Viaje mochilero Chefchaouen Asilah
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Asilah y Chefchaouen. El retrato de un demente

ASILAH Y CHEFCHAOUEN. EL RETRATO DE UN DEMENTE. CAPÍTULO TERCERO

 

Con la vergüenza de no haber sido capaz de mirar la muerte a los ojos comienzo este nuevo capítulo de mi eterno viaje por Marruecos. Era medianoche. Volvíamos al hostal Barbari desde Asilah. Siete kilómetros de carreteras envenenadas. Un taxista suicida a punto de chocar en su enajenación con el coche que nos precede. Y entonces, una vez pasado el peligro, el accidente ocurre.

Un burro muerto. Un niño sentado con la pierna rota, un señor bocarriba aparentemente inconsciente, un coche destrozado y muchos muertos. Trescientos metros más tarde otro vehículo machacado.  Hierros incandescentes. Mujeres y hombres gritando horrorizados. Más muertos en la calzada. Y no pude seguir mirando. Porque soy un cobarde y la muerte me asusta. También me asusta el dolor y el sufrimiento de la gente que, claro, también es el mío.

Decenas de buenos samaritanos rodean la escena. Mi compañero Begbie no puede apartar la mirada fascinado. Un hombre con las dos piernas completamente destrozadas. Dos piernas más amputadas en mitad de la carretera. Nuestro taxista habla por teléfono. La sangre ha excitado a Begbie. Mi compañero de viaje tiene sed de violencia.

Mi carcelero no me permite ducharme. Espero sentado en la taza del vater a que el psicópata deje de hacer el psicópata. Dos manchas en mi camiseta del Perú. Un bañador naranja. Un paparazzi del que no te puedes escapar. Y si necesitas escribir es porque todo va bien. Una historia increíble en mitad de una historia cotidiana.

Ahora soy yo el que decido putear a mi colega Begbie con el que mantengo una relación postadolescente que nos transporta al lado más guasón, descarado, inmaduro y tocapelotas de nuestra personalidad.

Al parecer Begbie no encuentra su cartera. Tras varios minutos de expectación mi colega repara en la desaparición de su cartera. La cosa se pone interesante.  Frank comienza a dar vueltas por la habitación cada vez más nervioso. No digo nada.  Me confiesa que no sabe donde ha puesto su cartera, está preocupado. Menciona la cantidad de dinero que llevaba en ella, que tenía el DNI, las tarjetas de crédito…en fin, su puta vida en una cartera. Una pena. Yo, por mi parte, hago como que no le presto mucha atención.

Begbie empieza a buscar en lugares inverosímiles como debajo de la alfombra o encima de la estantería. Me descojono por dentro. Pienso en la alegría que se llevará cuando la encuentre. Es por su bien, me digo.

Sigo el juego. Ahora le digo que lo mejor es que desande el camino que hizo desde el coche, unos cien metros, hasta la casa donde nos alojamos. Le insisto en que lo más probable es que se le haya caído en el camino. Duda. Dice que no cree que sea eso lo que haya ocurrido. Una marioneta en mis manos. Ningún amante del humor negro se merece más esta broma que mi amigo Frank. Un autentico hijo de puta sin misericordia alguna en cuanto a bromas se refiere. Alguien incapaz de empatizar con el dolor ajeno.

Cuando sale de la habitación para desandar el camino aprovecho para coger su cartera de debajo del mueble donde la había escondido y colocarla en un sitio en el que sé que pronto la encontrará. La clave es que quede una duda lo suficientemente razonable sobre mi participación en los hechos que me permita librarme de una paliza.

La sorpresa es mayúscula cuando entra en la habitación y me dice en estado de shock que no había encontrado su cartera pero que había encontrado las llaves de mi coche (q se había quedado en Tarifa) semienterradas en mitad del camino.

Al parecer, por increíble que parezca, se habían caído de mi mochila que, como casi siempre, estaba mal cerrada. Joder!, siendo realistas, ¿ Qué probabilidad había de que ocurriera algo así? Sin esta casualidad mayúscula no me hubiera dado cuenta de la perdida de las llaves hasta llegar a Cádiz pues no había razón alguna para asegurarme que las llaves de mi coche guardadas en un pequeño compartimento de mi mochila seguían allí y entonces… No quiero ni pensar el liazo en Tarifa… ¿Qué puta coincidencia llevo a mi amigo a buscar una cartera que no se había perdido a medianoche en un camino de tierra para finalmente encontrar unas llaves que sí se habían perdido?

Por una razón o por otra  Begbie comenzó a agredirme cada vez con mayor frecuencia durante este viaje. A veces simplemente gritaba enfebrecido «I dont like too see happy people around me!!» y luego me golpeaba. Otras veces me hacía preguntas del tipo: ¿Puedes ver el futuro? y luego me cruzaba la cara al estilo del famoso video del vidente de Youtube. Era habitual que me golpeara también cuando escribía. Era entonces cuando me gritaba que dejara de creerme Garcilaso de la Vega. Me repetía que no era más que un mediocre. La pura verdad.

Y yo sigo aterrorizado sentado en la taza del vater empujando la puerta para que Begbie no entre en el mismo y me haga un video mientras cago como pretende. Luego quiere mandárselo a nuestros amigos por whattsup. Ha pensado en todo el cabrón.

Mi colega me repite a gritos que deje de hacer el ridículo, que llevo haciendo el ridículo toda mi vida. Dice que soy un observador de la vida, nada más.

Luego parece entrar en razón. Me insta a ducharme por fin y me promete que no entrará por la fuerza en el baño si lo hago. Suena de fondo Tame Impala. Vibro, no escribo. El boligrafo no para aunque más temprano que tarde deberá hacerlo.

Begbie encuentra accidentalmente su cartera bajo una toalla. Le echo la bronca por inútil y descuidado. Lo mínimo que este bastardo se merece. Una moraleja que es mejor no extraer.

Continuará…

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