PORTUGAL Viaje mochilero Portugal. La ruta vicentina
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LA RUTA VICENTINA: PORTUGAL

VIAJE MOCHILERO PORTUGAL

Este relato está dedicado a una minoría. Quizá no hayan nacido aún aquellos a quienes va dirigido. ¿Cómo me voy a mezclar yo con aquellos autores a los que ya hoy se les tiene en cuenta? Solo un futuro remoto me pertenece. Hay quien nace póstumo.

Sé muy bien qué requisitos han de reunir los que me pueden entender. Solo por soportar mi austeridad y mi pasión han de ser honrados hasta la dureza respecto a las cosas del espíritu. Han de estar habituados a vivir en la cumbre de los montes, a ver bajo sus pies toda esa despreciable charlatanería de hoy relativa a la política y al egoísmo de los pueblos. Han de haberse vuelto indiferentes; no han de preguntar nunca si la verdad es útil, si puede llegar a convertirse en una fatalidad para alguien. Han de sentirse gustosamente fuertes ante problemas que hoy nadie se atreve a afrontar, valientes ante lo prohibido, predestinados a entrar en el laberinto. Han de haber experimentado la más profunda soledad; han de tener unos oídos nuevos para escuchar una música nueva, unos ojos nuevos para vislumbrar lo más lejano, una conciencia nueva para captar verdades que hasta hoy han permanecido sumidas en el silencio. Y una voluntad de ahorrar de gran estilo: concretar toda su fuerza, todo su entusiasmo, el respeto a sí mismo, el amor a sí mismo, la libertad más absoluta frente a sí mismo.

Sólo esos son mis auténticos lectores, los lectores que me están predestinados. ¿Qué me importan los demás? Los demás no son más que humanidad, y hay que superar la humanidad en fortaleza, en altura de espíritu y en desprecio.

Estaba claro que después de follar se escribía mejor. ¡ No interrumpas el proceso creativo! le grité a Sweet. Tenía la polla negra, abrasada por el sol. Las inglés rojizas, quemadas tras días de vivir «en bolas» por las playas del Algarve y el Alentejo. Chipi se rebozaba en la arena y me molestaba sin descanso mientras escribía estas líneas. Me puso su peludo culo en la boca y dejó un leve rastro de sangre en mi barriga. Todavía el celo estaba en su esplendor.

Una furgoneta como esa quería Sweet.

La diferencia entre un niño y un adolescente. Una montaña de piedras a la orilla de un río salado que es el mar en un pueblo del Alentejo.

Me gusta como escribes me dijo un día una chica que me gustaba bastante.

Chipi seguía cazando moscas. La mujer de rizos negros con vestido de gitana que se sentaba en la silla de playa a rayas finalmente decidió marcharse del río salado que era el mar.

¡Detente! ¡Cállate! le espeté sin más a Sweet y también a Chipi. ¡La maquina de pensar se ha puesto a funcionar! Mi mente, la de Dios, está trabajando sin cesar. ¡Dejad en paz al genio!

Chipi asustada comenzó a beber agua como si fuera el fin del mundo. El contacto de su lengua con el agua hacía un ruido de lo más molesto. Luego ladró muy agudo, sólo para joderme.

Mi bienestar, siempre volátil y sustentado en la mentira, se vio amenazado por un leve mono drogas que ya comenzaba a intuirse en el horizonte.

La idea era caminar durante dos semanas por el Algarve y el Alentejo. Ruta Vicentina, la llamaban.

Desde abajo, con el mar al fondo, las piernas de Sweet parecían las torres de Hércules. Era un tema de muslitos, de eso no cabía duda.

¡No le pegues con el palo que la vas a matar! gritaba una madre a su niño. Éste, con mirada sádica, seguía sin piedad embistiendo la barcaza de plástico de su amiga. Quería sangre fresca.

Anhelaba un trago de Coca Cola fría con limón. Una chavala con bañador negro y tanga exhibía tipito sobre su tabla de Paddle Surf. Para el que no lo sepa, ahora eso es lo que hace todo el mundo. Eso y llevar camisetas hawaianas. El papel de mi cuaderno comenzó a humedecerse aunque aguantaba titánico el peso de mi bolígrafo. Yo seguía sin saber liar un porro.

Sagres es un pequeño pueblo marinero que se sitúa justo en la barbilla de Portugal. Surfero, cuenta con playas eternas de arena blanca. Es el punto exacto que mantiene el equilibrio imposible entre Galicia y Andalucía, me dijo una vez Sweet.

Acampamos. Chipi volvió a llenarme de arena.

Nos dirigimos a las playas de figueira y furcas, ambas cercanas al camping de Salema y a Raposeira. Luego, nos dedicamos al ciclismo. Sagres es un paraíso ciclista.. Se pueden hacer desde rutas de un día hasta empresas aún más osadas. Dentro del primer grupo recomiendo la escapada desde Sagres pasando por Vila do Bispo hasta la playa de Cordoama. También tenemos la ruta circular que transcurre por Sagres playa do Bispo, cala de la luna pálida y desde allí, vuelta hasta Sagres.

Tras Sagres fuimos a Odeceixe, ya en el Alentejo, que era uno de los puntos de partida de la denominada ruta Vicentina y, más concretamente, de la denominada Fishermans trail o ruta de los pescadores. Pero antes de Odeceixe, hicimos una parte de la etapa entre Rogil y Odeceixe.

Pero, ¿qué hacía Sweet con esa polla negra? ¡Que desvergonzadas se habían vuelto las monjas!

En Odeceixe, ya en nuestra segunda etapa, hicimos una bonita ruta circular que alternaba paisajes desérticos, valles, bosques de eucaliptos, ríos escondidos y montañas que miraban a un horizonte infinito. Me bañé en piscinas naturales y me dejé caer por acequias árabes. El sol de mediodía picaba fuerte. Veintitantos kilómetros más tarde volvimos a Odeceixe alto.

No teníamos alojamiento y, tras varios días de acampada, se avecinaba una noche complicada. Bitter entró en pánico. Era una víctima, esto no era lo que ella quería. Por complacerme, una vez más, se había visto envuelta en mis enredos. De repente, todo lo veía negro, estaba cansada, quería una cama y todas estaban ocupadas. Se negaba a acampar por libre y ni siquiera había un miserable camping que aceptara mascotas. La tierra se abrió bajo sus pies. Mal rollo. Yo, por mi parte, tirando de mi socarronería habitual, intenté dramatizar aún más la situación a sus ojos. Me faltó llorar. Todo era un esperpento, de lo más dramático, una situación surrealista que yo no podía tomarme en serio. ¿De verdad era para tanto habernos quedado sin hotel?

De lo humano y lo divino va a hablar tu puta madre, pensé. Yo lo único que quería era meterle mi negra polla en su pequeña boca.

Nunca permitía que Sweet leyera mis escritos sobre la marcha. Eso sería tanto como darle permiso para entrar en mi subconsciente. Transcurridos unos días podía distanciarme plácidamente de los mismos. Pasadas las semanas y los meses, casi parecía que los mismos dejaban de pertenecerme.

Había leido Patria de Aramburu, las ocho montañas de Cognetti y una autobiografía de Malcolm X. También agua salada de Charles Simmons.

La tercera etapa de nuestra ruta vicentina discurría entre Odeceixe y Zamboujeira do mar. Fueron diecisiete kilómetros que parecieron muchos más. Mi pie izquierdo había comenzado a hincharse, a saber por qué motivo.

En este mundo capitalista, la gente sospecha de cualquiera que haga algo de manera desinteresada por un absoluto desconocido. En los últimos tiempos varios amigos de amigos querían recurrir a mis servicios como abogado especialista en extranjería, sin pasar por la organización no gubernamental para la que trabajaba. Por alguna extraña razón, nunca se me había ocurrido cobrarles un céntimo. ¿Por qué debía hacerlo? pensaba. Prefería que vinieran a mi oficina como los demás, como los pobres a los que atendía a diario. Ellos, que tenían dinero, se resistían. Al final, rodeados de negros, en la sala de espera, aguardaban, un día cualquiera, a ser atendidos, sin privilegio alguno. Y yo me reía por dentro.

El camino desde Odeceixe alto hasta Odeceixe bajo transcurría apacible a orillas del río. Nos paramos en una zona donde el agua, ya algo salada, cubría hasta las rodillas. Continuamos por la línea de costa bajo un sol de justicia. Chipi no sabía como encontrar la sombra. La panorámica era imponente. Dos horas más tarde habíamos llegado a Azenha do Mar, donde un perro sarnoso pesadilla nos dio la comida en su persistencia por fornicarse a Chipi.

Luego, las dunas se transformaron en vegetación. Atravesamos praia Amalia y praia dos machados. Esto no son diecisiete kilómetros, pensé. Una etapa larga y realmente preciosa. Ya cerca de Zamboujeira, nos encontramos una especie de arca de Noé. De repente había Bisontes por todas partes, alces, vicuñas y otras especies de mamíferos raras que no había visto nunca. La mala noticia era que el pie seguía hinchándose sin parar. En ese momento no quería asumirlo pero, mucho me temía, poco podría andar de aquí en adelante en Portugal.

Por la noche, dado que no había forma de cenar en la marisquería, ni siquiera en la terraza, si tenías perro, no nos quedó otra que cogernos la mariscada para llevar. Dimos buena cuenta de ella, aderezada de un vinho verde en una mesa cualquiera del camping en el que nos quedamos.

Los peores pronósticos se confirmaron y mi tobillo amaneció como una bota. Sweet tuvo que coger el bus de vuelta hasta el inicio del trekking donde habíamos dejado nuestro coche.

La presión en mi vida iba en aumento. Había llegado el momento de tomar una decisión. La casa, el coche, los niños, habían dejado de ser ya algo que se pudiera aplazar. Yo seguía optando por la resistencia pasiva. Era más bien cuestión de que el azar determinara mi futuro. La vida siempre había hecho conmigo lo que le había dado la gana. Decía Malcolm X que uno de sus defectos era que cuando un problema era demasiado complicado, o pensaba que no tenía solución, tendía a ignorar el problema. A pesar de todo, concluía, el problema seguía allí. Había decidido ser agradable, al menos hoy. Cerré lo ojos y fingí ser invisible.

¿En que punto se había frustrado mi maduración? ¿Por qué no me había convertido en el adulto que se suponía debía ser? Si en dos minutos no me había dormido fumaría otro cigarro. ¿Escribía para viajar o viajaba para escribir?

Los niños reían y chapoteaban a mi alrededor en Zamboujeira do Mar. Movimiento vitalis.

Don Tancredo.

Tréboles en la base de una pequeña palmera.

Y ahora busco conservar este instante. Como cuando tenía seis años y me decía ¡tienes que lograrlo! ¡Tienes que conseguir recordar este momento para el resto de tú vida! Y entonces pensaba en algo, hacía un gran esfuerzo y me decía que tenía que recordarlo para siempre, como si ese pensamiento escondiera toda la sabiduría que podría atesorar. Y es que, ¿era más sabio entonces o ahora?

Unos minutos en el acantilado entrada do barca. Seguimos la línea de costa camino de Almograve, en coche. Sweet me saluda a lo lejos desde el Cabo de San Vicente. Y entonces, sin saber por qué, se lanza al vacío, vuela, hace un escorzo, una pirueta y cae limpiamente, cien metros más abajo, en las cristalinas aguas del Atlántico. Mientras, Chipi juega con un lanudo cachorro blanco que se ha enamorado, como todos, de ella.

Memoria de pasadas noches eternas tirado en la playa. Desde las playas de Bolonia en Cádiz donde estuvo a punto de pillarnos el camión de la basura mientras dormíamos, hasta la desconocida Oporto. Y entre tanto, recuerdos de Punta Umbría, la playa del Lobo, Tavira o Vila do Milfontes. En Lisboa recuerdo una señora vieja que vendía pasteis do Belen. Recuerdo también a un borracho que chapoteaba en su delirium tremens y como la policía tuvo que meterse en el agua para ayudarle. En Setúbal dormimos como tantas veces en el coche. En Faro, ciudad de bonito casco histórico que nos dejó algo indiferentes, todavía seguíamos siendo unos niños.

Y el lanudo perro que se ha enamorado de Chipi, como es pequeño, no puede fornicarla y se conforma con practicarle sexo oral. Entonces, un hombre agitanado de ojos tristes, mediana edad y coleta, para su caravana justo al lado del acantilado y, sin saber en que momento le surge la inspiración, comienza a tocar con gracia una vieja guitarra española.

Me acerco, le saludo e intercambiamos algunas palabras. Me cuenta que la opción de la caravana a nivel de precio, resulta imbatible. Me la enseña por dentro. Cocinita, armario, cama, lo tiene todo. Tres mil euros. Al conducir, me insiste, ni siquiera te enteras de que la llevas detrás. El motor no se rompe ni se avería nunca. Ni envejece, ni tienes que cambiarlo pues no es un vehículo. A él, me dice, le gusta hacer «Camping Sauvage». Es del noroeste de Francia.

Otra vez negras las uñas de los pies. Fue entonces cuando vi de perfil a un austrohúngaro.

ANJO DA GUARDA PROTEJE ESTE LAR reza en la puerta de la pequeña casa de madera en la que vive un niño gordito que se parece a Cristiano Ronaldo.

¿Quién ladraba a lo lejos? ¿Sería Blacky? No pude aguantarlo. Decidí volver al coche y marcharme inmediatamente de allí.

En Portugal abundaban los vascos. También había algunos portugueses, no muchos. Yo siempre me había llevado especialmente bien con los indepes. Me salía bien eso de imitar el acento vasco y solía hacerme pasar por uno de Rentería. Al final, era cuestión de ponerle ganas, meter algún patón con el condicional de vez en cuando, algún caguendios que otro y si no colaba, simplemente me limitaba a atacar al Estado opresor español hasta que, al final, todo iba como la seda. Eso sí, lo de las banderas pa ellos. Yo, como Groucho Marx, nunca entraría en un club que me aceptara como miembro.

¡Ya basta! me grita una vez mas Sweet cuando le meto mano mientras conduce.. ¡Te tomas conducir a pitorreo!

Estábamos en la comarca de Odemira. Entramos en la aldea de Malhadil. Espantapájaros a la izquierda, fardos de heno a la derecha. Otro bosque de Eucaliptos, los árboles más egoístas que existen. Llegamos al cabo Sardao. Sweet me hizo una felación sin apenas distraerse de la carretera.

Y ahora te digo, sí, a ti, tienes que escuchar la Leyenda del tiempo de Camarón.

Sweet seguía insistiendo en «chupar cámara» en este blog. ¡Yo haré de ti una estrella!, le dije. Fue entonces cuando fingimos que le hacía un casting en el que yo era Weinstein y ella una inocente lolita aspirante a estrella de Hollywood.

Dramáticos acantilados de roca negra cortan el horizonte. Las olas rompen sin miedo en una playa de piedra. Chipi es la única con el valor suficiente para asomarse al vacío. Mi perrita negra pequeña de orejas de mariposa y pechito blanco.

Y os hago una advertencia, por si venís a Portugal. Si véis a un viejo con camiseta gris, pantalón corto negro y gorra blanca que merodea por el Alentejo, prestad atención, pues suele pasearse con su esposa. Parece un viejo normal. Luego, sibilinamente, se colocará a vuestro lado y se tirará de improvisto un cuesco de lo más sonoro. A mi me ocurrió. Actuó tranquilo, como si no hubiera pasado nada. Y se marchó sin más.

No dejéis de probar el arroz lingueirao (con navajas).

Seguí caminando a pata coja por los alrededores del cabo sardao. Llevaba una bolsa de plástico con mierda de chipi en la mano izquierda. Tenía que tener cuidado, tendía a enfrascarme en mis pensamientos olvidando que estaba cerca de un acantilado. Un tipo de muerte así te pega bastante, me dijo Sweet.

Pronto, leí en una pared, se dirá de vosotros lo que ahora se dice de nosotros: ¡murieron! De hecho, lo raro y excepcional es estar vivo, no lo olvidéis.

Una diosa que antes de quitarse la ropa parecía una simple mortal pasea desnuda para mí en la playa de Do Machados. Una playa salvaje y virgen a cuarenta minutos de marcha desde Zamboujeira do Mar. La puesta de sol se acercaba. En esta parte de Portugal el sol se ponía por el mar.

Se trataba solo de intentar aferrarse a algo. Había noches en las que el mundo entero podía permanecer en silencio. En otras, en cambio, pareciera que el mundo no podía parar de gritar. Si mis diarios desaparecieran, desaparecería el mundo entero.

Lo nuestro solo estuvo en mi cabeza y, en la tuya, tal vez.

En Portugal también hay muchos nepalíes y bangladesíes, no sólo vascos.

El Algarve y el alentejo, a sus prefijos me remito, tienen fuertes influencias árabes. Los ríos Odemira, Odeceixa u Odiel(en España) toman la versión portuguesa del prefijo árabe Guad. Hasta el toque azul de las casitas me recuerda a Chaouen. Precisamente en el río Mira pasamos el siguiente día. Allí hay unas extraordinarias playas fluviales.

Por la tarde, caminamos por el paseo marítimo de Vila Nova de Milfontes que se úbica en un privilegiado enclave al estilo de la rías gallegas, salteado por preciosas dunas junto a un mar que no sé dónde se une con el río. Por la mañana nos volvimos a encontrar con el francés de la guitarra y su chica. No pudo dejar de darme argumentos de lo más convincentes para comprar una caravana.

En el siglo XXI cuando frases como prohibido prohibir se han convertido en una caricatura de sí mismas, la religión del prohibicionismo y de lo políticamente correcto ha ganado la batalla. Los jóvenes, salvo en la superficie, son bastante más conservadores que sus padres.

El último día de nuestro viaje, visitamos el pueblo de Odemira e hicimos una ruta circular a pie, ya andaba algo mejor, por Aljezur. Tras degustar unas rica ensalada de pulpo y un cerdo frito picante, la caminata nos llevó tan sólo un par de horas.

FIN

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