La Sierra Nevada mochilero en Sierra Nevada. Colombia
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Santa Marta, Palomino, Tayrona y playas del Caribe colombiano: La Sierra Nevada

En Colombia los autobuses no paraban, había que subirse en marcha. Y ya dentro siempre había un loco haciendo un espectáculo o peor, intentando venderte algo.

Al café cortado le decían perico y al solo, tinto.

Basura en la playa de Santa Marta. No había mosquitos. Buscaba marihuana a la una de la mañana. Mi barba crecía.

Llegamos a Taganga. Allí, finalmente, me vendieron una marihuana excelente. También me hicieron un regalo. El regalo se llamaba Calisto.

Calisto era un salvaje que vivía en un pueblo costero llamado Palomino. Era un tipo que se había criado en la Sierra Nevada. Vivió 20 años con la tribu kogui. Por eso tenía fuertes lazos con esta comunidad. De hecho, algunos de los indígenas que iban a Palomino utilizaban su casa cuando bajaban de la selva para hacer algún trueque. Aunque lo parezca, las palabras indigente e indígena no tienen raíces comunes.

La comunidad kogui habita en las orillas del río Palomino, en la vertiente norte de la Sierra Nevada. Es una etnia con idioma propio, espiritual y misteriosa que se dedica básicamente a la agricultura y el trueque. Su indumentaria resulta inolvidable; túnica blanca impoluta, pelo largo, botas de agua, cinturón con machete, bolso con asas, pulseras coloreadas y medias altas. Los kogui llevan siempre el toporo, una especie de vasija, en la que mezclan cal y hojas de coca. Sus dientes negros de mascar tanto tabaco. Están emparentados con los indios Tayrona, muchos de los cuales desaparecieron tras la colonización española. En Sierra Nevada también hay otras etnias como los malayos o los asarios. Todos ellos son pueblos de montaña en oposición a los Wayus o a los Guajiros, gente del desierto.

Los Kogui son muy bajitos y tienen rasgos profundamente indígenas. El español no lo hablan apenas, ni siquiera los niños. Son tímidos y huidizos aunque muy curiosos. Alguno que otro guarda contacto con el exterior y baja a comerciar a Palomino donde incluso tienen un edificio ceremonial.

Cuando llegamos a Palomino me dio por preguntar por el tal Calisto. No es que esperáramos encontrarle. Aun así, le encontramos.

Un trecho de marcha y la civilización parecía haber desaparecido. El primer pueblo que te encontrabas apenas a una hora de caminata desde Palomino se llamaba Seviacu. La noche la hicimos en Casacunaque en la casa de unos kogui que tenían siete u ocho hijos. Cruzamos miles de ríos y nos bañamos en todos ellos.

Nadie se acordaba de mí porque estaba muerto. Un tiempo infinito que se acaba.

A la Sierra, que era selva, me fui en sandalias. Es lo que te recomendaría que hicieras tú también. Me lo dijo Calisto. No hay botas que aguanten la Sierra Nevada. Barro por todas partes. Los insectos te picarán igual.

Tras el segundo día de marcha llegamos a otro pueblo cerca de un hermoso y caudaloso río. Nos bañamos desnudos en la naturaleza más intocada. No podíamos creer que existiera un lugar así. El joven que nos hizo el regalo en Taganga ya nos lo había avisado «Calisto os llevará donde no va nadie». Una aldea de cincuenta casas plena de vida en mitad de la Sierra. Todos koguis con su ropa tradicional. Ni se nos ocurrió hacer una foto.

Seguimos subiendo.

La sobrina de Calisto era su amante. Nos costó descubrirlo.

Al atardecer llegamos al corazón de la Sierra Nevada. La ciudad perdida no le importaba a nadie ahora que habíamos descubierto un mundo perdido. Un pequeñajo monito de melena indomable nos llevó a bañarnos a un laguito escondido. ¡Quién pudiera moverse en la selva como ese pequeño de siete años! Cenamos una apestosa carne seca y arroz. La noche la pasamos juntos la numerosa familia arahuca, sus decenas de hijos y nosotros en una choza de apenas diez metros cuadrados.

Cuando amaneció sudamos tinta para llegar a la impresionante cascada. Los insectos se habían cebado conmigo. Me había convertido, todo yo, en una enorme pústula sangrante. Tras cuatro días por la montaña era el momento de volver a Palomino. Palomino tenía una espectacular playa. No se nos ocurría mejor sitio para sanar nuestras heridas. Dormimos un par de noches en la casa de Calisto junto a algún kogui despistado que pasaba la noche allí.

Pensé que no me encontraba con fuerzas para cruzar a Venezuela y menos con la que había liada por aquellos lares. Picor en mis piernas y en mi cerebro. Tenía que reconstruirme. La pulsera que me dieron los Jalca en Bolivia me oprimía. Nada se borraba. El mundo a mis pies. Divagaciones de madrugada. Necesitaba un plan. Un plan para no volverme loco. Leería a Hegel, pensé.

Humedad y un ventilador de techo.

La noche siguiente tuvo lugar el diluvio universal en Palomino. En menos de una hora de chaparrón las calles se habían vuelto a convertir en auténticos ríos. Nos refugiamos bajo techo por unos minutos que se convirtieron en una hora. Una familia uruguaya nos invitó a entrar en su negocio mientras esperábamos a que todo acabara. Uno hora después seguía lloviendo como si no hubiera mañana.

Aprovechando que parecía que la intensidad de la lluvia había bajado comenzamos a subir por los canales de Venecia donde el agua nos llegaba por la cintura. Sweet empezaba a ponerse nerviosa. Yo avanzaba más rápido que ella que permanecía a una veintena de metros, por detrás. De repente, la perdí de vista. Nos tendríamos que haber quedado donde estábamos, pensé. La noche era oscura. De repente cayó un poste de la luz.Y si Sweet no podía aguantar la fuerza de la corriente…empecé a preocuparme. De repente, apareció Sweet a lo lejos completamente enajenada. Estaba enfadada conmigo por haberme alejado tanto. Al parecer cuando había caído el poste de luz un señor la había tenido que ayudar a salir por miedo a que se electrocutara. La corriente se había llevado sus chanclas y estaba completamente empapada. Se confirmaba, era el peor novio del mundo.

Esa noche pensé que no quería volver pero que tampoco quería estar allí. Ese era mi drama. El tiempo pasaba a pesar de todo. Más cuadernos manchados de tinta. Ojala pudiera apagar mi cerebro a voluntad. Tres errores que aún no confesaré. Autodestrucción, tormento y falta de conciencia de la propia mortalidad. Me gustaría comprender pero no comprendo. ¿A ti te pasa también?

Y sorprendentemente amanece.  Y descubro que solo hay una cosa que puedo hacer, aunque solo sea para vomitar después. Millones de ideas desbordaban mi subconsciente mientras yo me conformaba con aparentar que nada ocurría. Mi barba seguía creciendo.

El pueblo de indígenas arahucas cercano a Perico se llamaba Katansama. Allí escapé a una playa desierta del caribe colombiano donde apartada de todo vivía una comunidad indígena. Unos indígenas que hacían honor al dicho de hablar «como los indios» de las películas de cowboys.

Sentía que tenía que quitarme algo de encima, algo que olía mal, para poder pasar página. Necesitaba a Sweet a mi lado, pero ya no estaba. Me percibía pequeño e insignificante. Incapaz de dar un paso. Dormido plácidamente en el infierno. Todo había perdido su sentido con la partida de Sweet. Estaba inmerso en un camino sin retorno con dirección y final conocido. Se me había dormido la pierna izquierda. Al menos apenas sentía las picaduras de mosquito que en este punto ya me deformaban por completo la misma. Lo que escribía era mierda, pura mierda. Escribía por escribir, como un autómata. Temía a la vida. Era incapaz de afrontarla, me negaba a sufrir y si vivía, sufría.

Pero entonces me acordé de que acababa de llegar a una increíble playa del caribe donde posiblemente nunca antes hubiera llegado un hombre blanco. Miré a mi alrededor y vi un lago rodeado por selva y a menos de 200 metros un mar tricolor (marrón, verde y azul) que se perdía en el horizonte. Me di cuenta de que estaba haciendo noche en el patio de una escuela de los niños arahucas, ahora cerrada por vacaciones. Y no pude dejar de iluminar mi semblante cuando un niño curioso escondido comenzó a mirarme intrigado como diciendo… ¿Quién será ese barbudo?

Estaba claro que nada de lo que escribía tenía el menor sentido. Sin embargo no sabía que haría si paraba de escribir. Por entonces era una forma como otra cualquiera de mantener mi mente en blanco.

La autoridad de la tribu arahuca  de Katansama, tras mirar el cielo, me dijo que esa noche no llovería y así fue. Luego me contó, cuando atardecía, que junto a otros cinco o seis líderes tribales, a iniciativa del gobierno colombiano, le habían convocado a una reunión de chamanes de todo el mundo, primero en París y luego en Madrid. No le asustó el avión, me dijo. El cielo era diferente que en Colombia, afirmó.

Katansama no son más de treinta o cuarenta chozas donde viven el mismo número de familias, a media hora escasa de marcha desde Perico Aguado. Las mujeres y los niños se reúnen en la desembocadura del río donde está construida la escuela. La mañana siguiente me relajé en la playa y estuve charlando con un muchacho arahuca que trabajaba en labores de seguridad para la comunidad. Su familia era de Crespo. Entre sus funciones estaba la de cuidar la cárcel del pueblo donde encerraban a los delincuentes. Ahora habia uno encerrado durante un mes por haber preñado a una muchacha. Si los incidentes eran mayores ya debía intervenir el cabildo. El guardián de Katansama me invitó a visitar al reo.

En mi última etapa viajera estaba llegando a lugares impensables para mi cuando comencé a viajar hace más de veinte años. La experiencia era un grado. El esfuerzo siempre valió la pena por mucho que hasta yo a veces lo dudara. Viajar, ahora comprendía, no podía hacerlo cualquiera.Todo viajero se ha preguntado alguna vez eso de que hago yo aquí. Sin embargo, cuando la pregunta comienza a ser recurrente tal vez sea que ha llegado el momento de reflexionar. Cuanto más has viajado más inaccesibles, remotos y peligrosos se vuelven tus objetos de deseo. Siento que el acopio de energías que hice antes de partir empieza a agotarse.

Mi única experiencia negativa como viajero solitario tuvo lugar en Turquía. Me quedó claro que era imposible viajar contra uno mismo. Sin un estado de ánimo óptimo, sin un deseo irresistible de estar donde estás el viaje en solitario puede volverse una cárcel. El sentido de mi vida lo encontré en Sweet, no quiero olvidarme de eso, en viajar y en escribir también. Romper mis propios límites, conocer otra gente y encontrar un puñado de respuestas. Sin embargo, puede que que este modo de vida se haya estancado y yo con él. Es curioso como el final de la vida tiende a ser más triste que sus comienzos. Como en una mala película en la que falla la trama.

Tengo heridas, arañazos y cicatrices por todo el cuerpo tras casi cuatro meses viajando. ¿No se dan cuenta estos indígenas de que cuando alguien llega hasta aquí es porque está huyendo de la vida?

No hay sitio a donde ir.

Puroy se llama la sirena del lago wayú. A los abogados, como yo, los wayú les llaman palabreros. Al Chamán le dicen Abachi.

De Perico Aguado cogí un bus hasta el cruce con Mayapo, apenas media hora escasa después de Río Hacha. Allí, un coche nos llevo a un grupo de wayus y a mi hasta el centro del pueblo a tan solo quince minutos a pie de la playa de Mayapo.

La playa de Mayapo es una playa tranquila para locales y algún guiri despistado. Está algo sucia aunque no demasiado porque, como digo, va poca gente. En la playa hay algunas estructuras de madera y muchas barquitas de pescadores. Pedí acampar en las cercanías de uno de los escasos chiringos y me compremetí a comer su delicioso pescado a modo de alquiler del solar. Así fije mi campo base para la próxima semana.

La vida en Mayapo se planteaba sencilla. Leer, escribir, nadar y fumar porros. Sin horarios, sin reglas, sin planes. Más allá de los tres o cuatro chiringuitos que abrían para los pocos bañistas, no había nada. Salvo el paraíso. A tan solo diez minutos a pie se abría ante ti una infinita playa virgen. Al principio volvió a mi esa desagradable sensación de inmensidad temporal y de vacío. Poco a poco, un mar y un sol terapéuticos me hicieron entrar en la onda y disfrutar cada minuto que pasé allí. Los minutos se convirtieron en horas, las horas en días y así, día tras día, pasé una semana como un Robinson Crusoe cualquiera en la playa de Mayapo. Y entonces, solo entonces, volví a desear que el tiempo se detuviera.

En Mayapo acabé haciendo amistad con la mayoría de meseros. Conocí a muchos wayus y me convertí en el amo de una manada de perros divertidísimos que vivían en la playa.

Rambo era su líder natural, por edad y por malas pulgas. Era un macho dominante al que, si acariciabas la cabeza, se quedaba muy quieto como si entrara en trance. A veces se peleaba con otros machos si se acercaban mucho a mí. Siempre quería estar a mi lado.

Amelie era la madre de la familia. Una madre con tres cachorritos diferentes que sacar adelante. Uno gordito y trasto que se llamaba Rayo, otra una princesa negrita tipo Chipi que pecaba de empalagosa, el tercero un rebelde cachorrito blanco y negro que me tenía miedo y jugaba con los otros cachorros como si fuera el fin del mundo. Mayapita era una hembra joven que no paraba quieta y siempre estaba ansiosa buscando comida. Bilbo y Timbo eran los machos sumisos y faltos de cariño a los que Rambo ponía firmes. También rondaba la playa un perro esquivo y esquelético al que probablemente hubieran maltratado y una perra mayor que tenía problemas graves de bronquios.

En Mayapo no sólo los perros luchaban por la comida. Los niños esperaban ansiosos que un turista dejara su plato de pescado a medio terminar para hincarle el diente. Lo mejor que hice en mis cinco meses por latinoamérica fue jugar al ahorcado y al futbol con aquellos niños en la playa de Mayapo y compartir mi pescado. Me seguía costando ver sufrir a los niños y a los perros, en eso no había cambiado. Me encantaba jugar con ellos y verlos disfrutar.

Los meseros del chiringo donde me dejaron acampar merecen un recordatorio especial. La loca venezolana, el bromista porreta, el niño huérfano que trabajaba a destajo, los negros obesos hijos de la dueña, el venezolano curioso y su bella hermanita. Con todos ellos formé una familia durante una semana en la que jugué a ser un naufrago en la playa de Mayapo.

Recuerdo que una de las noches vinieron tres de los niños que paseaban por allí muy apenados, casi hundidos. Al parecer, me contaba compungido el más pequeño, su hermano mayor lo había dejado solo y no tenía forma de volver a su casa. Me pedía que le ayudara a volver a casa y me decía que para ello solo necesitaba una moneda. Estaba claro que el enano y sus dos compinches me montaron un teatrillo de lo más creible si no fuera porque ya me conozco de sobra a estos simpáticos picaruelos.

Al día siguiente estuve bromeando de lo ocurrido con uno de los meseros que no podía contener las carcajadas. Al parecer no es raro que los niños cuenten que sus padres han muerto o que inclusp uno de ellos se haga pasar por discapacitado para dar pena a los raros turistas que llegan y así sacarles algo de pasta.

En un viaje cada día empiezas de cero. Otro cuaderno en blanco que te asusta. Nunca llegas a poder acomodarte del todo pues siempre hay un nuevo destino aguardándote. La vida cambia. Un días estás perfectamente integrado, tienes cantidad de amigos y cosas para hacer y al siguiente no te conoce nadie, eres de nuevo un paria. Entonces, llegas al Cabo de la Vela.

Me había sumergido en el desierto. Desde Mayapo partí con lágrimas en los ojos. Caminé lentamente desde la playa al pueblo acompañado del mesero venezolano y su linda hermanita. En el cruce me metí en una camioneta, mochila a cuestas y pelo al viento. Llegué a Cuatro Vías. Luego a Uribia en coche compartido. Una vez allí, en 4×4 hasta el Cabo de la Vela.

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