casualidad a Aki, el japonés que conocimos en Belgrado, y como buenos japoneses nos hicimos una foto de recuerdo. Nos costó lo suyo. Los croatas hicieron de croatas y tuvimos que pedir hasta por tres veces que nos sacaran una foto pues los muy majetes nos decían, sin más, que de foto nada, y se largaban.

Tal vez en otra ocasión relate el viaje que hice a Croacia algunos años antes. La naturaleza, impresionante,  pero la gente, en fin…junto con los ucranianos los que peor me han tratado con diferencia de todos los países que he visitado. Casi acabé simpatizando con Milosevic.

Había que huir de allí. Cuanto más al sur mejor. Diego bajo hasta Ulcinj, yo me quedé en Kotar (Montenegro). Nuestros caminos se separaban. Me ha encantado viajar con Diego. Espero que no sea la última vez aunque mucho me temo, el tiempo me dará la razón, que nunca volveremos a viajar juntos.

MONTENEGRO

En la estación de autobuses de Kotor, ya de noche, me esperaba un hombre de mediana edad con cara cansada y triste. Me ofreció dormir en su casa. Andamos, andamos y casi volvimos a Dubrovnik andando antes de encontrar la dichosa casa. Cómo no había cenado me ofreció algo de pan con salami, se lo agradecí en el alma.

Ya en Montenegro me levanté temprano, saqué dinero, tomé un café turco y me fume un cigarro con la bahía de Kotor como escenario.

Luego el arte de gastar el dinero cambiado. ¿100 dinares serán suficientes para disfrutar de una cerveza en este bar de Jazz? No está mal este bareto de Skopje. Techos altos, paredes de piedra y claro, Jazz. Mucho piano, como a mi me gusta. Poca gente. Un rubio que podría ser guiri escribe puede que sobre unas postales. Un grupo de jovenes macedonios entran y unos carrozas se van.Tal vez haya dentro más gente de lo que parece.

Aquí en Skopje es tradición poner altavoces en la pared de la calle enfrente del local. De esta manera llamas la atención de los transeuntes que pueden escuchar la música que estás poniendo por dentro. Un gato corre como el viento y atraviesa el local en un suspiro.

Me llevé por error la llave de la habitación de Kotor. Como volver con la mochila hubiera sido un infierno me consolé pensando en que recordaba al hombre sacando la copia de la cerradura de la puerta de mi dormitorio.

El guiri termina de escribir lo que fuera que estuviera escribiendo y se dirige hacia el interior del local. El gato sigue a la carrera.

Como no tengo reloj me siento un poco desorientado ahora que Diego no está conmigo. Hoy me he tenido que despertar sin despertador para coger el bus de las nueve. Este arte que empiezo a dominar  implica dormir con la tensión suficiente para despertarte cuando toca en cualquier circunstancia. En esta tarde, donde si algo me sobre es tiempo, solo me queda esa desorientación y la duda, por lo demás, estaré puntual en la estación a media noche. Las calles del casco histórico de SKOPJE están muy mal iluminadas.

La fortaleza de Kotor me dejó indiferente. Quiero decir, vistos mil castillos de piedra, vistos todos.

La carretera Kotor Cetinje tiene cierta fama de permitir disfrutar al pasajero de unas vistas privilegiadas de la bahía. La cuestión es que el bús no pasaba por la carretera antigua y la única forma de pasar por allí era pillarme un taxi.

Las negociaciones con los taxistas parecían no llegar a buen puerto.  Me faltaban al fin y al cabo unos minutos hasta que llegara el próximo autobús a Podgorica y el regateo era una actividad tan lícita como otra cualquiera para pasar al tiempo. Cuatro taxistas más tarde encontré a mi hombre. Por treinta euros se prestó a hacer el camino de montaña hasta Cetinje. Y no solo eso. Me dio conversación con su inglés macarrónico, se paró para que pudiera disfrutar de las vistas y me proporcionó todo tipo de informaciones utiles e inutiles durante el par de horas que estuvimos juntos.

Ya en Cetinje, tumbado en el prado, disfrute de una grandiosa hogaza de pan y un queso de vaca un tanto seco, eso sí. En el autobús a Podgorica vi a una rubia morbosísima con un vestidito a cuadros que en todo momento debió ser consciente de que tanto yo como el resto del pasaje no podíamos dejar de mirarla. Lamenté en el alma tener que sentarme dándole la espalda cuando por fin se liberó un asiento a mi lado.

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