Lanzarote. Volcanes, playas, mojo picón y nada que hacer.
Viajes mochileros por el mundo. Relatos de viaje
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LANZAROTE

 

Nunca he sentido pasión por escribir. Ponerme a ello me duele. Me da miedo. Mi subconsciente se rebela resistiéndose a que abra la caja de Pandora.

Leer es más fácil. Sólo tienes que dejar que los libros pasen a través de ti. Eres sujeto pasivo y, al contrario que con la escritura, estos te sumergen en otras realidades que te ayudan a distanciarte de ti mismo. Cuando escribes diarios, tú y tu historia sois los únicos protagonistas.

Parecía que hacía siglos desde que cogí mi último vuelo con Ryanair. Yo, hijo de la generación Ryanair como pocos, que había recorrido media Europa gracias a estos simpáticos piratas irlandeses, llevaba algunos años poniéndoles los cuernos con otras compañías de largo recorrido,

Me lío un cigarro.

Me apetecía una escapadita por Canarias dado que no conocía las islas afortunadas. Mi reciente pasión por la montaña junto a mi todavía cercana y mítica ascensión al Mulhacen hacían del Teide un objetivo lógico ahora que me había vuelto un deportista de élite. Sin embargo, fue Houllebecq quien me llevó a decantarme por Lanzarote. Eso y los cien pavos ida y vuelta que costaba el billete desde Sevilla.

Los horarios me cuadraban de maravilla. Por ello, y haciendo bueno el dicho de que pensar mata el viaje, no tardé ni cinco minutos en sacar el pasaje. En movimiento, siempre en movimiento. Octubre era un mes idóneo para aprovechar el delicioso clima de Lanzarote. Sweet se las apaño para acompañarme durante varios días. El resto, lo pasaría solo.

La idea inicial era moverme un poquito entre islas. Pensé también en alquilar una bicicleta. Al final, como tenía compañía acabé alquilando un coche que el azar convirtió en furgoneta. En esa furgoneta dormiría cuando se marchara mi chica.

El campo base fue una bella casita en el pueblo de Haria, el Mordor de Lanzarote. Asentado en un pequeño valle brumoso y rodeado completamente de volcanes. Me costó cambiar «el chip» después de una intensa semana de faena.

Lanzarote merece la pena y es diferente a todo lo que había visto antes. Inerte, vacío, en lucha consigo misma, la isla es un paraíso y un infierno que se puede recorrer sin dificultades en pocos días. Deleite de senderistas y ciclistas, sus áridos paisajes te cautivan rápidamente y te convierten, aunque sea solo fruto de una pasajera ilusión, en un hombre libre.

Recorrimos Haria, Teguise, San Bartolomé y nos perdimos por el valle de los volcanes. Los primeros y lluviosos días los aprovechamos para hacer una ruta bastante completa que incluyó la zona de playa blanca y el pueblo del golfo con su surrealista playa negra rodeada de acantilados y su mosaico de colores negros rojizos y ocres que contrastaban con el maravilloso azul del mar y el surrealista verde del lago que se formaba naturalmente a pocos metros de la orilla.

Las típicas papas arrugas, el cabrito, los mojos y sus ricos pescados (probamos la barracuda) también contribuían lo suyo a hacer de lo más agradable la estancia.

La omnipresente obra de Cesar Manrique la pasamos bastante por alto pues llega un punto en que uno se harta de andar pagando tiquets para ver esto o aquello.

Los taxis son rojos en Lanzarote.

Las playas ganaron protagonismo. De lo más variadas. Desde la playa del golfo, hasta las del papagayo y alrededores con su arena blanca o, cómo no, la  playa quemada que al atardecer, con sus piedras volcánicas y su arena negra, te reconciliaba con el mundo.

Un miércoles de octubre en playa quemada, no es un miércoles cualquiera. Los hippies canarios de playa quemada no son hippies, son otra cosa. Y como pescan los hijos de puta…

También merecen la pena otras playas más pedregosas cercanas a Arrecife, o las piscinas naturales que se forman en algunas de estas últimas en las que chapotean los jubilados alemanes en pelotas.

Dormir entre volcanes, tú solo, en tu mierda furgoneta, acojona. Las noches son largas.

Pasados unos días me decanté por convertirme en marmota. Mi intención pasó a ser la de moverme lo menos posible. Me dediqué a disfrutar la vida contemplativa y a exprimir las dos autobiografías roqueras (Neal Young y Lemmy de Motorhead) que me había traído. Muy recomendables ambas. Y luego, este pequeño cuaderno donde escribo. No he necesitado otra cosa. Eso, el mar, los volcanes, las increíbles playas y alguna buena conversación en una terraza de Lanzarote.

 

 

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