Viaje mochilero Ouzarzate y el valle de las rosas
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Ouazarzate y el Valle de las rosas

OUZARZATE Y EL VALLE DE LAS ROSAS. EL VIAJE DE PATRICIA. CAPÍTULO SEGUNDO

 

¿Por qué siempre los principios deben ser tan tristes? Elena me dice que en la vida soy una persona luminosa pero que en estos relatos parezco alguien mucho más sombrío y oscuro. Sobre todo en los últimos, precisó. Hay que decir que a ella nunca le importaron demasiado estos relatos, salvo en lo que pudo utilizarlos para torturarse. Eran un filón irresistible para un masoquista.

Con tanta belleza a mi alrededor y yo voy y me centro en lo más feo. De la derrota se aprende más que de la victoria. Sin embargo, no podemos instalarnos en ella ni refugiarnos allí. Tal vez solo estemos posponiendo el inevitable final para que cuando llegue, ya demasiado tarde, haya desaparecido todo lo bueno que ocurrió durante muchos años.

Y sin embargo, soy un optimista irredento. Pero que feo suena el Dariya. También el árabe en general. La prisión que llevamos sobre los hombros. Y es que, hasta que te pones a contar lo que ha pasado no hay mucho que contar y ahora, sinceramente, soy incapaz de contar nada.

Me alegro de no haber hablado a nadie de este blog. Me arrepiento de que Bitter lo haya leído, eso sí. Obviamente, a nadie le interesa lo que haya podido pasarse por esta amarga cabeza. Ahora lo comprendo. Más terapia para este humilde gusano. No sé siquiera cómo he tenido la santa paciencia de pasar algunos de mis textos a ordenador. Al final será que lo que nos sobra es tiempo. Y entonces, el momento anhelado, se vuelve el más temido.

Y el siguiente golpe tal vez sea el que te mate. El aburrido compañero de viaje. Como Handel componiendo Aleluya pero sin nada que componer. Intentando evadirme sin conseguirlo. Un poco más de odio en este negro corazón.

¿Cuánto autoengaño es necesario para aceptar la verdad? En el fondo siempre lo supiste.

Lo único que importa es mantener el bolígrafo pegado al cuaderno. Ni siquiera unos absurdos rezos por la radio pueden alejarte de tu objetivo pues si Handel estuvo enfebrecido durante semanas lo mínimo es que uno pueda conseguirlo al menos durante cinco minutos. O tal vez, no pueda. O tal vez, quien sabe, todo sea una gran mentira. El arte también.

¿Cuántas horas seguidas escuchando árabe por la radio son necesarias para volver a un hombre completamente loco? Patricia, a mi lado, hace un curso intensivo de árabe a costa de mi salud mental. En Skoura, a media hora escasa de Ouzarzate. Un cinco de diciembre de dos mil dieciséis, ríe un locutor de radio marroquí y yo, claro, no sé por qué.

Los genios siempre hemos sido unos incomprendidos, me dice Patricia, mientras me reconoce que ella tampoco entiende nada de lo que dice el locutor pero que, eso sí, le ayuda a practicar y a desoxidar un poco su árabe.

Otro día hablaré de Patricia. Ese es un melón que en este instante no me veo capaz de abrir. Y menos con todo este empacho de Dariya.

(Días más tarde) Personas que vuelven a casa con muchas más ganas de las que tenían de partir. Argentinos, franceses, alemanes y españoles cazurros haciendo excursiones de un día a tierra ignota. Y Marruecos de nuevo, pero esta vez con Patricia, antiguamente conocida como Fabrizio.

Éste era el viaje de Patricia, no el mío. Y es que mi amigo, volvió de la muerte, porque yo lo daba por muerto, siete u ocho años más tarde, convertido en mujer. Al menos al principio.

Así pues, Patricia se presentó en Málaga. Otro salto al vacío, haciendo gala de su nuevo yo y como siempre con un plan descabellado en su cabeza. Ya llevaba siete años hormonándose. Los pechos le habían crecido bastante, sus rasgos cada vez más femeninos. Tal vez, pensaba yo, su plan consistiera en terminar de operarse aquí en Málaga. La otra alternativa que contemplaba era que, simplemente, hubiera elegido Málaga como lugar para terminar con su vida.

El suicidio siempre está presente cuando una conversa con Patricia. Sin embargo, sorpresa, pocos días después de su llegada el verdadero plan me es revelado. Patricia está iniciando una marcha atrás. Al parecer, estos siete años intentando ser mujer han sido si cabe más traumáticos que los treinta y cinco anteriores fingiendo ser un hombre.

Como hombre Fabri era una persona socialmente aceptada, carismática e incluso admirada. Como mujer, solo era un engendro, una puta, una yonqui vagabunda. Así pues, la idea era resignarse a vivir una vida en el cuerpo equivocado, masculinizar algo su imagen para no generar tanto rechazo en los «bienpensantes» pero no renunciar del todo a su identidad de mujer. Seguir hormonándose y travestirse sólo los fines de semana. Un plan bizarro, muy meditado y confuso.

La calma que precede a la tempestad. La lucidez del insomne a las diez de la mañana. Una noche en un vagón de segunda clase a pesar de que has pagado litera.

El poco interés que pueden tener estos escritos reside en su honestidad. Tal vez por haber sido escritos para no ser leídos.  Escritos hechos de entrañas que solo pueden leer desconocidos a los que no interesan. Como si se tratara de mensajes en una botella.

Efectivamente, como me dijo Patricia en la primera oportunidad que tuvo, no tengo ni puta idea de lo que debe de ser pasar por una experiencia semejante. ¿Cómo podría yo comprender la eterna lucha entre la transexualidad y la locura? Si ni siquiera ella comprendía absolutamente nada.

Es una pena, me decía, podría haber sido un hombre muy guapo y tal vez, incluso, feliz.

No podemos olvidar que hasta hace relativamente poco la transexualidad era considerada una simple enfermedad mental. Sin embargo, ¿Qué es una enfermedad mental? ¿Cómo puede no estar enferma una persona cuya identidad de género no coincide con el cuerpo que le ha tocado? ¿Podemos imaginar algo peor?

Recientemente leí que uno de cada tres transexuales acaba suicidándose. El resto se suelen ver condenados a una existencia marginal y desgraciada. Horas y horas hablando del único tema de conversación posible me han dejado exhausto. Obligado a «hilar» siempre fino si uno no quiere desencadenar, con una palabra poco afortunada, la llegada del huracán Katrina. Y es que no hay que olvidar que Patricia es una persona que vive en guerra contra el mundo.

¿Está loca Patricia? Probablemente. ¿Y el resto de nosotros?

Paradójicamente, la marcha atrás iniciada abrió las puertas de Marruecos a Patricia que, finalmente, podía regresar allí tras muchos años. Como mujer, su vuelta, habría sido impensable. Patricia adoraba Marruecos desde su primera juventud, lo tenía idealizado. Incluso llegó a vivir varios años en Chefchaouen.

«No quiero vivir», me dijo. «Pero he decidido que tampoco me voy a quitar la vida», añadió.

El viaje al sur de Marruecos con Patricia era sobre todo una oportunidad de encontrarnos a nosotros mismos, de ver si quedaba algo de nuestra vieja amistad. Una amistad que, visto retrospectivamente, dadas las particulares circunstancias en que vivía Fabrizio, no había podido germinar del todo.

Patricia no es Fabrizio pero se le parece mucho. Ambos son inteligentes, curiosos, independientes, relativamente cultos, ambos tienen mucho carácter, son idealistas, algo excéntricos, radicales. Equilibrados en ocasiones. Son personas dadas a la introspección, solitarias, carismáticas, egocéntricas, incomprendidas.

Fabrizio, sin embargo, era mucho más dinámico. A Patricia le falta energía. Fabrizio era más guapo que Patricia y bastante más seguro, en apariencia, que ella. Lo malo de Fabrizio es que era una mentira y lo bueno de Patricia es que es de verdad. Eso creo.

La misión de dar algo de esperanza, optimismo y ganas de vivir a Patricia estaba condenada al fracaso. No se trataba de eso. Si Patricia encontraba su camino, si es que este existía, era cosa suya. Por mi parte tomé esta aventura simplemente como una oportunidad de conocernos mejor, de vencer prejuicios y miedos justificados e injustificados y, en definitiva, de aprender algo que pudiera llevarme luego de vuelta a casa.

De Marrakech fuimos a Ouzarzate. Allí nos quedamos en un hostal de la periferia y, como ya caía la noche, nos limitamos a dar un suave paseo por un barrio cualquiera de la ciudad.

Si pudiera volver atrás en los años más que las fotos lo que me gustaría conservar serían las grabaciones de las grandes conversaciones que me ha deparado la vida. Esa noche en Ouzarzate, fumando hachís, fue una de esas raras ocasiones en las que dos seres humanos llegan realmente a entenderse. También hubo magia en Marrakech y luego en Bou Tharar, en la casa del viejo Hassan, la misma noche que éste me pidió, cuando supo que era abogado especialista en extranjería, que llamara a su sobrino que vivía en Barcelona para ayudarle con sus papeles. Gran conversador también este Hassan.

Mucho antes, de camino a Ouzarzate, coincidimos con un fotógrafo que colaboraba en proyectos de la fundación Botín. El colega viajaba financiado, por placer, junto a su tímida compañera. Me recomendó, cuando salió Kapucinski a colación, que leyera a un reportero argentino que también escribía sobre sus experiencias viajeras. Investigaré al respecto porque no recuerdo el nombre que me dijo.

En Skura me perdí voluntariamente en el infinito palmeral que hubiera dado para una aventura de semanas, mochila, saco y tienda de campaña.

Patricia, siempre a la defensiva en lo que a precios se refería, comenzaba a despotricar del dueño del hotel en el que nos quedamos que, al igual que ella, en eso se parecían, peleaba a muerte por cada Dirham.

El barco de mercancías Hamburg Sud atraviesa junto a nosotros el estrecho de Gibraltar.

Comienza la marcha en Kellat N’gouna. Patricia con la energía justa da lo mejor de si misma y consigue andar diez kilómetros. Se rinde tras parar para comer en el jardín de un Riad en reparación  en el que paramos. Un poco expresivo aunque agradable normando nos permite compartir una hora con él y sus obreros.

A Patricia le duelen los pies. Patricia se ducha todavía menos que yo. Al salir del Riad me abandona y decide hacer autostop hasta Adida. Yo, me sumerjo en el río de la vida que me llevará siete kilómetros después, tras pasar por el desierto, a la Kasbah de Roses. Allí, una vieja bereber, fue nuestra madre por un día.

El tiempo se acaba pues sé que no escribiré más cuando vuelva a Málaga.

De Adida, siempre a pie, marchamos hacia Bou Tharar por la carretera. El valle del color de ls rosas nos deja sin aliento. Colores otoñales a principios de diciembre.

Charlamos con dos jóvenes bereberes a los que chupamos la sangre en forma de información sobre nuestra próxima ruta al pueblo de Alendoum. Último destino. Antes encontramos a Hassan y compramos las mejores mandarinas del mundo. Esas tan arrugadas.

¡Quién pueda seguirme que me siga!

La mañana siguiente hacemos autostop y unos profesores marroquíes nos acercan al punto de partida de nuestra etapa. Alendoum no fue el final sino el inicio de nuestra última etapa que hicimos en sentido inverso.

La noche anterior descubrimos que Hassan era un porreta de los nuestros y charlamos brevemente en lo que tan solo sería un preludio de la eterna conversación de la noche posterior.

Como digo, se me acaba el tiempo. Ya estamos en las imponentes gargantas cercanas al pueblo. Patricia no aguanta más, se siente atrapada y quiere salir de allí. La corriente apenas nos permite andar. En varias ocasiones debemos realizar escaladas imposibles, saltos kilométricos hasta que, finalmente, decidimos quitarnos los zapatos y empezar a andar como Moisés en busca de la tierra prometida o, tal vez, como Indiana Jones en busca del arca perdida.

Tres kilómetros más tarde y un par de horas después salimos de la impresionante ratonera. Fue entonces cuando Patricia miró al cielo agradecida y gritó: ¡¡ Lo presentía !! Se refería a que sabía que había tomado la decisión adecuada no echándose atrás. Por algún motivo Patricia detestaba volver atrás e intentaba, pasara lo que pasara, no hacerlo nunca.

A partir de ahí, puro placer. Senderos, pueblos perdidos, desiertos, montañas y un oasis junto al río que nos guiaba. El pueblo de Hod debería aparecer en cualquier puta guía de viajes de Marruecos porque es realmente único. Aunque, pensándolo mejor, tal vez prefiera quedármelo todo yo.

Luego, dos veces Agouti y así, en mitad de una ensoñación, regresamos a casa de Hassan donde nos esperaba un delicioso tajin con algo de carne, unos quesitos de la vaca que ríe y , como no, unas mandarinas bien arrugaditas. Para que no faltara de nada, chocolate del bueno. Ginebra y tónica.

Y cuando parecía que definitivamente estaba a punto de perder el control. Cuando parecía que iba a perder la cabeza, que iba a estallar… Ya meses más tarde, tras hablar con el sobrino de Hassan, al que por fin llamé. Fue entonces cuando comprendí que mi problema era que no moría nunca. Y si no me dejaba morir… ¿ Cómo podría renacer?

Escribir por escribir sin dejar espacio al pensamiento. MGMT en el infinito vacío intelectual en el que me sumergía. Escritura china en lengua castellana. Dudas, miedos y un masoquismo que, tal vez, no era más que mi manera de recargar las pilas. Un cerebro como principal enemigo. Otro espejismo de mi mente. Un consuelo en el mal de muchos. Volar sobre una existencia de palabras que no significan ni dicen nada pero que continúan adelante levitando en un vacío en el que yazco muerto. Días que tal vez sirvieran para algo. No funcionó. Más vómitos en este papel verde a cuadros.

Y fue así, con Tarifa ya al fondo y el recuerdo de una Patricia abandonada a su suerte en Ouzarzate, como acabé este nuevo relato de viaje. Un viaje, que ya se sabe, no termina nunca.

 

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