viaje mochilero uyuni. Por libre. En solitario. Parque Eduardo Averoa
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Uyuni

Viaje mochilero Uyuni

De San Pedro de Atacama (Chile) hay que huir cuanto antes hacia Uyuni (Bolivia). Nos sobró el último día en Chile. Un viento huracanado que no cesó ni un minuto nos obligó a refugiarnos en la tienda. Una jornada infernal respirando arena.

De camino a Uyuni en coche junto a tres franceses y una chica española. Entramos al parque Eduardo Averoa. Contemplamos un paraiso que parece la luna. Montañas imponentes, lagos de todos los colores y psicodélicos geiseres de barro. La boca abierta.

Envidiosos y admirados vimos como un grupo de cuatro ciclistas también franceses se disponían a cruzar el parque y pretendían llegar hasta el salar sobre dos ruedas. Diez días de ruta. El frío nocturno, el arenoso viento y la enorme distancia hacían de la tarea algo herculeo. Supongo que lo lograron. ¡Buena suerte chicos!

La noche la pasamos con nuestros nuevos compis con los que siempre hubo buen rollo. Pillamos un par de litronas que acompañaron una escasa ración de espaguetis.

Paul, un joven aventurero francés, proseguía su viaje a dedo desde Perú hasta Uruguay. Quinoa, una chica valenciana, huía de un trabajo que odiaba y de una ruptura sentimental. Juliette, un francesa que era pura simpatía, consiguió descifrar con las escasas pistas que pude proporcionarle el nombre del autor de la canción l’agriculteur, una canción que me perseguía desde los tiempos en que viví en Francia y que creía nunca podría volver a escuchar. El autor era Radin. Había intentado sin éxito tantas veces dar con la canción que cuando mágicamente Juliette comenzó a cantarla casí se me saltan las lágrimas.

Hasta el salar de Uyuni hicimos la denominada ruta alternativa que recorría una serie de formaciones rocosas inclasificables de nombres tan surrealistas como la copa el mundo o la vieja italia. Especialmente recomendable el sendero que te lleva hasta la laguna escondida también conocida como laguna misteriosa. Una laguna artificial atrapada entre enormes peñascos  que fue creada por los propios pobladores tras el desvío de un río. Para terminar el día la curiosidad de un hotel de sal, cumbia y reggaeton. Un par de botellas de vino hicieron más llevadera la fría noche.

La mañana siguiente comenzaba el gran día para la mayoría, aunque no para mi. Estaban entusiasmados ante la idea de ver el amanecer en el salar junto a otros doscientos guiris. Luego vendría la»apasionante» e interminable sesión de fotos, dinosaurio incluido.

Pero antes de todo eso la lié parda. Eran las cinco y cuarto de la mañana, llevábamos ya quince minutos en el cuatro por cuatro. Entonces sufrí una cuchillada en el estómago. Me di cuenta de que no llevaba conmigo la riñonera con nuestros pasaportes. La tierra se abrió bajo mis pies. Si volvíamos al hotel de sal todo el grupo se perdería el ansiado amanecer. Les iba a joder uno de los momentos estelares de sus vidas. Sudor frío. Tampoco era posible volver más tarde pues el grupo debía seguir camino a Uyuni y desde el mirador había casi una hora de vuelta hasta el hotel de sal. Qué podía hacer…

Una vez solté la bomba el guía dejo clara la situación y, de inmediato, además del opresivo silencio, comencé a sentir el odio de todo un grupo que, comprensiblemente, no podía concebir la existencia de un tipo tan sumamente gilipollas. La hora que siguió fue terrorífica. Con temor miraba al cielo a cada instante rogándole que por favor no amaneciera todavía. Regresamos al hotel de sal. Como un rayo corrí hasta la habitación y localicé la puta riñonera. Hicimos un rally por el salar, corrimos cuesta arriba durante quince minutos y, casí milagrosamente, llegamos justo a tiempo para que mis japoneses compañeros pudieran sacar todas las fotos que quisieran del inminente amanecer sobre el imponente salar. Lo peor había pasado.

El odio poco a poco se fue diluyendo. El humor y las bromas a raíz de lo ocurrido fueron ocupando su lugar. Luego comenzó una sesión de fotos que acabo siendo peor de lo que me temía. Que si ahora hacemos que salimos de una botella, que si ahora hacemos un video donde nos come el dinosaurio, que si os sentáis como si estuvierais sobre la palma de mi mano, ahora sobre mi cabeza, túmbate ahí, ahora salta con una pierna, que parezca que estás cabeza abajo… en fin, todo parecía hacerles una gracia infinita. Yo, todavía con el susto en el cuerpo, disimulaba como podía con actitud sumisa.

Para cuando llegamos a la sesión de fotos con las banderitas en otra parte del salar mi paciencia había llegado al límite. Solo quería volver a viajar a mi aire, cuanto antes. Seguir perdiendo o ganando guerras. Para terminar paramos en el cementerio de trenes, una visita apocalíptica e interesante.

En Uyuni nos separamos de los maravillosos Paul y Juliette. El primero seguía camino hacia el sur, hacia la frontera de la Quiaca con Argentina. Juliette regresaba a Chile donde estudiaba.

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