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Bakú

Junto a Romanovich, cogí un tren nocturno desde Tbisili a Bakú. Otro de esos viejos trenes soviéticos que huelen a historia. El cruce de fronteras se demoró un par de horas. Peor la tardanza en el lado azerí.

Las verdes praderas se iban extinguiendo y el desierto te daba la bienvenida al llegar a Bakú. Era una de esas ciudades sin encanto que no me quería perder. La falta de personalidad del casco histórico merecía al menos una pateada. Los contrastes de la ciudad entre tradición y modernidad eran de lo más llamativo aunque se imponía vigorosamente el loco desarrollo urbanístico. La temperatura, a finales de mayo, era agradable.

La mano de diamantes es una película clásica del cine soviético. Romanovich se dio inmediatamente cuenta de que transitábamos por la calle donde se rodó su escena más emblemática. En dicha escena un hombre fingía caerse y romperse la mano. Según el plan, sus compinches debían llenarle la escayola con diamantes. El plan fallaba estrepitosamente y los diamantes se los acababa llevando un accidentado por casualidad. Todo ruso que se precie de serlo conoce la peli.

Pasar del mar Negro al Caspio en un solo día, resultaba curioso. Las vistas de la bahía desde lo alto de Bakú, con las Flames Towers a la espalda merece, al menos, una pequeña referencia.

Era el veintiocho de abril de dos mil diecinueve, día de las elecciones generales en España. Yo fui una de las víctimas del mal funcionamiento del voto por correo. Aunque a estas alturas también era cierto que me planteaba la propia utilidad del voto en sí mismo. En cualquier caso, siempre había una razón de peso para que un demócrata de bien votará. Al menos, eso decía la mayoría.

El día veintiocho de abril de dos mil diecinueve también era el día en que se disputaba el gran premio de formula uno en Bakú. Uno de los pocos grandes premios, junto al de Montecarlo, que se corre por las propias calles de la ciudad.

Cuando estás de visita, nunca sabes si es una suerte o una desgracia toparse con un evento de estas características. En este caso, a pesar del caos y las dificultades de movilidad por el centro, nos hemos alegrado. Más aún tras encontrar un oportuno murete que nos permitió seguir la carrera a escasos diez metros de distancia. ¡Cómo sonaban esos motores! ¡Ganó Bottas! ¡Hamilton segundo! No soy un gran aficionado a los coches pero joder…¡ A nadie le amarga un dulce!

Tras un par de semanas en Georgia, me acabé volviendo invisible. Me pasaba horas escuchando conversaciones en ruso en las que apenas entendía nada. Gracias a Romanovich, sin embargo, pude acceder a una pequeña parte de ese mundo oculto, vetado a los occidentales, siempre extranjeros en esta región del mundo.

Tras visitar la capital, fuimos a unos volcanes cercanos a Qobustan. Romanovich dudaba si visitar o no los petroglifos adyacentes a los mismos. Dejé la decisión en sus manos. Horas después me reprochó que no le hubiera insistido. Fue entonces cuando le espeté una de mis lapidarias frases: » Lo peor de los indecisos no es que dudéis. Lo peor es que toméis la decisión que toméis siempre acabáis considerando que la otra era la acertada».

Tras un par de semanas de viaje, reconozcámoslo, Romanovich ya estaba harto de viajar. Él no era un viajero y probablemente nunca llegaría a serlo. Viajar para él no era más que otra experiencia que, lógicamente, deseaba vivir. Cuando se hubiera saciado, pasaría página.

¡Una semana! repetía, ¡ La próxima vez no más de una semana! Era entonces cuando no podía evitar soñar con su cama, su balcón y su marca favorita de tabaco. Eso, y una buena story en Instagram.

A los volcanes llegamos en un viejo Niva y luego, el conductor, por iniciativa propia, nos acercó a una zona muy hermosa donde, en varios kilómetros a la redonda, no había otra cosa que legendarios pedruscos megalíticos que habían dado cobijo a hombres ya en el paleolítico. En alguna de las rocas se habían formado interesantes formas geométricas que, según me informó Romanovich, en un comentario algo exótico, aterrorizaban a aquellas personas que sufren tripofobia.

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