Viaje mochilero Marruecos. Por libre. En solitario. Pueblos bereberes.
Diversos relatos de viaje por Marruecos
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MARRUECOS. RELATO COMPLETO

Viaje mochilero Marruecos

 

PUEBLOS BEREBERES DEL ATLAS. CAPÍTULO PRIMERO

 

Tirado en la litera de abajo del coche cama que me llevará a Tanger, todavía en Marrakech, me pongo «manos a la obra» con el relato de esta nueva aventura por Marruecos. Y es que Marruecos posee el secreto mágico que no desvelaré y que es garantía de aventura.

El vagón, decorado con un papel pintado florido, que me recuerda al de aquella casa bar de Lalibela en la que me emborraché a base de raki, promete ser confortable. La calefacción a tope transporta una parte del Sáhara con nosotros. Amenazo con quedarme en calzones a lo Ignatius Reilli.

Ésta será una historia que continuará porque ya lo ha hecho otras veces. Esto solo es una parte insignificante de ese otro viaje que me transportó a Asilah, Chaouen, Fez, Essouiara y tantos otros rincones. En este diario solo hay sitio para el gran Atlas y sus imprescindibles pueblos bereberes y no tan bereberes.

Dado que soy de ideas fijas y ahora me ha dado por andar a lo Forrest Gump por el mundo, se me ocurrió escaparme a esta cordillera tan cercana y lejana a mi tierra que no había visitado hasta la fecha. Tras haberme andado el Rif comprendí que la combinación senderismo Marruecos me depararía grandes satisfacciones.

La facilidad que proporciona Marruecos de distanciarse del mundanal ruido, sus montañas, paisajes, tradiciones, todo ello a un módico precio y a un salto de Ferry desde España, lo convierten en un destino ideal. Parezco una agencia de viajes.

El imaginario de los Burroughs, los Bowles, los Ginsberg,  con Tanger de fondo, había tejido un halo de misticismo en mi mente en torno a estas tierras que me impulsó a visitarlas en cuanto el paso de la interminable adolescencia a mi primera juventud me  lo permitió. En estos años he visto transformarse un país que afortunadamente no ha perdido su magia.

Málaga a Algeciras en coche. Barco hasta Tanger Med (ignorante de mi que no sabía que Tanger tenía dos puertos). Se nos alargó la cosa en el mar porque la policía marroquí se había retrasado con el temita de los sellos y hubo que dar un par de vueltas mar adentro hasta que se solventó el problema.

Charla agradable con un parisino marroquí de las afueras de la capital que se había quedado en paro y que, como yo, estaba estupefacto ante el hecho de que todo el mundo se hubiera vuelto loco tras los atentados de Paris. En Francia, al parecer, ya no hay izquierda. Isis ha ganado, la peña paranoica sufriendo un bombardeo mediático constante que solo sirve de altavoz al terror. Y luego, por todas partes, musulmanes siempre conservadores, emparentados con la izquierda radical y populista, que piden a sus sumisas mujeres que se tapen un poquito más con el velo y en ocasiones, que se pasen directamente al burka, la última moda si eres una magrebí pija malcriada en occidente.

Al que no lo haya hecho que se lea Soumission de Houllebecq, una mirada lucida y demente en medio de la mediocridad y el caos. ¿Se puede ser musulmán y ser de izquierdas? ¿Y cristiano?

El puerto de Tanger Med está a unos treinta kms de la ciudad. Lo de cambiar pasta se me complicó un tanto. Me iba a cambiar un menda de una agencia de viajes en plan favor para lo cual me tuvo esperando un buen rato. Al final me cambió su colega pirata que andaba a la caza de negocios turbios por el puerto. Salir de allí tampoco fue fácil pues no había autobús y los taxistas apretaban de lo lindo aprovechando la coyuntura. No me quedo otra que largarme  antes de ser desplumado. A lo lejos se veía una carretera y decidí hacer auto stop. Media hora después me las apañé para acoplarme donde no había espacio, en un taxi compartido, por solo veinte dirhams. Afortunadamente me dejó en la misma puerta de la estación de trenes y llegué sobrado para pillar el billete en el tren nocturno hacia Marrakech.

Me tocó compartir vagón con una pareja de “veinteañeros” escandinavos a los que les debí joder el polvo que iban a echar y que, lógicamente, no parecieron demasiado entusiasmados cuando invadí su soñada privacidad. La chavala estaba tan buena que no pude más que sentirme un miserable desgraciado incapaz de saborear el paraíso en esta tierra. Como un mendigo que cena en casa de los ricos, intentando evitar caer en la profunda y justificada depresión que estaba al acecho, traté de hacer desaparecer de mi perturbada e infeliz cabeza cualquier pensamiento de índole sexual por muy recurrente que pudieran estos ser cada vez que esa serpiente del infierno se ponía y quitaba la ropa.

Así pues, me centré en aceptar mi triste destino que esa noche se reducía a leer The Walk del funambulista Philip Pettit que cruzó sobre su alambre las torres gemelas en 1974. De esta forma transcurría la noche y cuando ya casi había olvidado la perturbadora presencia de esa Diosa del sexo y me mecía tranquilo en las alturas de Nueva York, esos “niñatos” psicópatas me pidieron amablemente que apagara las luces. Sin problema, les dije.

Si contara que me desperté deslumbrado por la visión espectral del desierto mentiría, pues eso pasó hace ya quince años. Esto solo es un capítulo de ese otro gran viaje que, tal vez, narre algún día.

Recoger a Sweet en el ryad Itry fue una Odisea. Perdido de cojones, ni los vecinos del barrio sabían dónde estaba. Huimos hacia Imi Ouglad. No encontraréis información sobre el lugar pues es uno de esos sitios que no existen. Una vez allí, con la colaboración de los parroquianos del pueblo nos orientamos hacía el pico de Isker. Una hora más tarde eyaculaba de placer al dejarme nuevamente sorprender por lo que el mundo me ofrecía.

En Isker todavía había una “tiendecita” donde compramos algo de pan y agua por lo que pudiera pasar. La primera etapa no era especialmente dura y apenas ascendimos trescientos metros de desnivel. El reto era encontrar un sitio donde dormir pues vivaquear a mil setecientos metros  en febrero hubiera sido, seguramente, una experiencia cercana a la muerte.

Además, como Sweet estaba un poco Bitter y tendía a acusarme  de toda clase de pecados imaginables, entre ellos el de estar completamente loco y no haber planificado nada, mi única preocupación era evitar que se saliera con la suya y probar con hechos mi descabellada teoría de que toda preparación y planificación resulta completamente absurda pues un viajero experimentado siempre encontrará una salida a cualquier situación que se presente o, al menos, será capaz de apechugar con las consecuencias. Por incompresible que pueda resultar a estas alturas, tuve que explicarle a mi medio limón que precisamente era lo desconocido lo que justificaba la aventura, que lo excitante era no saber donde acabarías, a quién conocerías, ni que te depararía el futuro.

Disfrutamos en compañía de un agricultor de un pan con dátiles al que le faltaron quesitos de la vaca que ríe para alcanzar el sumun de la excelencia culinaria en opinión de este modesto chef. Nos ofreció té. Seguimos hacia Arg donde llegamos sobre las cuatro, tras apenas tres horas de marcha.

Lo bueno de escribir estos relatos  desde el anonimato es la posibilidad de superar la autocensura a la que la sociedad nos induce y que tan fácilmente abrazamos. El hecho de volcar mi insignificancia en un blog de mierda que prácticamente no lee nadie unido al hecho de que si por casualidad algún chalado acaba leyéndome, ni lo conozco, ni tiene puta idea de quien soy, me proporciona la necesaria impunidad que necesito para delinquir sobre el papel. Claro que soy un cobarde.

Supongo que si existiera algún vínculo entre mi existencia real y este blog todo este disparate cambiaría inevitablemente. Me vería obligado a empezar a escribir lo que realmente pienso e incluso podría tener la tentación de intentar ser coherente y parecer inteligente. Por no hablar de que tal vez acabara pretendiendo escribir bien, o ser políticamente correcto.

Así pues, una de las cosas buenas de este blog, tal y como está, es que puedo mandaros a todos a tomar por culo e incluso a mi mismo si así lo deseo. Evidentemente, esto no es más que una gran y perfecta masturbación mental concebida para mi exclusivo disfrute. El disfrute onanista del Bandini que hay en mí.

En Arg hasta los gatos nos miraban ojipláticos. Nos paseamos cual David y Victoria Beckham por la quinta avenida buscando un devoto musulmán que nos acogiera en su techo. Situados en una colina en mitad del lugar contemplamos como, al menos la mitad de los vecinos del pueblo, se habían asomado a sus balcones para observar el curioso espectáculo de los blanquitos buscando una cama.

Lo primero que nos llamó la atención es que apenas había hombres en el pueblo, tan solo vecinas viejas y niños por todas partes. Eso, en una sociedad tan patriarcal, en una comunidad rural musulmana perdida de la mano de Alá, complicaba mucho nuestro futuro a corto plazo pues, si ya resultaba complicado que una mujer hablara cara a cara con un extranjero sin ruborizarse, resultaba del todo impensable  que la susodicha te metiera a dormir en su casa.

En esa coyuntura hacía falta que apareciera un hombre para tomar una decisión y afortunadamente, apareció Khalid. Nos guió a su casa sin mediar palabra, nos ofreció su salón, negociamos un razonable precio dadas las circunstancias de dieciocho euros por pasar la noche allí y todos nos quedamos «la mar» de contentos.

El precio acordado no dejaba de ser una pequeña fortuna para gente tan humilde y concientes de su «abuso», al tratarse de gente de naturaleza hospitalaria, acabaron por invitarnos a merendar y a cenar con ellos. El atardecer lo disfrutamos bebiendo té en su azotea desde donde había unas espectaculares vistas de la cordillera.

La mujer de Khalid y su “pequeñazo” también resultaron encantadores. Al enano lo acabamos atiborrando a chocolatinas pero, sin duda, con lo que más disfrutó fue con las dos mandarinas que se zampo. A éste no había que decirle «niño, come fruta».

Y justo cuando empezaba a escribir auténticos disparates se me acabó el cuaderno.

A la mañana siguiente, Khalid se empeñó en ordeñar un poquito más la vaca y, necesidad aprieta, insistió en hacernos de guía aunque le dejamos claro que no nos interesaba. El colega se pasó tres horas andando pegado a nosotros. Sin embargo, por sorpresa, y cuando ya veíamos que aquello acabaría regular, se despidió amablemente, nos pidió algo de tabaco de liar que lógicamente le dimos y se volvío sonriente para su pueblo.

Tras dejar atrás la aldea bereber de Tighounar llegamos a Tidili donde una señora muy divertida nos guió hasta la salida del pueblo. Entonces iniciamos la cuesta del coño que nos llevaría hasta Arsteq. Ahí el sendero se perdía algo y tuvimos que tirar de intuición para volver a retomarlo algo más adelante.

En Tidili había un refugio donde quedarse y en Arsteq otro. Si lo hubiéramos sabido tal vez habríamos continuado un par de horitas el día anterior. La subida seguía y seguía. Después de Arsteq quedaba aún la parte más dura que llegaba hasta la estación de esquí de Oukaiden.

De repente, aparecido de ninguna parte, surgió un chavalito de once años llamado Eduard que andaba caminando alegremente por la zona. Al parecer, su padre vivía en Oukaiden y su madre en Arsteq por lo que hacía esa ruta de marcha con mucha frecuencia. Lo único que nos pidió el chaval después de andar un par de horas con nosotros fue que compartiéramos un rato con él las gafas de sol pues la luz cegadora le molestaba en los ojos.

Oukaiden es una estación de esquí que se sitúa donde los occidentales pensamos que solo hay desiertos y camellos. No es una estación de esquí de los Alpes suizos pero no está nada mal y atrae un creciente turismo nacional.

La idea era seguir algo más ese día, pero tras seis horas de subir cuestas nos dimos por satisfechos y consideramos como una victoria esta retirada a tiempo. Pillamos habitación en el club alpino francés en una habitación compartida que disfrutamos a solas y aprovechamos el par de horas de luz que nos quedaban para volver a la civilización y empaparnos del espíritu del incipiente turismo de montaña marroquí.

La “discoparty” que se montaron los niños que estaban de campamento en hotel nos hizo añorar los tiempos de Herodes si bien la sangre no llegó al río y acabé guardando la escopeta ya cargada bajo el colchón cuando a media noche sus profes les cortaron el rollo y les apagaron la música. Y entonces empezó a nevar como si fuera a llegar el fin del mundo.

Empantanados en Oukaiden, ya por la mañana, aprovechamos una leve ventana de buen tiempo para intentar alcanzar el pico cercano en lo que aparentemente era una gesta  a la altura de Bonatti, para luego alcanzar Tamamert en un descenso vertiginoso por senderos nevados y acantilados imposibles. Todo ello en una maratoniana jornada de ocho o nueve horas.

La idea era pasar por un pueblo llamado Agadir, luego por Ikis, subir al pico Tamamert y con mucha fe llegar al pueblo que da nombre al pico anterior. Decepcionados, descubrimos que no éramos ni Mesnner ni Bonatti y nos tuvimos que conformar con hacer «solo» la primera parte del recorrido pues la nevada empezó a ser demasiado intensa y los senderos inaccesibles.

El haber leído recientemente sobre la catástrofe del Nanga Parbat me ayudo a salir de mi ensoñación y a recordarme que no soy más que un capullo con ínfulas y bastante vértigo. Para recapacitar también tuvimos que vernos cubiertos de nieve hasta las rodillas,  con el vacío delante de nuestras narices y con Sweet a punto de colapsar. El senderismo derivó en alpinismo puro y duro. Nos jugábamos literalmente el pellejo.

Recuerdos imborrables de la subida sumergidos en la inmensa blancura del Atlas. Panorámica indescriptible, la niebla que en ocasiones rompía la tenue luz del sol. En fin, una puta mierda en comparación con la aventura de Joe Simpson en tocando el vacío, pero una proeza, sin duda, para un malaguita drogata como yo. Lo más cerca que he estado nunca de subir el Pettit Dru.

En carro compartido dirección a Afran sin saber muy bien por qué. El descenso vertiginoso nos proporciona una visión más global de la inmensidad de la Cordillera del Atlas. El trayecto que andado por guías locales podía hacerse a pie en seis o siete horas, en coche precisaba de no menos de tres. Arreciaba la lluvia en Afran y casi sin pretenderlo habíamos vuelto a las puertas de Marrakech.

Y fue aquí cuando comenzó la segunda parte de mi recorrido por los pueblos bereberes del Atlas, en Marruecos. Se trataba de una aventura que solo estaba  en mi cabeza. Ahí empieza siempre todo. Por eso ésta será una historia que continuará, porque ya lo ha hecho otras veces.

 

OUZARZATE Y EL VALLE DE LAS ROSAS. EL VIAJE DE PATRICIA. CAPÍTULO SEGUNDO

 

¿Por qué siempre los principios deben ser tan tristes? Sweet me dijo que en la vida soy una persona luminosa pero que en estos relatos parezco alguien mucho más sombrío y oscuro. Sobre todo en los últimos, precisó. Hay que decir que a ella nunca le importaron demasiado estos relatos, salvo en lo que pudo utilizarlos para torturarse. Eran un filón irresistible para un masoquista.

Con tanta belleza a mi alrededor y yo voy y me centro en lo más feo. De la derrota se aprende más que de la victoria. Sin embargo, no podemos instalarnos en ella ni refugiarnos allí. Tal vez solo estemos posponiendo el inevitable final para que cuando llegue, ya demasiado tarde, haya desaparecido todo lo bueno que ocurrió durante muchos años.

Y sin embargo, soy un optimista irredento. ¡Qué feo suena el Dariya!También el árabe en general. La prisión que llevamos sobre los hombros. Y es que, hasta que te pones a contar lo que ha pasado no hay mucho que contar y ahora, sinceramente, soy incapaz de contar nada.

Me alegro de no haber hablado a nadie de este blog. Me arrepiento de que Bitter lo haya leído, eso sí. Obviamente, a nadie le interesa lo que haya podido pasarse por esta amarga cabeza. Ahora lo comprendo. Más terapia para este humilde gusano. No sé siquiera cómo he tenido la santa paciencia de pasar algunos de mis textos a ordenador. Al final será que lo que nos sobra es tiempo. Y entonces, el momento anhelado, se vuelve el más temido.

Y el siguiente golpe tal vez sea el que te mate. El aburrido compañero de viaje. Como Handel componiendo Aleluya pero sin nada que componer. Intentando evadirme sin conseguirlo. Un poco más de odio en este negro corazón.

¿Cuánto autoengaño es necesario para aceptar la verdad? En el fondo siempre lo supiste.

Lo único que importa es mantener el bolígrafo pegado al cuaderno. Ni siquiera unos absurdos rezos por la radio pueden alejarte de tu objetivo pues si Handel estuvo enfebrecido durante semanas lo mínimo es que uno pueda conseguirlo al menos durante cinco minutos. O tal vez, no pueda. O tal vez, quien sabe, todo sea una gran mentira. El arte también.

¿Cuántas horas seguidas escuchando árabe por la radio son necesarias para volver a un hombre completamente loco? Patricia, a mi lado, hace un curso intensivo de árabe a costa de mi salud mental. En Skoura, a media hora escasa de Ouzarzate. Un cinco de diciembre de dos mil dieciséis, ríe un locutor de radio marroquí y yo, claro, no sé por qué.

Los genios siempre hemos sido unos incomprendidos, me dice Patricia, mientras me reconoce que ella tampoco entiende nada de lo que dice el locutor pero que, eso sí, le ayuda a practicar y a desoxidar un poco su árabe.

Otro día hablaré de Patricia. Ese es un melón que en este instante no me veo capaz de abrir. Y menos con todo este empacho de Dariya.

(Días más tarde) Personas que vuelven a casa con muchas más ganas de las que tenían de partir. Argentinos, franceses, alemanes y españoles cazurros haciendo excursiones de un día a tierra ignota. Y Marruecos de nuevo, pero esta vez con Patricia, antiguamente conocida como Fabrizio.

Éste era el viaje de Patricia, no el mío. Y es que mi amigo, volvió de la muerte, porque yo lo daba por muerto, siete u ocho años más tarde, convertido en mujer. Al menos al principio.

Así pues, Patricia se presentó en Málaga. Otro salto al vacío, haciendo gala de su nuevo yo y como siempre con un plan descabellado en su cabeza. Ya llevaba siete años hormonándose. Los pechos le habían crecido bastante, sus rasgos cada vez más femeninos. Tal vez, pensaba yo, su plan consistiera en terminar de operarse aquí en Málaga. La otra alternativa que contemplaba era que, simplemente, hubiera elegido Málaga como lugar para terminar con su vida.

El suicidio siempre está presente cuando una conversa con Patricia. Sin embargo, sorpresa, pocos días después de su llegada el verdadero plan me es revelado. Patricia está iniciando una marcha atrás. Al parecer, estos siete años intentando ser mujer han sido si cabe más traumáticos que los treinta y cinco anteriores fingiendo ser un hombre.

Como hombre Fabri era una persona socialmente aceptada, carismática e incluso admirada. Como mujer, solo era un engendro, una puta, una yonqui vagabunda. Así pues, la idea era resignarse a vivir una vida en el cuerpo equivocado, masculinizar algo su imagen para no generar tanto rechazo en los «bienpensantes» pero no renunciar del todo a su identidad de mujer. Seguir hormonándose y travestirse sólo los fines de semana. Un plan bizarro, muy meditado y confuso.

La calma que precede a la tempestad. La lucidez del insomne a las diez de la mañana. Una noche en un vagón de segunda clase a pesar de que has pagado litera.

El poco interés que pueden tener estos escritos reside en su honestidad. Tal vez por haber sido escritos para no ser leídos.  Escritos hechos de entrañas que solo pueden leer desconocidos a los que no interesan. Como si se tratara de mensajes en una botella.

Efectivamente, como me dijo Patricia en la primera oportunidad que tuvo, no tengo ni puta idea de lo que debe de ser pasar por una experiencia semejante. ¿Cómo podría yo comprender la eterna lucha entre la transexualidad y la locura? Si ni siquiera ella comprendía absolutamente nada.

Es una pena, me decía, podría haber sido un hombre muy guapo y tal vez, incluso, feliz.

No podemos olvidar que hasta hace relativamente poco la transexualidad era considerada una simple enfermedad mental. Sin embargo, ¿Qué es una enfermedad mental? ¿Cómo puede no estar enferma una persona cuya identidad de género no coincide con el cuerpo que le ha tocado? ¿Podemos imaginar algo peor?

Recientemente leí que uno de cada tres transexuales acaba suicidándose. El resto se suelen ver condenados a una existencia marginal y desgraciada. Horas y horas hablando del único tema de conversación posible me han dejado exhausto. Obligado a «hilar» siempre fino si uno no quiere desencadenar, con una palabra poco afortunada, la llegada del huracán Katrina. Y es que no hay que olvidar que Patricia es una persona que vive en guerra contra el mundo.

¿Está loca Patricia? Probablemente. ¿Y el resto de nosotros?

Paradójicamente, la marcha atrás iniciada abrió las puertas de Marruecos a Patricia que, finalmente, podía regresar allí tras muchos años. Como mujer, su vuelta, habría sido impensable. Patricia adoraba Marruecos desde su primera juventud, lo tenía idealizado. Incluso llegó a vivir varios años en Chefchaouen.

«No quiero vivir», me dijo. «Pero he decidido que tampoco me voy a quitar la vida», añadió.

El viaje al sur de Marruecos con Patricia era sobre todo una oportunidad de encontrarnos a nosotros mismos, de ver si quedaba algo de nuestra vieja amistad. Una amistad que, visto retrospectivamente, dadas las particulares circunstancias en que vivía Fabrizio, no había podido germinar del todo.

Patricia no es Fabrizio pero se le parece mucho. Ambos son inteligentes, curiosos, independientes, relativamente cultos, ambos tienen mucho carácter, son idealistas, algo excéntricos, radicales. Equilibrados en ocasiones. Son personas dadas a la introspección, solitarias, carismáticas, egocéntricas, incomprendidas.

Fabrizio, sin embargo, era mucho más dinámico. A Patricia le falta energía. Fabrizio era más guapo que Patricia y bastante más seguro, en apariencia, que ella. Lo malo de Fabrizio es que era una mentira y lo bueno de Patricia es que es de verdad. Eso creo.

La misión de dar algo de esperanza, optimismo y ganas de vivir a Patricia estaba condenada al fracaso. No se trataba de eso. Si Patricia encontraba su camino, si es que este existía, era cosa suya. Por mi parte tomé esta aventura simplemente como una oportunidad de conocernos mejor, de vencer prejuicios y miedos justificados e injustificados y, en definitiva, de aprender algo que pudiera llevarme luego de vuelta a casa.

De Marrakech fuimos a Ouzarzate. Allí nos quedamos en un hostal de la periferia y, como ya caía la noche, nos limitamos a dar un suave paseo por un barrio cualquiera de la ciudad.

Si pudiera volver atrás en los años más que las fotos lo que me gustaría conservar serían las grabaciones de las grandes conversaciones que me ha deparado la vida. Esa noche en Ouzarzate, fumando hachís, fue una de esas raras ocasiones en las que dos seres humanos llegan realmente a entenderse. También hubo magia en Marrakech y luego en Bou Tharar, en la casa del viejo Hassan, la misma noche que éste me pidió, cuando supo que era abogado especialista en extranjería, que llamara a su sobrino que vivía en Barcelona para ayudarle con sus papeles. Gran conversador también este Hassan.

Mucho antes, de camino a Ouzarzate, coincidimos con un fotógrafo que colaboraba en proyectos de la fundación Botín. El colega viajaba financiado, por placer, junto a su tímida compañera. Me recomendó, cuando salió Kapucinski a colación, que leyera a un reportero argentino que también escribía sobre sus experiencias viajeras. Investigaré al respecto porque no recuerdo el nombre que me dijo.

En Skura me perdí voluntariamente en el infinito palmeral que hubiera dado para una aventura de semanas, mochila, saco y tienda de campaña.

Patricia, siempre a la defensiva en lo que a precios se refería, comenzaba a despotricar del dueño del hotel en el que nos quedamos que, al igual que ella, en eso se parecían, peleaba a muerte por cada Dirham.

El barco de mercancías Hamburg Sud atraviesa junto a nosotros el estrecho de Gibraltar.

Comienza la marcha en Kellat N’gouna. Patricia con la energía justa da lo mejor de si misma y consigue andar diez kilómetros. Se rinde tras parar para comer en el jardín de un Riad en reparación  en el que paramos. Un poco expresivo aunque agradable normando nos permite compartir una hora con él y sus obreros.

A Patricia le duelen los pies. Patricia se ducha todavía menos que yo. Al salir del Riad me abandona y decide hacer autostop hasta Adida. Yo, me sumerjo en el río de la vida que me llevará siete kilómetros después, tras pasar por el desierto, a la Kasbah de Roses. Allí, una vieja bereber, fue nuestra madre por un día.

El tiempo se acaba pues sé que no escribiré más cuando vuelva a Málaga.

De Adida, siempre a pie, marchamos hacia Bou Tharar por la carretera. El valle del color de ls rosas nos deja sin aliento. Colores otoñales a principios de diciembre.

Charlamos con dos jóvenes bereberes a los que chupamos la sangre en forma de información sobre nuestra próxima ruta al pueblo de Alendoum. Último destino. Antes encontramos a Hassan y compramos las mejores mandarinas del mundo. Esas tan arrugadas.

¡Quién pueda seguirme que me siga!

La mañana siguiente hacemos autostop y unos profesores marroquíes nos acercan al punto de partida de nuestra etapa. Alendoum no fue el final sino el inicio de nuestra última etapa que hicimos en sentido inverso.

La noche anterior descubrimos que Hassan era un porreta de los nuestros y charlamos brevemente en lo que tan solo sería un preludio de la eterna conversación de la noche posterior.

Como digo, se me acaba el tiempo. Ya estamos en las imponentes gargantas cercanas al pueblo. Patricia no aguanta más, se siente atrapada y quiere salir de allí. La corriente apenas nos permite andar. En varias ocasiones debemos realizar escaladas imposibles, saltos kilométricos hasta que, finalmente, decidimos quitarnos los zapatos y empezar a andar como Moisés en busca de la tierra prometida o, tal vez, como Indiana Jones en busca del arca perdida.

Tres kilómetros más tarde y un par de horas después salimos de la impresionante ratonera. Fue entonces cuando Patricia miró al cielo agradecida y gritó: ¡¡ Lo presentía !! Se refería a que sabía que había tomado la decisión adecuada no echándose atrás. Por algún motivo Patricia detestaba volver atrás e intentaba, pasara lo que pasara, no hacerlo nunca.

A partir de ahí, puro placer. Senderos, pueblos perdidos, desiertos, montañas y un oasis junto al río que nos guiaba. El pueblo de Hod debería aparecer en cualquier puta guía de viajes de Marruecos porque es realmente único. Aunque, pensándolo mejor, tal vez prefiera quedármelo todo yo.

Luego, dos veces Agouti y así, en mitad de una ensoñación, regresamos a casa de Hassan donde nos esperaba un delicioso tajin con algo de carne, unos quesitos de la vaca que ríe y , como no, unas mandarinas bien arrugaditas. Para que no faltara de nada, chocolate del bueno. Ginebra y tónica.

Y cuando parecía que definitivamente estaba a punto de perder el control. Cuando parecía que iba a perder la cabeza, que iba a estallar… Ya meses más tarde, tras hablar con el sobrino de Hassan, al que por fin llamé. Fue entonces cuando comprendí que mi problema era que no moría nunca. Y si no me dejaba morir… ¿ Cómo podría renacer?

Escribir por escribir sin dejar espacio al pensamiento. MGMT en el infinito vacío intelectual en el que me sumergía. Escritura china en lengua castellana. Dudas, miedos y un masoquismo que, tal vez, no era más que mi manera de recargar las pilas. Un cerebro como principal enemigo. Otro espejismo de mi mente. Un consuelo en el mal de muchos. Volar sobre una existencia de palabras que no significan ni dicen nada pero que continúan adelante levitando en un vacío en el que yazco muerto. Días que tal vez sirvieran para algo. No funcionó. Más vómitos en este papel verde a cuadros.

Y fue así, con Tarifa ya al fondo y el recuerdo de una Patricia abandonada a su suerte en Ouzarzate, como acabé este nuevo relato de viaje. Un viaje, que ya se sabe, no termina nunca.

 

ASILAH Y CHEFCHAOUEN. EL RETRATO DE UN DEMENTE. CAPÍTULO TERCERO

 

Con la vergüenza de no haber sido capaz de mirar la muerte a los ojos comienzo este nuevo capítulo de mi eterno viaje por Marruecos. Era medianoche. Volvíamos al hostal Barbari desde Asilah. Siete kilómetros de carreteras envenenadas. Un taxista suicida a punto de chocar en su enajenación con el coche que nos precede. Y entonces, una vez pasado el peligro, el accidente ocurre.

Un burro muerto. Un niño sentado con la pierna rota, un señor bocarriba aparentemente inconsciente, un coche destrozado y muchos muertos. Trescientos metros más tarde otro vehículo machacado.  Hierros incandescentes. Mujeres y hombres gritando horrorizados. Más muertos en la calzada. Y no pude seguir mirando. Porque soy un cobarde y la muerte me asusta. También me asusta el dolor y el sufrimiento de la gente que, claro, también es el mío.

Decenas de buenos samaritanos rodean la escena. Mi compañero Begbie no puede apartar la mirada fascinado. Un hombre con las dos piernas completamente destrozadas. Dos piernas más amputadas en mitad de la carretera. Nuestro taxista habla por teléfono. La sangre ha excitado a Begbie. Mi compañero de viaje tiene sed de violencia.

Mi carcelero no me permite ducharme. Espero sentado en la taza del vater a que el psicópata deje de hacer el psicópata. Dos manchas en mi camiseta del Perú. Un bañador naranja. Un paparazzi del que no te puedes escapar. Y si necesitas escribir es porque todo va bien. Una historia increíble en mitad de una historia cotidiana.

Ahora soy yo el que decido putear a mi colega Begbie con el que mantengo una relación postadolescente que nos transporta al lado más guasón, descarado, inmaduro y tocapelotas de nuestra personalidad.

Al parecer Begbie no encuentra su cartera. Tras varios minutos de expectación mi colega repara en la desaparición de su cartera. La cosa se pone interesante.  Frank comienza a dar vueltas por la habitación cada vez más nervioso. No digo nada.  Me confiesa que no sabe donde ha puesto su cartera, está preocupado. Menciona la cantidad de dinero que llevaba en ella, que tenía el DNI, las tarjetas de crédito…en fin, su puta vida en una cartera. Una pena. Yo, por mi parte, hago como que no le presto mucha atención.

Begbie empieza a buscar en lugares inverosímiles como debajo de la alfombra o encima de la estantería. Me descojono por dentro. Pienso en la alegría que se llevará cuando la encuentre. Es por su bien, me digo.

Sigo el juego. Ahora le digo que lo mejor es que desande el camino que hizo desde el coche, unos cien metros, hasta la casa donde nos alojamos. Le insisto en que lo más probable es que se le haya caído en el camino. Duda. Dice que no cree que sea eso lo que haya ocurrido. Una marioneta en mis manos. Ningún amante del humor negro se merece más esta broma que mi amigo Frank. Un autentico hijo de puta sin misericordia alguna en cuanto a bromas se refiere. Alguien incapaz de empatizar con el dolor ajeno.

Cuando sale de la habitación para desandar el camino aprovecho para coger su cartera de debajo del mueble donde la había escondido y colocarla en un sitio en el que sé que pronto la encontrará. La clave es que quede una duda lo suficientemente razonable sobre mi participación en los hechos que me permita librarme de una paliza.

La sorpresa es mayúscula cuando entra en la habitación y me dice en estado de shock que no había encontrado su cartera pero que había encontrado las llaves de mi coche (q se había quedado en Tarifa) semienterradas en mitad del camino.

Al parecer, por increíble que parezca, se habían caído de mi mochila que, como casi siempre, estaba mal cerrada. Joder!, siendo realistas, ¿ Qué probabilidad había de que ocurriera algo así? Sin esta casualidad mayúscula no me hubiera dado cuenta de la perdida de las llaves hasta llegar a Cádiz pues no había razón alguna para asegurarme que las llaves de mi coche guardadas en un pequeño compartimento de mi mochila seguían allí y entonces… No quiero ni pensar el liazo en Tarifa… ¿Qué puta coincidencia llevo a mi amigo a buscar una cartera que no se había perdido a medianoche en un camino de tierra para finalmente encontrar unas llaves que sí se habían perdido?

Por una razón o por otra  Begbie comenzó a agredirme cada vez con mayor frecuencia durante este viaje. A veces simplemente gritaba enfebrecido «I dont like too see happy people around me!!» y luego me golpeaba. Otras veces me hacía preguntas del tipo: ¿Puedes ver el futuro? y luego me cruzaba la cara al estilo del famoso video del vidente de Youtube. Era habitual que me golpeara también cuando escribía. Era entonces cuando me gritaba que dejara de creerme Garcilaso de la Vega. Me repetía que no era más que un mediocre. La pura verdad.

Y yo sigo aterrorizado sentado en la taza del vater empujando la puerta para que Begbie no entre en el mismo y me haga un video mientras cago como pretende. Luego quiere mandárselo a nuestros amigos por whattsup. Ha pensado en todo el cabrón.

Mi colega me repite a gritos que deje de hacer el ridículo, que llevo haciendo el ridículo toda mi vida. Dice que soy un observador de la vida, nada más.

Luego parece entrar en razón. Me insta a ducharme por fin y me promete que no entrará por la fuerza en el baño si lo hago. Suena de fondo Tame Impala. Vibro, no escribo. El boligrafo no para aunque más temprano que tarde deberá hacerlo.

Begbie encuentra accidentalmente su cartera bajo una toalla. Le echo la bronca por inútil y descuidado. Lo mínimo que este bastardo se merece. Una moraleja que es mejor no extraer.

VALLE DEL DRAA Y LA GARGANTA DEL TODRA. CAPÍTULO CUARTO

Era solo cuestión de tiempo que mi bolígrafo Bic volviera a la vida. El valle del Draa o cuando acabamos por acostumbrarnos a lo extraordinario. El lugar no es lo importante, me repetía. Y realmente lo creía. Aunque no por ello dejaba de ser un palo perder un avión al Líbano y acabar casi por azar en un oasis cualquiera del Sáhara.

Era evidente que tenía una capacidad casi ilimitada de liarla parda. No lo hacía a propósito. Con una depresión considerable y cara de gilipollas, un día más tarde de lo previsto, cogimos un ferry desde Tarifa con destino a ninguna parte. De allí en tren a Marrakech y sin tregua hasta Ouzarzate en bus. Un colectivo en compañía de una joven madre y sus cuatro hijos nos llevó hasta AGDZ (Agadés).

Era finales de febrero del año 2019. En Málaga los profes tienen semana blanca. Nueve días en el Sahara no parecían mal plan, en todo caso. Era un plan b, c o d, eso sí.

El sur de Marruecos me apasiona. Hace un par de años recorrí el valle del Dades. He hecho también diversas rutas de senderismo por los pueblos bereberes del Atlas. Marrakech no lo soporto.

Agadés es un pueblo coqueto que hace de puerta de entrada al valle del Draa. Antes de llegar debes recorrer alguna de las sinuosas carreteras que hizo tan populares la película Babel.

El primer día nos tiramos de cabeza al palmeral o como le dicen aquí, Le jardin. No es otra cosa que uno de los oasis más impresionantes que he visto en mi vida. Este oasis que da literalmente vida al Valle del Draa se extiende durante alrededor de doscientos kilómetros hasta que le gana la partida el desierto, mucho más allá de Zagora. Dentro del oasis es fácil perderse por sus laberínticos caminos de tierra que discurren paralelos a las milagrosas canalizaciones de agua.

Un grupo de tres abuelos nos invita a Sweet y a mí al primer té del viaje. Se ríen mucho cuando les explico mi plan de llegar andando hasta Zagora y, quién sabe, con un poco de suerte, hasta Tombuctú. ¡No le hagas esa putada! me dicen jocosos, mirando a Sweet, en un bereber que acabo de alguna forma por entender.

Un pastor se me acerca de camino a Aslen (pueblo vecino a Agadés) y me agarra la mano como hacen los hombres por aquí. Seguimos caminando juntos cada vez más enamorados. Sweet nos contempla celosa en la distancia.

Ya en Aslen unas señoras de coloridos vestidos y negras como el tizón (aquí son muy negros en general) toman la fresca en la calle sobre sus no menos coloridas alfombras. Al fondo, en la ladera de las montañas, más alfombras se secan al sol.

Unos mocosos nos piden un boli. Traed un buen puñado, no le hará daño a nadie.

La ruta circular de este primer día concluye de regreso a Agadés. A la llegada practicamos un poco de sexo tántrico, sea lo que sea eso.

A la mañana siguiente, retomamos el oasis en sentido Tilagüin. Al comienzo, un cordonier nos informa de que en Timidart, quince kilómetros después, se puede dormir en la kasbah Chez Hussein. Cuatro o cinco kilómetros más tarde, llegamos a Tamougart, interesante pueblecito de llamativas kasbahs que nos enseña un curioso personaje llamado Abdeslam. Tras la visita nos invita a su casa donde recuperamos fuerza a base de dátiles y té.

Abdeslam, a sus cuarenta y dos años, sueña con ser novelista. Nos deleita con uno de sus relatos en inglés. Se titula el día que nevó en Tamougart. Cuenta la historia del veintiocho de enero de dos mil dieciocho, el primer día en que Abdeslam vio la nieve. Hacia cincuenta y cuatro años que no nevaba en Tamougart.

El tal Abdeslam era un ateo convencido. Uno de esos tipos raros que viven en el fin del mundo. Según nos contó, él y sus pocos amigos intentaban sobrellevar como podían la locura colectiva que infectaba a sus devotos conciudadanos.

Ya por la tarde, nos perdimos de nuevo en el mar de almendros y palmeras que era Le Jardin. Dimos tantas vueltas que creo que no exagero si digo que en lugar de los diez kilómetros previstos para llegar a Timidart desde Tamougart, recorrimos más de quince.

Timidart, poco antes del anochecer, parecía un pueblo fantasma. Cuando ya nos resignabamos a dormir al raso, bajo su ruinosa Kasbah, encontramos el coqueto alojamiento del tal Hussein. Y entonces entramos ipso facto en las mil y una noches.

Sexo y más sexo tántrico. Sea eso lo que sea eso.

Vistas al cementerio desde la Kasbah. Uno de esos días en los que no escribe un viajero. Y yo, obviamente, no soy un viajero. Tampoco un turista. No aceptaría en entrar en ningún club que me aceptara como miembro.

Desde Timidarte, salimos acompañados por una turba de niños sobreexcitados tras habernos encontrado.

El tic de mi mandíbula ha vuelto con fuerza.

Cerca de Timidarte se encuentra la aldea de Er Gebre. Luego, en zig zag, fuimos hasta donde el oasis lleva la vida. Cruzamos los pueblos de Tagouleme, Ait Bilik y por último, Afrah.

Dos perros solitarios hacen el amor cuando regresamos a las ruinas de la Kasbah de Timidarte. Se llaman Chipi y Chulín.

Serán 29847 los pasos necesarios para regresar a Agadez. Muchos de ellos innecesarios pues nos perdimos al final del trayecto y dimos una vuelta de lo más innecesaria.

Taxi colectivo a Ouazarzate por treinta dirham.

La noche del veintisiete de febrero es noche de clásico. La disfruto en un bar de parroquianos junto a un chaval que sueña con escaparse a vivir a Europa.

La mañana del jueves veintiocho nos dirigimos tras un pantagruélico desayuno en bus desde Ouzarzate hasta Tineghir. Casi tres horas de trayecto. A quince minutos de la ciudad se encuentran las gargantas del Todra. Una vez allí, treinta o cuarenta turistas agolpados merman el encanto de la garganta en su punto álgido. Los hoteles construidos en la misma y las alfombras que ocupan la parte baja de las imponentes paredes, tampoco contribuyen a poner en valor semejante monumento natural. Lo bueno, como ocurre casi siempre, es que la garganta sigue durante muchos kilómetros y, una vez atravesada la pelotera, la tenemos entera para nosotros solos.

Una barriga.

Seguimos caminando paralelos a la carretera. El sol cae a plomo aunque estemos en febrero. Hemos andado unos siete kilómetros cuando aparece de la nada en una vieja cascarria un auténtico salvaje, un bárbaro. Nos invita a subir a su chatarra, le acompaña un abuelo desdentado.

El bereber loco, como se le conoce por la zona, tiene treinta y un años aunque aparenta muchos más. Es bajito, rubio (como los auténticos bereberes), de pelo alborotado. No hacen falta más de dos minutos con él para comprender que se trata de un auténtico lunático.

Sweet me mira como diciéndome ni se te ocurra..entonces yo, la miro fijamente, luego devuelvo la franca sonrisa al bárbaro y le grito: ¡ Claro, hombre! ¿Por qué no? Y nos subimos al coche.

El loco bereber fuma constantemente lo que el denomina la aspirina bereber mientras conduce. Se nota que lleva fumando toda la vida. Balbucea sin parar en pleno éxtasis fumeta su filosofía de vida. Gesticula, grita, se enfada, para el coche sin venir a cuento, acelera y gira sin ton ni son invadiendo el carril contrario. Saluda con efusividad a cada nómada que encontramos caminando por la arenosa carretera.

Curiosamente, todo su excéntrico discurso me parece de lo más coherente. Un fumeta muy interesante y divertido.

De repente, empieza a golpear el volante con fuerza. Ahora habla sobre La verdad. Sigue extasiado. Toda la razón amigo!!! Pero… mira a la carretera!!!

Tras pararnos a conversar con uno de los obreros de la presa que están construyendo en plena garganta, llegamos al pueblo de Tamtatouch. Allí, nuestro protagonista ha construido una coqueta casita en la que hospeda a quien pesca. Como socia, y puede que amante, tiene a una cincuentona belga que pareciera tener un leve retraso mental. La pobre también está algo calva.

Bebiendo whisky bereber en pleno desierto, el loco bereber nos narra la bonita leyenda de como tres hermanos son el origen de las tres tribus bereberes. Al parecer, la hermana de estos se quedó embarazada. Lo ocurrido generó una gran disputa entre los hermanos. Uno de los hermanos, el más conservador, decía que lo que había hecho merecía que la mataran. Los otros dos, más moderados, abogaban por perdonarla. Se acabaron separando tras la disputa y cada cual marchó por su lado. La tribu bereber de los Ait Tata surgió del hermano conservador que se decidió por vivir en el desierto. Las tribus Ait Margat la fundaron los otros dos hermanos que se fueron a vivir a las montañas.

Mejor guardar el bolígrafo si no tienes nada que decir. Pero claro, entonces esto no sería prosa espontanea, ni corriente de conciencia.

¿Flatulencia crónica?

El paraíso perdido en el vagón de tren florido una noche de marzo con destino a Tanger. Pero antes, un regreso hacia las gargantas del Todra desde Tamtamouch, la cuna del bereber loco.

Seguimos el cauce del que una vez fue río y a la salida del pueblo lo abandonamos a la altura en que se está construyendo la presa, pocos kilómetros después.

Son raras las personas que siguen su camino.

Comenzamos a ganar altura hasta que los escasos coches que cruzan la carretera de la garganta comienzan a convertirse en hormigas. Perdemos el sendero e intentamos bajar altura sin separarnos de la garganta. Cogemos otro cauce de un afluente secundario que, por fortuna, desemboca en un camino de cabras. Nos cruzamos con una madre y sus tres pequeñajos nómadas que vuelven a sus haimas. Se muestran tan sorprendidos de vernos como nosotros a ellos. Sweet entra en pánico cuando subimos a uno de los picos que se interponen entre nosotros y el regreso a la civilización. Destrepamos como podemos por una rocosa y empinada ladera.

Y así logramos regresar al fondo de la garganta. Seguimos andando. Diez kilómetros más tarde, a lo lejos, escuchamos un claxon…una vieja chatarra aparece en el horizonte. Y nos decimos adiós. El loco bereber se queda allí y nosotros seguimos andando. Y allí sigue parado. En mitad de la garganta. En mitad del desierto. Allí solo, fumando otro porro de hachís. Valiente personaje.

Ya sólo quedaba regresar. Eso hicimos.

FIN

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