Parque nacional de Mavrovo Viaje mochilero parque nacional de Mavrovo
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Parque nacional de Mavrovo

Viaje mochilero parque nacional de Mavrovo

La aventura continuó en Mavrovo. La marushka (furgoneta) paró ocho kilómetros antes de llegar al pueblo que daba nombre al parque nacional. Allí había un centro de información turística donde trabajaba un chico encantador llamado Hamlet que nos proporcionó valiosa información.

El primer día en el parque hicimos una bonita ruta circular que partía a escasos 500 metros del centro de información. Subía varios kilómetros por una carretera, se internaba por las montañas hasta el pueblo de Vrben y luego se perdía por senderos arbolados cubiertos de hojas recién caídas.

Cuando se nos volvió a echar la noche encima decidimos bajar la montaña por las bravas, campo a través. De vuelta a la civilización la idea inicial era hacer autostop hasta el pueblo de Mavrovo. Con poca luz y tráfico escaso la idea carecía de viabilidad. Echamos a andar pues los ocho kilómetros que nos separaban del pueblo. Dos horas más tarde habíamos llegado al hostal cristiano en el que habíamos reservado un par de camas.

Un amanecer sobrecogedor nos esperaba al día siguiente en el lago Mavrovo. Había helado. Primero nos dirigimos a una cueva que nos pillaba de paso y que no pudimos visitar pues estaba cerrada. Cogimos el camino a Galimnik a lo bestia, subiendo 500 metros de pista de esquí (todavía no había nevado). Tras la brusca ascensión estábamos de golpe en la alta montaña. No más vegetación. Sólo la inmensidad de las montañas y el vacío del mortal silencio.

La primera parte del sendero apenas estaba marcada. Tuvimos que guiarnos con el GPS y marchar casi siempre campo a través. La ruta no parecía tener demasiado sentido pero iba dando saltos de pico en pico lo que, a pesar del enorme esfuerzo, nos iba proporcionado vistas maravillosas. No avanzábamos. A media tarde asumimos que tendríamos que hacer noche en la montaña.

A 2000 metros, con temperaturas a bajo cero durante toda la noche y con nulo equipamiento, encontrar un techo se nos antojaba cuestión de vida o muerte. Fue entonces cuando divisamos lo que parecía una granja abandonada. Galimnik no debía de estar lejos pero la luz menguaba rápidamente e intentar seguir implicaba un riesgo inasumible. Decidimos pasar la noche en la granja en cuanto verificamos que efectivamente estaba deshabitada.

La segunda buena noticia fue que contábamos con una humilde chimenea. Recogimos toda la leña que pudimos, preparamos un par de mesas que nos hicieron las veces de cama y nos dispusimos a pasar una noche que no sería larga, sino eterna. Teníamos algo de raki. Comida, apenas quedaba. Tocaría ayunar.

Fue una noche sin luna. Una orgía de estrellas en el fin del mundo.

La mañana era clara. Había helado. A escasa media hora de marcha desde la granja comenzaba un desfiladero imposible, volvían los árboles y algo más abajo se divisaba el bello pueblo de Galimnik.

Unos perros corrían en éxtasis demente tras una liebre.

Fue un poco más adelante, en el bar del pueblo, mientras tomábamos un Burek (pan relleno de queso) con café, que encontramos a Chipi.
Desde Galimnik, un bello sendero otoñal te llevaba a Jamche tras un par de horas largas. Allí, perdimos el sendero. Una señora vestida con ropas tradicionales se empeñó en que siguiéramos camino por la carretera y, a poder ser, que cogiéramos el autobús. El concepto de senderismo le era ajeno. ¿Qué necesidad tenéis de ir por la montaña? Con una amplia sonrisa nos dispusimos a hacer caso omiso de sus consejos y, con algo de fortuna, siguiendo nuestro instinto, retomamos el sendero que discurría paralelo al río por la ladera de la montaña. Cuatro kilómetros hasta Rotusha.

Tras un par de kilómetros de subida ya en la ladera del otro lado del río, divisamos las primeras casas. Se anunciaba la existencia de una catarata.. La visitamos antes de que anocheciera y no nos defraudó en absoluto.

A Chipi la habían atacado unos perros en cuanto llegamos. Ya entrada la noche me pareció verla. No era ella.

Un café solo en un bar de parroquianos que jugaban al dominó en lugar de una cena.

Desde Rotusha furgo hasta Debar y desde allí también en furgoneta hasta Strugga. Los árboles seguían teñidos de sangre. El lago Ohrid nos esperaba. ¿Quién podría curarme de esta maravillosa enfermedad? El sol brillaba aún en este otoño moribundo de Macedonia. El vehículo, como si fuera una serpiente, reptaba suave entre las montañas. Las rocas se escondían tras las ramas de unos árboles cuyos troncos crecían en grosor según perdíamos altura.

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