Senderismo Kazbegi. Por libre. En solitario. Hiking Kazbegi.
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Kazbegi

De Tbisili en Marsrutka fuimos a Stepan Tsiminda, campo base para recorrer el parque nacional de Kazbegi. Edu, un joven ingeniero catalán, viajaba junto a dos alemanas que había conocido en su hostal de Tiflis.

La humanidad en movimientos pendulares. El equilibrio, la lógica y la razón.

La Coca Cola mezclada con café nos proporcionó notables energías y alguna taquicardia.

La mayor parte del tiempo pensaba que, por mucho que me engañara, nada servía para nada.

La coronilla de Polansky empezaba a clarear. Estuve intentado hacerle ver que por mucho que todavía se viera joven y guapo, su pelo era muy parecido al de Zidane. Cruel, tal vez. Yo sólo quería hacerle comprender que debía follar todo lo que pudiera antes de que fuera demasiado tarde.

En Georgia todos los caminos llevaban a Tbisili. Cada vez que buscabas un nuevo destino debías pasar inevitablemente por la capital.

Junto al catalán y las alemanas fuimos trotando hasta la iglesia de Gergeti. Luego, ya solos los tres chicos, seguimos un sendero nevado que desembocaba en una carretera que bajaba paralela a uno de los valles. Algunos kilómetros más tarde, llegamos al pueblo de Gveleti. Algo antes el catalán echó a volar su dron por el espectacular valle. Fue entonces cuando se pegó un tropezón que a punto estuvo de despeñarle. Polansky con sorna le dijo: » Ya estoy leyendo los periódicos catalanistas…Muere senderista catalán en extraño accidente mientras caminaba acompañado de dos españolistas andaluces».

En Georgia los gusanitos se llaman gusanotes y tienen al menos el doble de tamaño.

Esa noche acampamos en una granja abandonada cerca de Gveleti. Hacía un frío de cojones a pesar de que nevara durante toda la noche. La tienda de campaña se comportó como una auténtica campeona. Dormimos a menos cinco con sacos del Decathlon pensados para más diez. El precio a pagar por ir ligeros de equipaje.

La única forma de sobrevivir y matar el tiempo fue lanzar un incendiario, populista y reaccionario discurso en contra de la izquierda nacionalista e identitaria. En un momento dado, Polansky me soltó un «tu discurso me suena un poco nostálgico, ¿no?» que me hizo envejecer de golpe veinte años. Entre tanto surgieron figuras como Jordan Peterson, Slavo Zizek o un hombre blanco hetero. También acabamos hablando de un colega suyo al que respeta mucho, contrario al capitalismo y comunista convencido. Yo, le dije, «a los que a estas alturas se reconocen como nazis o como comunistas, les respeto mucho. Serán unos descerebrados, continué, pero al menos, tienen huevos».

Por la mañana fuimos a la cascada grande y luego a la pequeña. Antes, habíamos caminado por varias granjas de caballos y habíamos tomado un café aguado en un puestecito en mitad de la nada, de una señora mayor georgiana. La vieja, nos contó en secreto que este frío en abril no era normal. Según ella, era cosa de los rusos.

O yo no entendía nada de botánica o Georgia estaba llena de almendros.

Después de visitar un lago y de volver a maravillarnos con las escarpadas, rocosas y nevadas montañas caucásicas, hicimos autostop. Nos recogieron unos agradables señores rusos que iban hacia Tbisili de vacaciones.

Antes de subir al coche, se les acercó también otro chico y les preguntó si podía llamar a un amigo suyo que se había perdido en la montaña. La señora, según me explicó Polansky luego, le dijo muy educadamente que ella solo era una pobre anciana desvalida y que desconfiaba de él. Le dijo que esperara a unos metros de distancia hasta que volviera su marido al coche.

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