Viaje mochilero Coroico. La ruta del Choro. Por libre. En solitario
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Coroico. La ruta del Choro

Viaje mochilero Coroico. La ruta del Choro.

Tras tres días de pura caminata estamos muertos pero decidimos posponer el descanso y continuar el senderismo empalmando la ruta de los Jalcas con la ruta del Choro por los Yungas. Una ruta que permite unir a pie La Paz con Coroico. Para ello, desde La Paz tenemos que coger otro trufi que nos lleva desde la estación de Fátima hasta La Cumbre, a 4600 metros de altura.

Las apariencias engañan. Tom Wolfe solía llevar siempre una grabadora con él y muchos de los pasajes que aparecen en sus libros son transcritos literalmente de estas grabaciones. Fue también un pionero del denominado nuevo periodismo.

Llevo una semana hecho una piltrafa. Mi estómago que tan bien me había tratado durante mi primer mes y medio de viaje se ha rebelado contra el vino, el tabaco y tantísima comida de mercado.

A 4600 metros de altura iniciamos la ruta del Choro. Iba a ser nuestra particular ración de Yungas. El sendero se inicia con una criminal subida de trescientos y pico metros que nos pone en el límite de los cinco mil. Con un frío de cojones iniciamos el descenso. El horrible tic de mi mandíbula no hace otra cosa que empeorar. En un par de horas bajamos unos mil metros de altura y el clima mejora un poco. Empieza a aparecer la vegetación.

En ese primer tramo del Choro nos cruzamos con una francesa y una húngara que van como un avión. Media hora después atrapamos a un grupo integrado por dos argentinos, un chileno y un loco alemán. Con ellos pasamos el resto de la jornada marchando a ritmo caribeño.

Acampamos donde podemos dado que ni siquiera alcanzamos el primer campamento. Nos entretenemos cocinando y fumando porros hasta que una tormenta nos azota de manera inmisericorde. La lluvia nos da la bienvenida a los auténticos Yungas que propiamente comienzan un poco antes de llegar al campamento de Challapampa. Los Yungas son una especie de selva montañosa. El eslavón perdido entre la alta montaña y la selva pura y dura. Ya por debajo de los tres mil metros el paisaje cambia radicalmente.

El segundo día es de pateo intenso. Cruzamos los campamentos de Challapampa, Buenavista, el Choro y sobre las cuatro de la tarde llegamos al campamento de San Francisco. En este último, ya solos Sweet y yo, con nuestro proyecto de fogata, proseguimos con nuestro poco exitoso esfuerzo de asar salchichas.

En general la ruta es de claro descenso aunque tanto la subida a Buenavista como la ascensión a Bellavista ( la cuesta del diablo) y luego la subida a Sandillani del último día, nos dejan sin aliento. Vamos muy cargados de peso.

El último día de la ruta del Choro hasta el pueblo del Chairo lo hicimos en unas seis horas de pateada. En Sandillani, campamento de un japonés que escapó de la segunda guerra mundial y con dieciséis años se instaló en estos picos, podemos comer un rico sandwich de huevo que nos viene de perlas pues los víveres ya escasean. También podemos conocer la leyenda de este personaje japonés que falleció en dos mil catorce. Tras la muerte de nuestro protagonista el campamento fue ocupado por un par de parejas del Chairo que habían visto una magnífica oportunidad de ganarse la vida y de paso mantener el legado del solitario abuelo.

De Sandillani al pueblo del Chairo hay tres horas de caminata. Allí tienes dos opciones; o te dejas clavar los 160 bolivianos que te piden por llevarte en cuatro por cuatro a Yolosita o te pateas los quince kilómetros de feo camino hasta allí. Nosotros tenemos la suerte de que un vecino nos acerca con su vehículo por tan solo cincuenta bolivianos. Una vez en Yolosita hay transporte público hasta Coroico.

Una vez en Coroico, tras seis días perdidos por el monte, era hora de morir en la cama. Por una razón o por otra, al día siguiente, me intoxiqué con algo. Ciertamente había comido todas las guarradas que pude encontrar en los puestos callejeros. No exagero si digo que bebí un par de litros de los zumos más diversos.

Entre pitos y flautas llevo casi una semana hecho mierda. Diarrea, vómitos y, lo peor, un perpetuo reflujo que me quema las entrañas. ¿Me he hecho definitivamente viejo para todo esto?

A continuación, dos semanas sin respiro. Un perro enorme, gordo, del tamaño de un elefante. Una pausa en mitad de una interminable sesión de Reggaeton o de Cumbia. Dos semanas de maratón físico. Escribir, inconcebible.

Un perro marrón, enano, corre con gracia con su vestidito azul por las calles de aguas calientes, ya en Perú. Pero antes de eso, todavía toca escribir sobre Bolivia. Una mañana para, por fin, no hacer nada más que comer, beber, fumar y escribir.

En Coroico, antes de enfermar, charlamos con las cholitas en el mercado de abastos, comemos de menú del día y nos atiborramos con más zumos del paraíso. Encontramos al argentino Gastón con su nueva chica francesa y a Julieta, la otra argentina, camino de su ganapán en el único antro de perdición de Coroico.

Sigue lloviendo cada día pero la falta de infraestructuras hace que haya constantes cortes del suministro. Uno de los lugares más lluviosos del mundo y la gente no tiene agua, vaya paradoja.

 

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