Parque nacional de Pelister Viaje mochilero Pelister
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Parque nacional de Pelister

Viaje mochilero parque nacional de Pelister

El parque nacional de Pelister era un parque boscoso, un mar de abetos mágico y fantasmagórico. Los últimos tres días de nuestro viaje nos perderíamos en él.

Era alrededor de la una de la tarde del jueves 15 de noviembre de 2018 cuando llegamos a Pelister. Apenas tres horas para que nos cayera la noche encima. Hicimos una ruta corta. Pasamos por un hotel que se había quemado hace un par de años y luego, ya solo pues Polanski se había perdido, llegué hasta el mirador de las almas en pena. Luego seguí camino hacia Svri Sveni. De regreso, ya en la Golden hour, en lo más profundo del bosque, me reencontré con Polanski, el ucraniano loco. Con noche cerrada, regresamos al hotel Molika, único alojamiento de la zona.

Se avecinaba temporal de nieve. No sabíamos si era una buena o una mala noticia. Las temperaturas podían bajar hasta los menos quince grados. Aún más bajas en el pico Pelister donde pretendíamos llegar al día siguiente.

Las restricciones de equipaje de Ryan Air a última hora habían dejado nuestro equipamiento de montaña reducido a cero. Ni siquiera teníamos guantes, gorro o una miserable bufanda. A pesar de todo, bajo la fuerte nevada que comenzaba a caer, decidimos probar suerte y ver hasta dónde éramos capaces de subir.

El hotel Molika se encontraba a unos 1400 metros de altura. El pico a 2601. Una fuerte subida de cinco horas debía llevarnos hasta la cima. Al ser las primeras nevadas de la temporada invernal los senderos estaban aún practicables. Mi legendaria flatulencia me servía como propulsión trasera. Media hora después de salir del hotel encontramos un ancho camino por el que aún podían circular vehículos. Treinta minutos más tarde comenzó el sendero boscoso que debía llevarnos hacia el pico. Tras un par de horas largas de subida la vegetación comenzaba a desaparecer. En las zonas ya peladas de la montaña la corriente de aire era mucho más fuerte y el frío se hacía sentir. Una hora de travesía dejaba paso a una zona pedregosa por la cual la ascensión se ralentizaba notablemente. La niebla era densa y apenas se podía ver a más de diez metros de distancia. La nieve caía cada vez con más fuerza.

Seguimos aún un rato en busca de lo imposible. En el mapa del parque aparecía a 2400 metros un refugio que pensábamos podía sacarnos del aprieto en caso de que las cosas se pudieran feas. Cuando llegamos a esa altura vimos que estaba completamente destruido. La roca helada nos hacía patinar cada vez más y mi equilibrio de pato mareado me jugaba constantes malas pasadas.

Al final tuvimos que ponernos una hora límite para alcanzar la cima, las 14.15. Haber seguido subiendo habría sido demasiado irresponsable hasta para nosotros. A las 4 y medía sería noche cerrada. Supongo que nos quedamos cerca de la cima, nunca lo sabremos. Otro fracaso en mi palmarés.

Para colmo, antes de iniciar la bajada, en una estúpida caída, me había torcido el dedo anular de mi mano derecha (la de las pajas). La bajada la hicimos a buen ritmo y aunque ya era noche cerrada conseguimos regresar al hotel Molika alrededor de las 6 de la tarde. Una botella de vino tinto Alexandría, por supuesto, el más barato del hotel, edulcoró nuestro apoteósico fracaso.

Y entonces siguió nevando y nevando. El verde se transformó en blanco y las hojas otoñales que cubrían los senderos desaparecieron para siempre.

A la mañana siguiente decidimos bajar a pie desde Pelister hasta Bitola. La decisión no pudo ser más acertada. Para ello tomamos el sendero que unía el hotel Molika con el pueblo de Dihovo. Metiendo el pie hasta el tobillo en nieve virgen no nos quedó otra que abrir la vía durante todo el descenso.

Una bomba de italiana le da de mamar a su novio, el calvo de la lotería, en el asiento de al lado del avión de Wizz Air que me llevará desde Skopje hasta Venecia y, de allí, a Málaga.

El sendero de Dihovo descendía por un espectacular bosque de abetos. La nieve y la niebla le daban a la bajada un toque mitológico, casi irreal. De repente, la niebla desapareció y Dihovo se nos mostró al fondo de la ladera en todo su esplendor. A pocos kilómetros de llegar al hermoso pueblo descubrimos que existía la posibilidad de regresar al hotel Molika por otro camino que debía resultar en una interesante ruta circular.

Dihovo está a unos 5 kilómetros de las afueras de Bitola. Durante el delicioso camino rural que recorrimos no nos privamos de probar todo aquello que pudimos llevarnos a la boca. Exquisitas manzanas, moras y nueces fueron más que bienvenidas por nuestros suplicantes estómagos. Con las malinkas no hubo cojones pues apestaban una barbaridad.

A las afueras de Bitola hicimos auto stop. Un simpático quinqui bitolés se prestó a acercarnos al centro. Con él estuvimos charlando algo sobre el conflicto que se traen con Grecia a cuenta del nombre. Él, partidario de la entrada en la UE, se mostraba pragmático. Si para ello su país debía llamarse Mordor no tenía inconveniente. Decía que en Macedonia había más políticos que ciudadanos y, en general, no parecía adorar, ni mucho menos, al macedonio medio. Nuestra impresión no podía ser más opuesta.

Lo poco que vimos del centro de Bitola nos dejó con ganas de más. Teníamos que coger un bus para Skopje a las 4 o perderíamos el avión.

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