Tafí del Valle y Cafayate Viaje mochilero Tafí del Valle y Cafayate
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Tafí del Valle y Cafayate

Desde Tucumán fuimos a Tafí del Valle. Dormía y dormía como un bebé. Y eso, a pesar del gélido aire acondicionado. En esto último, Brasil y Argentina se parecían mucho.

«Nunca me dejes fumar tabaco», le dije hace muchos años a Sweet. «Si empiezo, continué, mi personalidad adictiva me impedirá dejarlo».

Viajes pendulares. Textos que nunca permanecen donde les corresponde. Idas y venidas. Pasado y futuro a las afueras del presente. En movimiento, siempre en movimiento. En mi escritura se sienten las curvas, las cuestas arriba y abajo, los frenazos y los acelerones. También se notan los cambios de paisaje, las montañas y los desiertos, la lluvia, el viento y el sol. Por supuesto que hay que ser pretencioso. Especialmente cuando se es un gusano. El rey de mi propia mierda, que diría Bukowski.

En Tafí del Valle conocimos a dos mochileros tan tirados que, al parecer, nadie se atrevía siquiera a hablarles. Uno de ellos llevaba diez años vagando por Argentina con sus juegos malabares. Un perro callejero, según decía el otro. El segundo, era un argentino de Buenos Aires aspirante a actor. Un ratero de poca monta de los que percibes a la legua que si te descuidas te robarán la cartera.

Nos insistieron para que les ayudásemos a ducharse gratis en el camping en el que nos quedábamos. A cambio, nos invitaron a mate. Eso sí, por si no lo sabías, el mate no se comparte. Una carga, una persona. La versión del mate que más me gustó fue la paraguaya, la que incorpora limón.

Cuando el dúo dinámico se coló en las duchas, lo acabaron pillando. Me llamaron los de seguridad y me preguntaron que si los conocía. Al parecer, los unos y los otros habían montado un pequeño escándalo. El objetivo, los buscavidas, lo habían cumplido. Se fueron tan campantes.

Desde Tafí del Valle scogimos un sendero hasta el pueblo de El Mollar que estaba a unos doce kilómetros de distancia. Sólo había que seguir el cauce del río. Conocimos a unas niñas encantadoras que volvían a Casas Viejas, pequeño suburbio del primer pueblo.

No hay que perderse el vino patero dulzón de esta zona.

A la mañana siguiente nos dirigimos en autobús hasta Cafayate. Su tranquilidad, sus coloridas casas y sus gentes, ya casi bolivianas, nos cautivaron de entrada. Decidimos darles una oportunidad al locro, al tamal, a las humitas y claro, a sus vinos. Ese mismo día, entrada la tarde, andamos hacia las cascadas y nos maravillamos con los imposibles cardones que crecían en riscos verticales. La noche nos caía encima y no pudimos completar la ruta. Volvimos andando desde las cascadas que comenzábamos a intuir hasta el pueblo que se encontraba a unos escasos seis kilómetros. Llegamos justo a tiempo de degustar unos maravillosos alfajores y un jugo de arándanos.

En la plaza de Cafayate nos encontramos con el segundo de los perros callejeros, el actor bonaerense que habíamos conocido en Tafí del Valle. Al parecer, ya había logrado poner el huevo en algún sitio. Primero nos presentó a un colega suyo malabarista y luego apareció un pipiolo de Tierra del Fuego que se había lanzado a viajar en lugar de ir a la universidad. Veías la ilusión en sus ojos que se comían la vida. El chaval volvió a hablarme de una tal Luca Proudhan de la banda Sumo y también del grupo Los Redondos.

La cultura viajera de Argentina no tiene parangón. Es sobre todo una cultura mochilera de viaje dentro del propio país. Tener o no plata, a la hora de viajar, es secundario. Su país es su mundo. Todo argentino viajero es un filósofo, un poeta, un tunante, un loco de la vida. En Argentina cada pregunta que hagas se convertirá en una conversación.

De vuelta a Cafayate decidimos alquilar unas bicis, montarlas en el bus y dirigirnos al Cañón del Diablo. Una vez allí se inicia una espectacular ruta ciclista de cincuenta kilómetros por algunos de los paisajes más impresionantes que he visto en mi vida. El Monument Valley argentino.

Fue allí donde conocimos a Cristian. Un poco antes empecé a notar que mi bicicleta no tiraba. Cuando las cuestas comenzaron a ponerse peliagudas me veía obligado a hacer un esfuerzo extraordinario y llegado un punto la bici apenas se movía. Yo, tozudo, no me daba por vencido hasta que de repente Bitter me lanzó un berrido del estilo: «¡Qué haces, animal! ¿No ves que se te ha salido la rueda y vas rodando sobre la llanta?».

Cinco minutos después del pinchazo y, por supuesto, sin repuesto alguno, apareció nuestro ángel de la guardia. Cristian, un bonaerense de antepasados nórdicos que recordaba al dios Thor, llevaba viajando diez años ininterrumpidamente con su bicicleta. Su último viaje lo había emprendido desde Alaska y se disponía a llegar a la Patagonia.

Con su ayuda salimos del atolladero. Mi bici iba, no obstante, de pena y el resto de la jornada fui a ritmo de tortuga. Los últimos kilómetros fueron una tortura. El día lo pasamos charlando con el gran Cristian, sin duda, un viajero heroico. Diez años cargando cincuenta kilogramos en una bici, durmiendo donde tocara con su carpa, hiciera frío o calor, sobreviviendo con la escasa venta de artesanía que le permitía sacar unos pocos pesos, sin duda, no estaba al alcance de cualquiera. Una vida dura y hermosa.

Sin embargo, esto no sería El Blog del Beat si me quedara con la simple idealización del viajero que tanto gusta a otros. Detrás de Cristian había mucho más que el dios Thor con su bici, su carpa, su artesanía y sus diez años de aventura. Thor había estado casado y tenía una hija pequeña a la que apenas veía. Cristian era una persona triste. Si hablabas un rato con él comprendías que tras esa imponente fachada había algo que hacía aguas. Viajar para él también era una huida. Viajar así era una manera de no relacionarse demasiado con la gente o, mejor dicho, de relacionarse en la manera superficial y pura que te permite un viaje continuo.

El bonaerense viajero era un sabio de lo más ignorante. Su nivel cultural dejaba bastante que desear, tenía ideas bizarras de todo tipo que sustentaba en creencias pseudo científicas que no había por donde coger. En un momento dado comenzó a darme una chapa interesante sobre los reptilianos, sobre alimentación y comenzó a hilar teorías de lo más extravagantes tipo Zeitgeist. Por supuesto, era mejor no llevarle la contraria. El amigo Thor no mostró interés alguno ni por nosotros ni por nuestro viaje. Más bien se dedicaba a monologar sobre sus propias experiencias como un Zaratustra cualquiera. Nunca hubo diálogo y, sin pretenderlo, estaba tan metido en su rollo de viajero universal que ya lo sabe todo, que estaba cerrado a cualquier estímulo externo.

No quiero depender de nadie, repetía como un mantra. Conocer a Cristian fue una experiencia reveladora. Las cosas no son blancas ni negras, eso ya lo sabía. Tampoco existen los viajeros ideales. Ni siquiera viajar puede servir para llenar una vida. Cristian era también humano, demasiado humano, que diría Nietzche.

Lo reconozco, intenté sacar de él lo máximo que pude, como hago siempre. Y aprendí mucho. Un tipo así tenía muchas cosas que enseñar.

Nos despedimos en Cafayate. Le di las gracias y le deseé suerte camino de Patagonia. Por un día dejé que fuera mi maestro y fui sin más su pupilo. No podía ser de otro modo.

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