Pushkar Viaje mochilero Pushkar. Por libre. En solitario. Relato de viaje.
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Pushkar

Catorce de diciembre. A las cinco en pie dirección Ajmer-Pushkar. El tren no está mal y el té que nos ponen es cojonudo. Llegamos a Ajmer y mochila a cuesta salimos de la estación los seis occidentales. Juntos, en una ciudad  no demasiado turística, somos inevitablemente el centro de atención.

Nos piden 400 rupias por llevarnos a Pushkar. Decidimos irnos en autobús haciendo caso a un viejo indio que repite compulsivamente que no nos fiemos de nadie, que solo quieren dinero y que es peligroso. Quince minutos después llegamos a la estación de autobuses. El espectáculo de colores es deslumbrante. Estamos en Rajastán. Entramos en un autobús prehistórico y nos instalamos cómodamente en la cabina del conductor. Tras llenarlo hasta los topes, el autobús milagrosamente arranca.

Pushkar está a doce kilómetros de Ajmer y hay que coger una carretera rural para llegar. Entre montañas y junto a un lago obra de Brahma, que arrojó al suelo un pétalo de rosa para crearlo, el emplazamiento resulta inmejorable.

La mochila empieza a pesar y el hecho de ser seis no contribuye, precisamente, a que las cosas se hagan rápido. A pesar de que la mayoría somos, en general, gente positiva, la cosa no acaba de cuajar. Acabamos comiendo en un jardín muy bonito aunque claramente dirigido al turista. Hablamos mucho. Los catalanes cuentan vida y milagros.

Pepe, el catalán, tiende a la verborrea aunque, ciertamente, tiene mucho que aportar. Entramos por unos días en su mundo de misticismo, astrología, vegetarianismo y masajes, es una suerte.

En alguna conversación están a punto de saltar chispas aunque al final impera el buen rollo. Visiones del mundo, política, viajes y hasta sexo tántrico ocupan buena parte de la conversación. La orinoterapia al parecer es una práctica habitual en la vida de pareja de estos catalanes que alaban las propiedades casi milagrosas de la orina sobre la piel.

Tras varios intentos de autopérdida infructuosos me desmarco definitivamente cuando empieza a disgustarme el cariz gregario que toma la situación.

El Lake View es un hotel tranquilo, con habitaciones confortables y con una vista inmejorable del lago de Pushkar. Deslumbrados, decidimos quedarnos. Por suerte cogemos una habitación arriba. Solo tenemos que dar dos pasos más y ante nuestros ojos una de las vistas más impresionantes que haya visto jamás. Los gats rodean el lago y le dan un aspecto majestuoso. Llegamos justo al anochecer y la puesta de sol es imponente. Una luz maravillosa.

El baño deja mucho que desear. Nada grave. Más desagradable es la antipatía del propietario muy en las antípodas del ciudadano medio rajastaní, extrovertido, alegre y hablador por naturaleza.

Sorpresa. Los catalanes aparecen de repente y se acoplan en una de las habitaciones de al lado. Pepe se entusiasma con el espectáculo que se presenta ante sus ojos. Un hombre apasionado. Su mujer apenas se detiene a mirar, está demasiado ocupada, aunque lo disimule, en echar de menos todas las comodidades que ha dejado atrás. Una pena. Una mujer algo introvertida, insegura y desconfiada. También aguda en sus reflexiones y no carente de sentido común. Convencida de aquello en lo que cree no lleva bien que nadie la contradiga. Al día siguiente, ya con el marido desanimado, deciden cambiarse a un hotel más turístico con cuarto de baño casi europeo.

Esa noche Blanco y yo damos un paseo por los gats. Aún desconocíamos la prohibición de andar con zapatos por allí y durante una hora actuamos sin saberlo como auténticos sacrílegos. Es entonces cuando tras cruzar un pequeño acueducto quedamos impactados ante la imagen de un Sadhu vestido completamente de blanco que medita inmóvil en medio del lago.

La falta de luz y el vapor que desprende el lago hacen imposible saber a ciencia cierta si se trata de un hombre real o no. La baja temperatura de la noche hace impensable pensar que haya alguien allí de pie, en mitad del lago, en pleno trance. Sin embargo, joder, eso es lo que parece. En ese momento aparece un joven muy cubierto de mantas y decidimos preguntarle. La comunicación resulta complicada porque apenas habla inglés, como la mayoría de indios, por otro lado. Nos responde que sí, que se trata de una persona real.

Durante una hora conseguimos comunicarnos con el chico no sé muy bien cómo. A pesar de los miles de malentendidos nos acaba por llevar con él hacia una hoguera en la que apartados cenan apaciblemente unas personas. Lejos de la ciudad, sin apenas luz, tirados en el suelo, nos unimos a esa hoguera. Se trata de un grupo de sadhus (sabios itinerantes de la India) que comparten cena con algunos de sus discípulos. No parece real estar allí. Uno de los sadhus hace chiapati mientras hierve las verduras.

Pushkar, como ciudad sagrada, es estrictamente vegetariana. Los sadhus, que respetan las tradiciones y han renunciado a todos los placeres materiales de la vida, viven en la indigencia pero no piden dinero. Uno de los sadhus habla inglés y comenzamos a conversar. Nos dice que aunque de padres indios, nació en Inglaterra (Leicester) y que lleva cuarenta y siete años viviendo en la India.

Nos invitan a cenar. Blanco prefiere no comer. Yo acepto  el ofrecimiento. Cometo el error de utilizar mi mano izquierda pero rápidamente corrijo mi error. Mojo en salsa el chapati. Tengo la sensación de que estos sadhus comen siempre lo mismo.

El sadhu «inglés» nos dice que es doctor, que estudió en la universidad de Varanasi pero que prefiere la «free life» y que detesta la vida al estilo occidental con todas las esclavitudes que hacen la «life» menos «free».

Acabamos perdiendo la noción del tiempo y, como después se acabaría convirtiendo en norma, faltamos a nuestra cita con el resto del «grupo». Una hora después de lo acordado nos unimos a la pareja de catalanes en un restaurante tibetano. Pruebo el momo con tomate y queso acompañado de sopa vegetariana. El momo se puede acompañar con salsas diversas. Buena comida.

Tras dar una vuelta, volvemos al hotel. Un par de porritos nos sirven para volver a emparanoyarnos con la lejana imagen del sadhu que ya de madrugada permanece meditando en mitad del lago.

Nos levantamos a las seis de la mañana a ver el amanecer en el lago. No decepciona. La luz está preciosa y los primeros indios bajan a hacer las diarias abluciones. Pepe aparece y se dedica a tirar fotos. No sé cómo, pero fotografía a una india en bolas.

Desayunamos de lujo en el Funkey Monkey que acabó por convertirse para nosotros en un clásico de Pushkar. Camino con los catalanes hasta que consigo desmarcarme. Me apetece ir a mi bola.

Llego a una especie de terraza pública en una esquina apartada del lago. Allí vive un sadhu que está tejiendo un bolso increiblemente chulo. Me acerco, nos saludamos y seguimos contemplando el lago. Tras las presentaciones me invita acercarme a él. Cojo una tela que me señala y me siento en ella. No habla mal inglés, es muy extrovertido y no para de reir. Contagia buenas vibraciones. Le comento lo bonito que me parece lo que hace y le pregunto si vende lo que fabrica. Me dice que lleva casi dos meses realizando esa pieza y que si me interesa su precio serían 5000 rupias (unos cien euros). Lógicamente, ni me planteo comprarlo.

Seguimos charlando de la ciudad de Pushkar, de sus viajes y de las diferencias entre sadhus y babas. Tras la agradable conversación prosigo mi vuelta al lago. «Sorpresa», con la luz del día el misterio queda revelado. El hombre que meditaba en el lago no es más que una bella estatua.

Un chico me intenta vender su música. Me toca algo con su sitar en miniatura.

Veo otro sadhu sentado en una pequeña sala con vistas al lago que forma parte de unos pseudo jardines muy originales. Comenzamos a charlar. Me refiere la importancia de la estabilidad. Es un sadhu que nunca ha salido de la ciudad sagrada de Pushkar.

Sigo mi camino hasta una zona pobre en la que destaca algún que otro templo hinduista. Me sorprendo al ver como un indio echa a una vaca que se había colado dentro del templo. Llego a la puerta del templo de Brahma y en ese momento, tras quitarme los zapatos, me doy cuenta de que unos policías me van a cachear y tengo chocolate en la bandolera. Pánico. Pienso incluso decirles que no pasa nada, que ya entraré luego. Sin embargo, ya es tarde. Abren el bolsillo grande pero por suerte no revisan el resto de pequeños compartimentos. Con el miedo metido en el cuerpo, saco el hachís y lo escondo en el calcetín. El templo de Brahma no vale un duro y lo abandono rápidamente.

Me adentro en los suburbios de Pushkar. Rodeado de intocables. Sin zapatos, vestidos con harapos y llenos de suciedad. Estoy en zombilandia. La miseria es conmovedora, especialmente la de los niños. Uno de ellos me pide cinco rupias y cometo el error, porque no tengo suelto, de darle un billete de cien (unos dos euros). La cara de Shock del pequeño cuando coge el billete y su rápida huida para esconder el botín como si acabara de darle una fortuna me reafirman en mi error. Nunca volveré a darle dinero a un niño.

De repente, cómo si se hubiera corrido la voz, salen de todas partes niños con un aspecto lamentable que comienzan a pedirme. Los pequeñajos me persiguen varios cientos de metros y entablamos conversación. Una chica con un uniforme escolar raído y muy sucio me habla en inglés. La media de edad no pasa de los siete años. Acabo por comprarles varias piezas de fruta y varios kilos de harina, lo que más me demandaban.

Con el tiempo me volví a encontrar con los pequeños intocables, lo sorprendente es que no solo no me volvieron a pedir nada sino que me demostraron su agradecimiento, limitándose a saludarme muy efusivamente.

Dos prostitutas gitanas se me ofrecen. Me vuelvo a encontrar con el del sitar. Las dos prostitutas y el músico me acaban por acompañar a tomar un Chai. La prostituta me «obliga» a hacerme un dibujo con gena. Antes de darme cuenta ya me ha dibujado lo que ha querido. Agobiado por la situación, me largo.

Me encuentro con los catalanes a los que he dejado tirados nuevamente y me saludan cagándose en mi puta madre. No entienden el viaje. Fina debe de pensar que está en Cancún. Tras varios días parece empezar a tomar conciencia de donde se ha metido. Lo va a pasar mal los treinta y cinco días que tiene por delante si no cambia el chip.

Está claro que lo del grupo es un coñazo. No he viajado para ir en pandillita haciendo el borrego. Sin embargo, seguimos juntos. Conocemos a un gibraltareño que estuvo viviendo en Japón y a otro catalán. Fina empieza a darme grima durante la comida. Después tomamos otro chai en el nuevo hotel de los catalanes que han vuelto a mudarse  pues no les gustaba donde estaban. A dormir. Porrazo que te crió.

Ya de noche, vuelvo al Funkey Monkey. Me integro en la hoguera con todos los currelas del barrio. Al principio me encuentro aislado y algo fuera de lugar pero esa sensación dura poco pues cogen confianza conmigo. LLegan otros tres indios de casta hindú procedentes de Jaypur que se unen a los Brahmanes que formaban el grupo inicial. Otro chai. El gibraltareño aparece por allí y el buen “feeling” se apodera del lugar. Los tres personajes de Jaypur que viajan por primera vez muestran una curiosidad infantil por nosotros.

Quedamos todos para otro día. El dueño de mi hotel se pilla un cabreo considerable conmigo por llegar tan tarde. Al principio se niega incluso a que suba.

Desayuno en el Funkey Monkey. Pruebo el kitori y un pastel de canela delicioso. A las diez, masaje. A pesar de que me habían hablado maravillas del colega nepalí, la experiencia supera todas mis expectativas. Masaje de cuerpo completo por 650 rupias. Agresivo. Estoy en varias ocasiones a punto de gritar. Sabe lo que hace. Casi entro en trance cuando me masajea la cabeza. Desprende buenas vibraciones y atrae las malas. Practicas milenarias que aúnan rito y técnica. Pasados los años sería indudablemente el mejor masaje de mi vida.

Después del masaje nos reencontramos con los tres hindús personajes que no habían aparecido a la cita de las ocho. No explican el porqué. Tampoco hace falta. Esto es La India. Cuando llegamos a la cima de una montaña próxima me doy cuenta que me he olvidado poco antes mi bandolera. Bajo corriendo y, afortunadamente, allí sigue. Millones de pobres y ni un solo ladrón. En fin, tuve suerte.

Los tres hindúes siguen ejerciendo de excéntricos. La atracción es mutua. Venimos de mundos recíprocamente desconocidos. Los tres trabajan para el Ici Ici bank y son turistas en Pushkar, como nosotros. Son de la casta alta Hindu. Uno de ellos se va a casar y decide invitarnos a su boda. Sigue el surrealismo. Otro de ellos es tartamudo y apenas habla inglés por lo que las conversaciones con él son kafkianas. Los tres son geniales e infantiles a partes iguales.

Esa tarde nos encontramos con los catalanes. Nos decantamos por la opción del bus para ir a Jodhpur. Me largo solo a visitar el gran templo. Noche junto al fuego con los amigos del Funkey Monkey. Me recuerdan que son brahmis, algo que me sorprende pues los hacía de una casta aún inferior.

2 Comentarios
  • Sofia
    Publicado a las 21:58h, 05 mayo Responder

    Me gusta mucho tu blog, un afectuoso saludo desde Buenos Aires!

    • RASKOLNIKOV
      Publicado a las 23:03h, 05 mayo Responder

      Muchas gracias Sofía. Espero que te haya gustado el relato de Argentina. Es un viaje del que guardo grato recuerdo. No hay nada como una buena conversación con un argentino. ¡ Vaya país que tenéis! ¡ Ojalá pueda volver algún día!

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