Salta y la quebrada de Humahuaca mochilero Salta y quebrada humahuaca
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Salta y la quebrada de Humahuaca

Escuchando el ukelele en mitad de un temporal de arena, en mi tienda de campaña, prosigo este relato de viaje por Argentina. Sin literalmente, nada que hacer, salvo escribir o leer, solo me queda huir de aquí. Por eso vuelvo a Cafayate desde donde fuimos hasta Angostaco en los valles Cachalquíes. Allí, dado que no había bus hasta Cachi hasta un par de días más tarde, con un par, decidimos, mochila al hombro, recorrer los 44 kilómetros que nos separaban del pueblo de Molinos. Acamparíamos por el camino.

La primera tarde andamos 17 kilómetros. Inmensidad seca de riscos imposibles, alguna que otra viña y un bonito río que proporcionaba un dulce frescor a tanto desierto. En una bodega pillamos una botella de Torrontés que todavía no habíamos catado. Acampamos finalmente en el desierto. Durmió con nosotros una perrita que nos siguió encantada valle arriba y valle abajo.

Al día siguiente, palizón hasta Molinos. Ya en el desvío que entraba al pueblo y hasta los cojones de cargar nuestras pesadas mochilas, decidimos hacer autostop. Allí tirados, esperando, acabamos charlando con un fotógrafo y articulista belga que viajaba junto a su pareja en moto. Al parecer, escribía para revistas especializadas en motos. Tras once meses en África estaba iniciando una nueva etapa en Sudamérica.

Luego coincidimos con un ciclista guyanés que llevaba unos cinco meses pedaleando por el continente.

Finalmente nos recogió un agradable jubilado de Buenos Aires que, junto a su guía, qué suerte, iba de camino a Cachi. En Cachi dormimos en un idílico camping con vistas al Valle por un euro y medio la noche.

Vuelta a los sueños tanto tiempo desaparecidos. En una misma noche me asaltan cuatro o cinco sueños diferentes como si quisieran vengarse por la represión sufrida. Sueños insustanciales, cotidianos, terribles, atroces y terroríficos. Poco conectados con mi vida. Ilógicos. Las pesadillas se vuelven tranquilizadoras. Recupero el control de mi cerebro. Las noches son plácidas y plenas de expectativas.La autodestrucción sigue ahí. Un mes sin consumir drogas.

¿Por qué tener miedo? ¿Qué ocurre con la responsabilidad propia y ajena cuando la perdemos? ¿Huir del relativismo o dejarse caer en él? Utilizar la lucidez que con cuenta gotas nos fue dada para disfrutar del aquí y el ahora.

Escucho francés de fondo.

Todo sufrimiento es bueno. Todo sufrimiento es útil. Todo sufrimiento da frutos. Todo sufrimiento es un universo.

Psicodélico semánticamente como descubridor o revelador del alma que diría Hoffman.

La carretera de Cachi a Salta es memorable. Por allí se realiza un peregrinaje anual a Salta que me hubiera gustado compartir con los lugareños.

En Salta nos quedamos en otro camping público por un euro. Más allá del centro histórico que tenía cierto interés, poco que destacar de Salta. Sólo fue un breve alto en el camino hasta los bellos pueblos de la quebrada de Humahuaca.

A la mañana siguiente cogimos un bus madrugador hasta el pueblo de Humahuaca y pudimos disfrutar en todo su esplendor de la quebrada desde la primera fila del monstruo de dos plantas en el que viajábamos. Cuando llegamos hacía un frío terrible. Conocimos a un par de viajeros argentinos muy agradables que salvaban algo de plata haciendo pequeños trabajos en un hostal de la localidad. Nos recomendaron visitar el mirador de las señoritas en el cercano pueblo de Uquia. Este mirador sería el lugar que más nos cautivó a lo largo y ancho de la quebrada.

La noche la pasamos en Tilcara, bonito y turístico pueblo desde el cual caminamos a otra garganta del diablo. Un fabuloso entorno natural con montañas multicolores en todas direcciones. Esa noche en Tilcara nos fuimos de fiesta a una peña tradicional donde había música en directo. Bebimos Malbec de Cafayate y cenamos una rica cazuela de carne de LLama. Esa noche conocimos a Olivia, una encantadora francesa que nos acompañaría durante algunos días.

Desde Tilcara partimos hasta Purmamarca, el pueblo famoso por la todavía más famosa montaña de los siete colores. Desde allí salía el bus hacia el desierto de Atacama. La montaña, siendo un preciosidad, nos decepcionó en este punto. Lo excepcional acaba por convertirse en ordinario en Argentina. El noroeste de este país a nivel paisajístico se sitúa muy alto en mi clasificación y si uno tiene el estado de ánimo adecuado, puede llegar a sobrecogerse casi a cada paso.

En Purmamarca disfrutamos de otra ración de música tradicional. Supongo que estábamos demasiado ebrios como para echarle cuentas al pésimo cantante que nos tocó en suerte esta vez. Encontramos un alojamiento decadente con mucho encanto y unas fantásticas vistas a la magnética montaña. Trescientos pesos lo cual dentro del abuso general en esta zona no estaba mal. Sweet no estaba por la labor de acampar. Hacía demasiado frío.

Se nos acababa Argentina.

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