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La Paz. Lago Titicaca

Viaje mochilero La Paz. La ruta del Choro.

Regresamos a La Paz. Cada minuto que pasamos en esta ciudad nos atrapa un poco más.

Pollo Spiedo o a la Broaster en casa de otra cholita.

El cholitas Wrestling es una turistada que tal vez deberíamos denunciar por machista. Yo, lógicamente, no voy.

La mejor manera de conocer La Paz es en telesférico. Cuando la lluvia te da una tregua. Un enclave que trae a tu recuerdo ciudades elegidas como Río o Jerusalén. Caos en la noche de la Paz. Un restaurante Chifa cualquiera donde, sin darme cuenta, pido por tres euros comida para un regimiento.

Pan dulce para desayunar.

Mi favorita es la linea naranja del metro inaugurada por el propio Evo hace escasos meses.

Son las nueve y cuarenta y ocho minutos, la hora en que Valentina debería estar en el cole.

Unos huevos bien fritos.

Más consignas a favor de evo en cada rincón de La Paz. Evo, lider indígena, que más se puede decir.

Cenamos en un restaurante de encanto decadente cerca de la plaza San Francisco. Allí, una secta de cholitas y cholitos cantaban a Dios con ciega fe.

Días más tarde, salíamos de La Paz en bús cuando, tras una hora de viaje, ya en la parte alta de la ciudad de La Paz, Sweet se da cuenta de que su lector se había quedado en el hostal. Nos apeamos del bus en cuanto podemos y desde el culo del mundo buscamos la forma de llegar al telesférico más cercano. Cogemos la linea azul, luego la roja y por último la naranja que nos lleva hasta el hostal. Recuperado el lector, con la lengua fuera, tras renegociar el precio del billete, logramo salir de La Paz a la una y media de la tarde.

Sorprende la influencia de la música española, especialmente de la mala, en latinoamérica.

Guairo se llama el pan de Perú.

Copacabana no está en Brasil. Cuando vas hacia allí, en el lago Titicaca, tienes que bajarte del bus, meterte en una barcaza y ver como, ya sin pasajeros, se llevan tu bus en una extraña plataforma de madera que va a la deriva quién sabe hacia donde.

Zumo de papaya. Más zumo de papaya. Noche de tormenta en Copacabana. Una chica asiática habla con su gato en la mesa de al lado del restaurante en el que nos refugiamos. Menú completo, cerveza pequeña incluida, veinte bolivianos. La lluvia comienza a caer a cántaros. El agua poco a poco comienza a filtrarse por el techo hasta convertirse en torrente. Movemos las mesas cuando comenzamos a empaparnos. A nadie la importa, estamos demasiado cautivados por el sonido de la lluvia.

A la mañana siguiente subimos a la punta de la mona para ver una panorámica completa del lugar. Peldaño a peldaño llegamos al final de la escalera y hacemos una ofrenda en el alta aimara justo en la mitad del camino hasta la cima. Arriba el lago Titicaca se nos muestra en toda su divinidad.

Ir al parque temático Uru no me motiva en absoluto.

La isla del sol solo me interesa si me dejan perderme en ella. En una barquita para guiris llegamos al gueto en que se ha convertido el sur de la isla ahora que la parte norte ha sido cerrada.

Una cholita bebe incakola.

Me traicioné mil veces y volveré a hacerlo otras mil.

Dejar de viajar un tiempo y tomar perspectiva… ¿Tiene eso sentido? Y si el barco deja de navegar… ¿Se hundirá?

La cholita de la Incakola lleva calcetines naranjas y mocasines. Sombrero redondo y marrón. Una rebeca azul clarita. Leotardos grises bajo la falda.

Justo antes de partir hacia la isla del sol encontramos al chileno del Choro al que había regalado la biografía de Ian Curtis. Venía de acampar en la isla del sol y nos recomendó hacer como él y acampar en el bosque en lo alto de la colina según llegas a la isla.

No le hacemos caso. Preferimos seguir andando algunas horas más y alejarnos todo lo que podemos de la turistada. Con sangre, sudor, lagrimas y alguna que otra discusión llegamos a una cala perdida en mitad de Eleusis. Finalmente acampamos a escasos metros de la playa que solo tiene como testigos una pequeña casa de pescadores.

El anochecer es una delicia. Degustamos una botella de vino de Arequipa que sabiamente habíamos adquirido en Copacabana. Una noche mágica, dramática en la que Sweet comprende por unos instantes que ni yo estoy tan loco ni ella tan cuerda. Damos el paso que marca la diferencia, el que te hace llegar a lugares imposibles. Prescindimos de la razón y nos dejamos llevar por nuestro instinto.

Tanto placer no podía ser bueno y ya de madrugada, bajo la intensa lluvia que amenazaba con inundar la tienda, mi lisiado estómago comenzó a resentirse tras la noche de borrachera. No estaba aún recuperado del todo de la intoxicación de Coroico. Me pasé vomitando casi toda la noche.

Más debil de cuerpo pero más fuerte de espíritu que nunca me levanté a las cinco de la mañana. Nos recreamos en un amanecer imponente que visto desde la playa te permitía contemplar gran parte de la isla.

Antes el dueño de la casita de pescadores intentó sacarnos la pasta por acampar cerca de su casa.

Fantaseamos con dirigirnos a un sur de la isla que había sido cerrado por una trifulca tribal interna fruto de la destrucción de unas habitaciones para turistas que pretendían construir los del norte junto a las ruinas de la parte sur. Pasamos gran parte del día recorriendo la vertiente sureste. Jugué al futbol con unos chavales estupendos.

De vuelta a Copacabana, pasamos la tarde con unos vagabundos dealers argentinos. Los ojos azul intenso del lider de la manada me inquietaron. Tal vez no se diera cuenta de que esos ojos ya no erán más de este mundo. ¿Por qué siempre acabamos con este tipo de gente? me pregunta Sweet.

Drogado de opio y marihuana, casi zombi, me dispuse a cruzar la frontera con Perú.

 

 

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