Cartagena de Indias mochilero Cartagena de Indias. Por libre. En solitario.
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Playa Blanca: Cartagena de Indias

Viajaba desde Iquitos (Perú) en una lancha ataud que cruzaba el amazonas a toda velocidad. La barcaza que tardaba tres días y dos noches la perdimos, una pena. Encontramos Santa Rosa por casualidad.

Desde Santa Rosa se podía llegar nadando a Leticia. Así lo hice, por eso no tengo sello de entrada en mi pasaporte. Clandestino, en un tuc tuc, llegué hasta el aeropuerto de Leticia. Sweet seguía conmigo. Juntos, huimos de la selva en busca de playas desiertas. Antes teníamos que pasar por Cartagena de Indias.

Nuestra primera noche allí discurrió escuchando música en la plaza de la vida. Comimos arepas hasta reventar mientras la muchedumbre nos deleitaba con su destreza para bailar salsa. Allí, algo bebidos, conocimos a María, una chica chilena que organizaba bodas de lujo para fresas; la última moda, al parecer, era desplazar a tus invitados al otro lado del mundo y en cuestión de bodas para millonarios Cartagena de Indias resultaba imbatible. Unas simpáticas ancianitas madrileñas pasaban sus eternas vacaciones en una urbanización en primera linea de playa. Gracias a una amiga colombiana, alardeaban.

Camino de playa Blanca, haciendo autostop, coincidimos con Manu y con Gema una joven y universitaria pareja castellano-catalana que viajaba con mucho amor y con poco dinero.

Nos alojamos en el barrio de Getsemaní, una de las zonas más pintorescas de la ciudad. Paseamos por el centro y disfrutamos de otro grupo de baile étnico callejero.Ya al día siguiente nadé en un putrefacto río lleno de aceite junto a los niños más pobres entre los pobres, chavales que jugaban en el agua a un pilla pilla infinito.

El tiempo parecía ralentizarse en Colombia. Había dejado de importar para mí. Para Sweet, sin embargo, ya había empezado la cuenta atrás. ¿Por qué no podíamos abrazarnos si ésta era su última noche? El dolor y la mentira me alejaban de ella. ¿Sería hoy, por fin, el día que pudiera entregarme a la eternidad?

¿Eres tú, Tucán, el que me canta?

Al anochecer, Sweet y yo hicimos equilibrismos sobre las murallas de la fortaleza de Cartagena de Indias. No sabíamos que lo mejor estaba aún por llegar.

Mis musas estaban tristes, aunque sonreían. El hombre contra su destino. El mes y medio más largo de mi vida. La muerte era una trampa, una traición. Era injusta. Para evitarla, tendría que escribir para siempre.

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