Rumania-Moldavia-Transnistria-Ucrania. En solitario. Por libre
Relato de viaje por Rumanía, Moldavia, Transnister y Ucrania
Ucrania, Transnister, Rumanía, Moldavia
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VIAJE AL CORAZÓN DE LA ANTIGUA URSS: RUMANÍA-MOLDAVIA-TRANSNISTRIA-UCRANIA

 

Viaje mochilero Rumania-Moldavia-Transnistria-Ucrania

 

Pido al jefe salir veinte minutos antes. Sin problema, me dice. Me acabo liando y salgo quince minutos después de la hora. Me recoge mi padre que se queda atónito cuando le digo que vamos al aeropuerto de Granada. Se estresa cantidad. Rumanía-Moldavia-Transnistria-Ucrania me esperan.

Ya he puesto el piloto automático en modo aventura. Llegamos un poco justos pero el haber hecho el cheking online me salva el culo. Al llegar al aeropuerto me doy cuenta de que no llevo los zapatos. Haré todo el puto viaje con «zapatos de charol». Muy adecuado para lo que se me viene encima.

Un par de tíos se paran a conversar en la cola del embarque. Al principio pensé que el primero era español y el segundo italiano, me equivocaba, el segundo era francés. El primero tenía una cara interesante y divertida del tipo este que sale en todas las pelis argentinas que últimamente merecen la pena.

Ya en Bolonia doy un par de vueltas a lo gilipollas por el aeropuerto. Aviso a una chica de que tiene la mochila abierta y aprovecho para preguntarle a cuánto queda la ciudad.

La chavala me hace entrar en un frenesí de tetas, culos y caras lujuriosas difícil de evitar que, demostrado está, por estos lares, pueden hacer perder la cabeza a cualquier animal con pene que se desplace a estas tierras. Todavía me encontraba algo tocado por el exceso de porros y el desenganche de nicotina. A partir de entonces, a tope.

Me voy a cenar, todavía solo, a un restaurante cercano con aspecto íntimo. El comensal solitario focaliza en su persona todas las miradas cuando entra en un local o, por entonces, yo lo percibía así. Utilizo el libro mujeres de Bukowski como escudo de evasión friki y me funciona bien. Disfruto mucho de la cena. Pido una pasta cuyo nombre no recuerdo parecida a los macarrones que acompañada de setas, jamón, huevo y alguna otra cosa, me deleita enormemente. De postre un delicioso mascarpone sublima el habitual tiramisú al que estaba acostumbrado en España. Se trata de un postre diferente aunque comparta el tipo de queso con uno de los postres más célebres de la cocina italiana.

Para esa hora ya estaba llegando Vinzo a Bolonia por lo que me fui a esperarlo tranquilamente enfrente a la estación de trenes. Ya iba por la tercera cerveza de medio litro y estaba bastante eufórico. Nos fuimos de marcha en cuanto llegó el italiano.

Manu, por su parte, llevaba su odisea personal en forma de tren que dio la vuelta al mundo y en forma de malabarista cachondo que la liaba sin parar en el avión como preludio de su gira. Al parecer, el colega era íntimo amigo del cantante de Pereza.

Acabamos en una fiesta de música electrónica machacona en mitad de ninguna parte y volví tan cansado que tuve un amago de colapso durante el camino de vuelta al coche. Vinzo me estuvo contando lo dramático que, en su opinión, era trabajar y no poder hacer lo que te salía del nabo todo el tiempo.

LA TEORÍA DEL MARTILLO ROJO Y DEL NÚMERO SIETE

Si preguntas a una persona por un número del uno al diez y le pides que te conteste rápido casi siempre responderá intuitivamente el número siete. Si igualmente le presionas para que te diga una herramienta y un color te dirá prácticamente en todos casos MARTILLO ROJO. ¿Que mierda es esto? ¿Somos putos robots?

Tras dormir en el coche un par de horas nos levantamos como espectros y fuimos a desayunar algo al bar de al lado, un bar clásico italiano con un café que dejaba bastante que desear y que llevaban ¡chinos! ¡Cago en la puta! Justo antes de viajar me pasó lo mismo en Málaga. Los chinos se están empezando a hacer con los negocios convencionales dejando al lado el típico rollito de primavera o las tiendas «de chinos» en favor del pitufo con aceite y tomate y la pizza «al taglio». Lo que nos quedaba por ver ¡joder! Y además, no lo hacen nada mal!

Un poco de casco histórico y comida en un sitio que nos habían recomendado. Por la tarde descubrimos la parte medieval de Bolonia y nos pusimos las botas a base de anis y las dos raciones de Viadas??? (ilegible en el original) que nos pusieron para acompañar el espirituoso.

La noche estuvimos pletóricos, borrachos perdidos alrededor de todo lo que se movía. Nos enamoramos muchas veces pero fui casto y virtuoso como siempre. Por lo demás conocimos a varias chavalas muy majas. Sobretodo una calabresa que tenía más sabiduría en sus silencios de sus dieciocho años que nosotros ya talluditos con toda nuestra palabrería.

Otra chica muy interesante que conocimos se dedicaba a recoger verdura en la campiña durante ocho meses al año con su novio. La chica transmitía muchísima paz y físicamente no estaba nada mal. Emanaba bondad. La conocí mientras ingenuamente intentaba mostrarle la luz a un pobre malabarista borracho que charlaba, o al menos lo intentaba, con nosotros.

El malabarista tenía carisma, desprendía una luz especial y en su sonrisa mellada transmitía la experiencia y sabiduría del «perro viejo». Sin embargo, a pesar de su juventud, estaba acabado. Lo sentías. De delirium tremens en delirium tremens, de descampado en descampado, de puente en puente, la vida se lo había llevado por delante. La suciedad cubría su cuerpo y su pelo rasta daba asco. Meses, años, tal vez siglos sin ducharse, sin dormir en una cama, viajando sin rumbo.

Estuvo bien, debió pasarlo genial, pero de eso debía de hacer algún tiempo. No supo o no quiso parar, puedo entenderlo. Tarde o temprano todos estaremos ahí, donde él estaba, viendo la muerte cara a cara, con la vida ya detrás como un breve destello irreconocible en la memoria.

Era feliz, al menos por unos instantes, todavía era capaz de hacernos reír con algunos malabarismos y mientras, pequeñas e inconexas actuaciones nos iban dejando gotitas de lo que había sido un día su espectáculo callejero. Sin embargo, podías percibir que era incapaz de hacer lo que antes hubiera hecho con los ojos cerrados. Era una sombra patética de lo que algún día fue. Vivió a fondo, murió rápido. «El chaval de la fortuna», eso decía él. Al parecer la fortuna es un barrio de Madrid. Al final se quedó sólo, abandonado como un perro. Tal vez, debió de pensar él, solo fue un breve momento de vanidad.

Despertamos de nuevo en el coche, puede que durmiéramos algo. Estamos en otra parte de la ciudad. Apenas comemos algo y salimos para el aeropuerto. Seguimos sin haber tomado un café decente. Ciao Ciao Vinzo!!

 

RUMANÍA

 

Llegamos a las seis al aeropuerto de Constanta (Rumania) a unos 30 minutos de la ciudad. La primera impresión fue la de encontrarnos ante un paisaje llano y no especialmente verde. La inmesidad del mar negro tardó en sobrecogernos.

Más tarde, escuchamos por primera vez en la radio del minibús la canción de los Killers «are we humans or are we dancers» banda sonora de nuestro viaje. Y luego, después de echar un vistazo a las hordas de gitanos que nos miraban intrigados, nos perdimos en Constanta.

Cogimos el bus equivocado, no el que iba a la c/ Mamai sino al pueblo Mamai. Terrible error que salvamos cerca de las ocho de la tarde gracias a la ayuda de un muchacho que llamó a nuestro hostal y a la amabilidad de la dueña del mismo que no dudo un segundo en coger su coche e irse a la otra parte de la ciudad. También la primera muestra  de la maravillosa gente que nos encontramos durante nuestra estancia en Rumanía.

El hostal era su casa. Una casa vieja a pocas paradas de autobús del centro. Nuestra habitación no llegaba a “zulo” y el techo estaba cubierto de telas de araña. Durante la ducha aniquilé a varias de ellas. Vivían allí de manera más o menos habitual una gordita americana, con lo que no acertamos a tener una conversación más por incompetencia propia que por otra cosa.

Para entonces nos hacía falta una ducha más que cualquier otra cosa en el mundo. Nos dimos una vuelta por la plaza principal de Constanta. Bebimos varias cervezas y cenamos de manera correcta en un turco muy acogedor de la Zona. La influencia musulmana era notable  y se hacía visible  en diversas facetas y, por supuesto, en el aspecto de muchas personas; no hay que olvidar que Turquía está muy cerquita.

Completamente perdidos y algo borrachos, casi milagrosamente, pues no recordábamos ni la dirección del hostal, ni el barrio, ni el nombre del mismo, conseguimos volver a lomos del taxi de un viejo gordo putero, realmente encantador que no dudó en ponerse a nuestra disposición para encontrarnos «pussys», si eso es lo que queríamos. «Me encantan los pussys», repetía. Compartiendo plenamente la afirmación, acabamos por declinar su amable ofrecimiento y nos fuimos a dormir.

Perdimos el tren de las ocho de la mañana por no haber cambiado el reloj (en España es un hora más) y decidimos ir a Vama Vechia en bus. Había que pasar antes por Magalia. Allí hicimos el cambio de autobús y bromeamos con un chavea gitano llamado David (con acento en la primera sílaba). Un sabio de nueve años que fumaba «como un carretero».

Vama Vechia tiene suficiente encanto como para exportarlo en botes de litro. Sin embargo, el verano estaba acabado y las luces del teatro apunto de apagarse. Entablamos conversación con un par de hippis rumano-franceses bastante deteriorados  por la vida del hippi que, al contrario de lo que dicen, ni es fácil, ni sana.

Más tarde conocimos a un pintor personaje con el que nos entendimos en francés. Según nos dijo su mujer en un momento en que el no estaba presente, era el pintor número uno de su ciudad (Konoland, ilegible en el original) y dirigía una escuela de bellas artes. También debía de ser muy conocido por las carreras que se pegaba por la playa a sus sesenta años que solían acabar con repetidos golpes «a lo karateka» mientras se empeñaba en que por favor le grabaramos.

Comimos un pescado asado y una sopa típica rumana que, sin estar mal, ni de lejos suponía esa cima culinaria que nos decían el pintor y su esposa y menos para gente de mar como Manu y yo que tenemos la suerte de comer buen pescado todo el año. El muchacho cocinaba el pescado según lo cogía del mar. El restaurante hippi, hasta hace poco «petado», estaba ahora al mínimo de funcionamiento y, seguramente en pocos días, cerraría. El chaval que llevaba “palante” el cotarro (el jefe andaba borracho dando vueltas) nos recomendó seguir el camino de la playa hasta el pueblo de al lado (2 de mayo). Llegamos a tiempo para coger el autobús para Bucovina y sus monasterios.

Aquí comienza la odisea de los autobuses. De lo primero de lo que nos damos cuenta es de que aquí el tren no vale para nada y las pocas conexiones que hay por esta vía nunca nos cuadran. Siguiendo los consejos de nuestro amigo el pintor decidimos ver cuanto antes ese paraíso de naturaleza y arte vecino a Suaceva. Para llegar allí cogimos un autobús (8 horas) que nos dejó cerca de dicha localidad. Desde ella teóricamente se podía ir a los monasterios. La noche la pasamos en la sala de espera de la estación pasando tela de frío. Siendo todavía de noche nos pusimos en marcha. Hubo dos bajas; el libro de Bukowski y mi móvil se quedaron allí.

Ya amaneciendo cogimos un par de taxis hasta Suaceva y disfrutamos del comienzo de los maravillosos paisajes que descubriríamos a lo largo del día. Las carreteras casi vacías, los caminos atestados con carretas medievales guiadas por caballos. Una vuelta atrás en el tiempo.

En Suceava la liamos en el autobús de línea pues no entendíamos ni a donde íbamos ni cuanto costaba el billete. La gente nos miraba como extraterretres y había un grupo de colegiales muy bien uniformados que no nos quitaba ojo. Un par de ellos que parecían especialmente interesados nos indicaron hasta donde ir así como lo que debíamos hacer para visitar los monasterios que se encontraban en la mayoría e los casos fuera de la ciudad.

Después de la terrible noche que habíamos pasado estábamos reventados. Los muchachos muy amables,  antes de ir al colegio, se prestaron a acompañarnos hasta el monasterio de San Juan uno de los más importantes de la ciudad. Allí nos sentamos a escuchar una misa ortodoxa y Manu se quedó dormido. Me pareció divertido dejarlo allí traspuesto y me fui por mi cuenta a visitar el monasterio que aún siendo interesante palidecería el lado de los que veríamos a continuación.

En la estación de autobús cogimos uno de nuestros primeros minibuses, el principal medio de transporte en Rumanía. Los monasterios se encuentran por habitualmente enclavados en una fortaleza de piedra. El primero que visitamos fue el de Sucevita. Para un ignorante en arte como yo fue un auténtico espectáculo. Los colores de la fachada eran realmente llamativos y las pinturas se conservaban en un buen estado para tener cinco o seis siglos de antigüedad.

Dicen que el Partenón también estaba coloreado en su época. Sweet siempre se ríe de mi porque todo lo que tiene colores me llama la atención. Es curioso, a veces tengo la sensación de que los colores han perdido intensidad para mí con el paso de los años. En ese instante estuvieron más vivos que nunca.

Una de las cosas que comprendes cuando experimentas con drogas alucinógenas es lo diferente que puede ser la percepción de una misma cosa. Los sentidos tienen un poder casi ilimitado y en la vida cotidiana funcionan a un mínimo de su potencial. De alguna forma una vez que abres las puertas de la percepción es difícil no querer volver a aquel lugar mágico en que habitaste un día y siempre arrastras una pequeña frustración por estar tan limitado en tu cotidiano a nivel sensorial.

En cierto sentido, en el día a día somos como mongoloides que sólo miran con los ojos de la supervivencia. Perdemos la perspectiva de lo importante a cada rato pues necesitamos sobrevivir. El ser humano necesita actuar y las drogas anulan cualquier deseo y capacidad de actuar. Puedes comprender muchas cosas y reflexionar con más claridad que nunca, puedes ver detalles de las pequeñas cosas que nunca habrías imaginado que estaban allí, mirar las cosas con otros ojos y, sin embargo, serás incapaz de hacerte el nudo de los zapatos.

El interior del monasterio está también pintado por todas partes. Las paredes están cubiertas por retratos históricos y mitológicos intrincados con la tradición ortodoxa que predomina en la zona. A la salida del monasterio y tras haber cogido varios minibuses para llegar al primero de los monasterios (el más turístico) nos dimos cuenta de lo difícil que resultaría visitar la zona sin coche.

En mitad de ninguna parte, no había posibilidad de coger medio de transporte alguno en ninguna dirección. Nos decidimos por el autostop. Por increíble que parezca en menos de 10 minutos nos recogió un camionero y nos montamos en la cabina con él. Nunca habíamos montado en camión y la verdad es que te sientes poderoso en una máquina tan impresionante.

Adentrándonos en las montañas de Bucovina, la frondosidad de los bosques iba aumentando. No nos cruzamos con ningún vehículo durante los 40 minutos que estuvimos subiendo el puerto de montaña. Los paisajes nos impactaron por su belleza y cuando llegamos arriba pudimos disfrutar de unas vistas increíbles de toda la cordillera.

Ya en el monasterio de Moldovita, nos bajamos del camión y recorrimos los escasos metros que nos separaban del monasterio. Para entrar debes pagar unos pocos Lehs. El responsable de cobrar no estaba ni a la entrada ni a la salida.

Nos tomamos una birra en el bar del pueblo. La cerveza se llamaba Bucovina y no estaba mal. En general la cerveza es bastante bebible por estos lares aunque ni mucho menos alcanza la excelencia. Allí tampoco había transporte alguno. Pensamos en subirnos a alguna carreta de caballos e hicimos autostop infructuosamente durante 30 minutos.

Finalmente pasó un minibús que aunque iba a otra parte nos podía acercar varios kms. Nos dejó en otra intersección y casi empalmamos con otro minibús dirección a la ciudad más cercana al monasterio de Varonet (éste estaba a 5 kms de allí). Nos acercaron tras primero hacer autostop en taxi hasta el siguiente monasterio. Se parecía a los anteriores aunque tenía los frescos bastantes dañados. Eso sí, lo que quedaba era impresionante.

En los alrededores del monasterio había un pueblo granjero bastante interesante y nos dedicamos a pasearnos entre gallinas y pollos. Todo el mundo, sin excepción, nos saludaba. Decidimos seguir camino andando los 5kms hasta el pueblo e incluso paramos a tomar una cerveza q en mi caso, y sin yo saberlo, iba con limón.

Intentamos comprar víveres en el supermercado-bar en el que estábamos ero no vimos nada apetecible más allá de unos palitos salados y unas papas. La gastronomía en esta zona no era su punto fuerte hasta el punto de que nuestra alimentación estaba tocando fondo y apenas habíamos comido nada en los dos últimos días. Casi sin pretenderlo, un leve gesto de mano y ya estábamos otra vez haciendo autostop hasta el pueblo. La pareja de hombres maduros que nos recogió consiguió comprender que íbamos e vuelta hasta Suceava por lo que nos pararon cerca de un vehículo comunitario que iba en esa dirección.

Aquella zona era por igual caótica y barata en cuanto a los medios de transporte se refiere. Una hora más tarde estábamos en Suceava e intentábamos salir del país del país. Los cajeros de las estaciones no hablaban nada de inglés y estaban entrenados para comportarse como unos auténticos gilipollas. No entendían lo que queríamos y pensamos seriamente en pasar la noche allí.

No sé muy bien como nos las apañamos para que nos llevaran a la otra parte de la ciudad en busca de trenes. Allí verificamos la hipótesis que teníamos de que los trenes no valían para nada siempre que los necesitabas en Rumanía. Sin embargo, como tiendo a agarrarme a un clavo ardiendo no nos resistimos a preguntar a diferentes taxistas.

Acabamos llegando a uno que se defendía en inglés y tras meditar sobre diferentes rutas decidimos ir hacia la frontera moldava. Para ello, la única solución viable era ir a la ciudad fronteriza de Iasa. La ciudad estaba a tomar por culo pero conseguimos regatear hasta conseguir un precio razonable de unos 12 euros.

Con el tiempo acabamos por comprender que ese era un precio imposible y nunca acabamos de entender como lo conseguimos (tal vez el taxista iba a dormir allí). Es verdad que a mitad de camino recogimos a un colega suyo y que acabó retirando las placas identificativas del taxi cuando nos acercamos a la ciudad.

Una vez allí, el problema era cruzar la frontera. Nos las vimos negras pues los taxistas no tenían el coche a su nombre y no la podían cruzar. Tras arduas negociaciones a las que varios taxistas asistían divertidos, cuando estábamos a punto de perder toda esperanza y había pasado la media noche, un taxista nos recogió y nos dijo algo con gestos. A pesar de que temimos que nos sacara la pasta a ostias y nos dejara tirados, aceptamos su oferta.

Nos llevó a una estación perdida donde nos acercó a un cartel que decía que había un autobús a Chisinau (capital de Moldavia) a las 00.55. Aunque no entendíamos ni «papa» llegamos a la conclusión de que dicho autobús pasaría por la frontera y tal vez podríamos subir a él. Nos tiramos al río y el taxista nos llevó a un sitio llamado Enguland (no claro en el original) próximo a la frontera. Allí el taxista se puso hablar con la pasma de la frontera y luego salió un tipo enchaquetado.

Estábamos en la puta frontera de la UE. Nos explica el enchaquetado en tono chulesco y mafioso que pasaban autobuses cada cierto tiempo y posiblemente alguno antes de las tres e la mañana. La cosa tenía pinta rara porque no había ninguna parada. Le dijimos si era posible pasar la frontera andando y coger el bus al otro lado. No era posible, hacía falta vehículo.

Discutimos con el enchaquetado de varias cuestiones sobretodo porque no acababa de entender porque cojones queríamos ir a Moldavia, según sus palabras, nido de ladrones, con nada que hacer, ni ver. ¡Stay in Rumania!, nos insiste.

Luego vuelve con la matraca de que aquello es muy peligroso, que nos van a robar, sino algo peor. Dice que estamos locos, que allí no va nadie, que no hay montañas, ni lagos, ni ciudades ¡nada! se nota que odia aquello y lo menosprecia. Nos quedamos solos, pagamos al taxista que se va, también el enchaquetado.

El policía nos dice que retrocedamos que estamos demasiado cerca de la línea fronteriza. Intentamos que alguien nos pase con su coche. No sabemos que hacer. Veinte minutos más tarde, a la una de la mañana como nos había dicho el taxista (que por cierto intentó sobornar al policía sin conseguirlo, pues había una cámara) pasó el autobús que fue parado por el mismo policía. Nos lanzamos dentro y pagamos cinco euros por cabeza, luego fronteras y más fronteras.

 

MOLDAVIA

 

Tras la frontera de Rumanía y de la UE, cruzamos la frontera de Moldavia. Pese a nuestro estado de semiconsciencia el radar detectó que había unas tipas impresionantes en el bus. Un par de ellas con seguridad eran modelos.

A esas alturas estábamos “hasta la polla” de controles pero sobre todo exhaustos físicamente. Nos despertamos del coma ya en Chisinau. Bueno, más bien nos levantó a empujones un gorila no identificado pues éramos los únicos que quedábamos en el autobús.

Al salir me quedé petrificado por lo tenebroso del sitio. Eran las cuatro de la mañana y aquello era inhabitable, desolador e inhóspito. Hacía un frío de cojones. Cómo terrícolas llegados a la luna andamos con paso lento por las calles anexas a la estación. Un coche patrulla de la época soviética se movía “a sus anchas” dueño y señor de la ciudad.

Comenzaba a atisbarse movimiento en el mercado central. Los campesinos llegaban con sus productos que se iban colocando en sus estantes respectivos. Algunos usaban sus maleteros como mostrador. Vacas enteras despellejadas salían de los capós y se apilaban sobre los «mostradores». Las cabezas por un lado, los cuerpos por otro. Una putilla esperaba en la calle principal, sin suerte,  algún cliente.

Callejeamos y vimos alguna estatua de la época soviética. Para entonces matábamos por un café pero era imposible encontrar nada abierto.

Cuando amanecía llegamos a un cementerio y allí dormimos un buen rato. Bueno, Manu durmió y yo vigilé.  Las tumbas tenían la foto del fallecido y me impactó pasearme por allí e irles viendo, uno a uno. También recuerdo que en el monasterio de Moldovita y Voronet había cementerios. Siempre me han encantado. Cruce algunos grandes y simples, sin tumbas, solo tierra.

Mientras entreabría los ojos un desfile de chicas paseaba presignándose ante la iglesia ortodoxa que teníamos cerca. Un par de macarras aparcaron su coche a nuestro lado y permanecieron allí  mirándonos interesados. Era el momento de largarse.

Nos paseamos por las afueras de la ciudad y cotilleamos a través de las ventanas de la gente que se preparaban para irse a trabajar con sus hijos impecables luciendo sus uniformes escolares.

Luego nos metimos en una cueva del inframundo donde los parroquianos bebían vodka desde 1º horas de la mañana. El vodka entró cojonudo y nos fuimos “engustados” de vuelta al centro. La diferencia de precios con Rumanía se notaba muchísimo y si el cambio euros/leh rumano era de 1/4 con el Leh Moldavo era de 1/16.

 

TRANSNISTRIA

 

A las 11 decidimos coger el bus para Transnistria. Transnister es un caso casi único de Estado no reconocido y prácticamente desconocido. A solo una hora de camino desde Chisinau está la frontera de Moldavia con Transnistria. Curiosamente dicha frontera no existe por el lado moldavo pues este país no reconoce la independencia del otro. Existe pues solo la frontera transnistria. Era, sin duda, el punto caliente del viaje pues se cuentan historias e historias de abusos en dicha frontera fuera de todo control nacional o internacional.

Una vez allí nos achucharon para que hiciéramos las cosas rápido, enseñamos la documentación, rellenamos un formulario y pasamos. La frontera era puramente militar y solo se veían vehículos del ejército.

Lo primero que nos llamó la atención cuando llegamos a Tiraspol fue la simbología que había por todas partes. Banderas nacionales, hoces y martillos, fotos, esculturas de Lenin, Stalin y una exhibición constante de los estrechos lazos que unen este país («independiente» desde 1991) con Rusia. Tanques por la calle y toda clase de fetiches de la antigua URSS.

Nos movimos cómodamente por la ciudad. Al contrario de lo que habíamos leído reinaba un aparente aire de libertad que el esplendido día contribuía a resaltar. Mucho ambiente por todas partes, la gente vestía muy bien y si fuera por las apariencias uno diría que los habitantes vivían mejor que en cualquier otra parte del país. Coches buenos, la ciudad muy cuidada.

Nadie hablaba una palabra de inglés que parecía una lengua proscrita. Perfectamente aislada el resto del mundo esto parecía no importar. La utopía comunista hecha realidad. Rascando la superficie y visitando los barrios de Tiraspol te dabas cuenta de que apenas había comercios, solo casas y grandes jardines. Los edificios tufaban a época soviética, se caían a pedazos y las viviendas se encontraban en un estado lamentable.

Un contraste incomprensible parecía ocultar algo. Nadie quería hablar con los extranjeros, como si estuviera prohibido. Aunque encontramos dos o tres excepciones la mayoría apenas nos miraba. En ningún momento nos sentimos observados, tampoco ayudados, ni acogidos, era, simplemente, como si no existiéramos.

Nadie parecía ejercer la mendicidad. Sólo una vez, apareció un mendigo que tras pedirnos un cigarro, poco tiempo después regresó agitado para decirnos que no pasaba nada, que no lo quería, que muchas gracias de todas formas.

La policía un poco por todas partes, tampoco conseguía hacer el ambiente del todo opresivo. Cerca el Soviet Supremo (parlamento transnistrio) si que se notaba un mayor control pero nada realmente fuera de lo común. Vimos un par de movimientos sospechosos ante nuestra presencia pero en ningún momento tuvimos pruebas de que fuera más allá de nuestra propia paranoia.

Estuvimos en escuelas de la zona y parecía que no estaban nada mal. Todo lo público parecía funcionar adecuadamente.

Entramos en un edificio de viviendas y nos topamos con un militar. Nos hicimos los tontos y seguimos. El mercado parecía bien provisto. El día se nos pasa debatiendo sobre lo que estábamos viendo. Tomamos cerveza en un lugar donde parecían reunirse los mandamases y la gente de pasta de allí.

Transnistria es el agujero de Europa y se dice que el tráfico de armas y negocios sucios es la explicación y fundamento que mantiene vivo al país. Un país de mafiosos de apariencia prospera ¿interesa que sea así? Los rusos siguen manteniendo su 14º ejército aquí y son los más beneficiados por el vacío legal existente pues por todos es conocido que el presidente Smirnov es un títere de Putin.

Los niños pequeños contribuyen a la causa vendiendo por las calles libretas del Ché y periódicos revolucionarios, en tanto sus dirigentes derrochan en todo tipo de lujos y hacen apología del capital. Capitalismo  escondido bajo apariencia de Comunismo. La gente libre para comprar y consumir. Una sociedad alienada, como todas, que combina lo incombinable.

Y entonces nos fuimos. Minibús para Ucrania (Odessa). Los minibús paraban a unos 200 metros de la frontera de Transnistria. Tenías que pasar andando y entonces, cuando ya nos veíamos libres de peligro, nos llamó un policía fronterizo transnistrio que empezó a bromear de una forma que hacía presagiar que algo malo iba a suceder. Primero nos dijo que había problemas con el visado y que, o le hacíamos un regalo o que no íbamos a pasar. Aunque nunca sentimos una amenaza física si que pensamos que nos iban a echar para atrás.

Nos arrastramos por el “fango” sonrientes y sumisos ante nuestro coleguita mafioso. Un «give me the money or I will check your shoes» despejó cualquier mínima duda que pudiéramos tener sobre la necesidad de cooperar. Afortunadamente no nos revisó los zapatos pues, efectivamente, llevamos algo de pasta ahí.

 

UCRANIA

 

Salimos andando dirección a la frontera ucraniana con paso firme. Allí comenzamos de nuevo el rollo pasaporte-papelito-preguntas que parecía nunca acabar. Daba la impresión de que nunca hubieran visto a un español pasar por allí.

Al pasar no había donde cambiar a Wrizlas y en una habitación, un hombre, que al parecer hacía eso como forma de ganarse la vida nos cambio, obviamente, a un cambio abusivo.

Esperamos que el conductor de minibús terminara su partida de cartas y salimos para Odessa. Llegamos al anochecer. Nos acercaron a un taxi y de allí fuimos al centro de la ciudad.

Nos alojamos en casa de una señora mayor que competía en la puerta de la estación de trenes con otra multitud para alojar a los escasos potenciales turistas. Diez euros habitación doble.

La experiencia de permanecer en la casa de una familia ucraniana fue muy positiva. Su casa no estaba lejos del centro pero para volver a ella tenías que acceder el fondo de un callejón de lo más tétrico.

La ducha era de lo más cachondo pues había una ventana que la comunicaba con la cocina. La señora te veía enjabonarte la parte de arriba del cuerpo y te hablaba mientras lo hacías. Incluso te hacía comentarios sobre la marcha del tipo de donde estaba el jabón o que no dejaras tu ropa interior donde lo habías hecho. Su hijo de incipiente bigotillo también colaboraba en lo que fuera necesario. Cuando intuían que ibas a terminar de ducharte, la mujer salía de la cocina y te permitía secarte tranquilamente en la misma. El baño era demasiado pequeño.

Salimos a dar una vuelta y acertamos plenamente con el papeo. Un lugar agradable y originalmente decorado con objetos muy simples dispuestos de manera un poco diferente. Ternera Strogonoff y carnes combinadas para cenar.

Hicimos un amago de entrar en una disco pero nos lo impidieron. Nuestro aspecto no ayudó. En Ucrania hacen el llamado face control o control de caras, para permitir o denegar el acceso. Joder!!, no sabía que era tan feo!! En fin, a nosotros nos dijeron sin más que era un club privado, espero que fuera así.

Nos fuimos a dormir sobre la media noche y a las cuatro teníamos que estar en pie para coger el Bus a Kiev. Al final salimos treinta minutos más tarde de lo previsto.

Dormir, dormir y dormir. Música ucraniana tradicional de fondo y luego más música y un poquito más por si acaso. Cuando estaba a punto de volverme loco conseguí evadirme mirando por la ventanilla del minibús la serena estepa que lo monopolizaba todo. Una larga carretera sin curvas. Una línea recta trazada entre Odessa y Kiev.

Buen tiempo. Sin nubes. Seguíamos en manga corta y casi era octubre. Otra vez sensación de caos ante la enormidad de la ciudad, como ya nos ocurrió en Odessa. La gente muy fría. No se molestaba lo más mínimo en ayudarte. Los hombres ucranianos casi te escupían cuando les hablabas.

Con las chicas teníamos mejor suerte aunque dependía del caso. Un par de sonrisas me alegraron la mañana y varios cuerpos de escándalo perturbaron mi espíritu. En pocos países hay mujeres tan bellas como en Ucrania. El pabellón femenino lo habían dejado muy alto las rumanas y las moldavas pero las ucranianas eran insuperables.

Con más pena que gloria nos fuimos acercando al centro histórico y a su legendaria plaza de Maidan, símbolo de la llamada revolución naranja. Tuvimos un problema en el metro pues la máquina pedía billetes de dos y nosotros solo teníamos de uno. Nadie quiso ayudarnos con el cambio. Algunos hacían como que no te veían, otros te contestaban de malas maneras y los menos decían simplemente que no tenían. Inglés, muy poco.

Estuvimos recogiendo información sobre Kiev y Chernobil de cara a una posible visita. La jodimos, no había excursiones para el día siguiente y el sábado ya era tarde para nosotros. A pesar de las dudas sobre visitar Chernobil una cosa era decidir no hacerlo y otra bien distinta no poder hacerlo. Le dimos mil vueltas pero el imponderable del tiempo cerraba cualquier opción al respecto. La decepción nos duró un par de horas.

En la plaza de la independencia y con la dirección de varios albergues en la mano, indicamos a un taxista que nos llevara a uno de ellos. El taxista nos montó, arrancó el motor, dio la vuelta a la manzana haciendo un par de giros extraños y nos dejó a quince escasos metros de donde nos había cogido. El albergue estaba justo allí y había intentado desorientarnos para cobrarnos la carrera. Lo mandamos a tomar por culo y el nos hizo varios cortes de manga mientras gritaba ¡go out Ukraine!

Al menos nos sirvió para encontrar el albergue. El albergue estaba montado en un piso muy céntrico que el dueño había adaptado como negocio. Par de habitaciones, un baño, una cocina, un salón..Bueno, bonito, barato y céntrico. Todo un acierto.

Rápidamente hicimos buenas migas con un negro ucraniano americano. Era un caso particular pues había nacido en Ucrania cuando sus padres estudiaban aquí por lo que hablaba ucraniano como un nativo tan sólo con un leve acento. Había obtenido la nacionalidad americana hace cinco años. Estudiaba aquí pues era la manera más fácil de llegar a ejercer la medicina en la consulta de su padre en Nueva Orleans. Antes había vivido en Filadelfia.

Fue interesante hablar con él de sus experiencias en este país. Como ucraniano y como negro. Calificaba en general a los ucranianos de tremendamente antipáticos y racistas hasta el punto de que había renunciado por completo a mantener cualquier tipo de amistad con los hombres allí. Sólo se relacionaba con mujeres de las cuales hablaba sin cesar.

Nos estuvo hablando sobre diversos clubes en Kiev. Según cabía concluir las relaciones que mantenía se basaban sobre todo en el tema económico. Las chicas no tenían dinero para absolutamente nada y según él se arrimaban siempre al sol que más calentaba. Él, al parecer, tenía bastante pasta pues se la mandaban periódicamente sus padres así que, en consecuencia, follaba bastante. Nos llevó a un par de sitios horribles para comer y  beber cerveza.

Más por compromiso que por placer regresamos al hostal a recoger a otro chico inglés con el que habíamos quedado para salir. Este otro chico hacía unas prácticas de doctorado en Chernobyl y como buen inglés cultivado que habla con no nativos, mostraba una actitud un tanto condescendiente que se sustentaba en su superioridad lingüística. Aún así resultó muy interesante estar en su compañía y aunque solo estuvimos un par de horas con él, fue una suerte encontrarle.

El americano-ucraniano por su parte, más allá de su coyuntura y circunstancias particulares, era un tipo sin demasiadas aristas. Juerguista vacuo y sin inquietudes, se veía a la legua que salía para no pensar, bebía para no pensar, follaba para no pensar…en fin, vivía evadiéndose de la vida, un poco como hacemos todos los demás.

A las cinco de la mañana Manu estaba tan profundamente dormido que tardamos casi un minuto en despertarle. Llegado a este punto del viaje padecíamos de narcolepsia. El cansancio era tal que podías quedarte dormido en cualquier momento, sin previo aviso. Era una puta locura constante y siempre te acompañaba una desorientación espacio-temporal crónica que de alguna manera lo hacía todo más interesante. En movimiento, siempre en movimiento.

FIN

 

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