Parque nacional de Ranthambore Viaje mochilero Ranthambore. Por libre
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Parque nacional de Ranthambore

El tren, como es costumbre, se retrasa un par de horas. Charlamos con una simpática familia rajput que nos bombardea a preguntas. El padre de familia hace honor a su casta. Es un hombre franco y directo con tendencia natural a la sonrisa. También su hijo y su sobrino resultan de los más divertidos. Las mujeres, como suele suceder por estos lares, no hablan.

A las dos, llegamos a la estación. Malas sensaciones. La ciudad es asquerosa. Olores, humo y suciedad. No hay nada más que ratas, cucarachas y gentuza que intenta hacer negocio a nuestra costa.

En el hostal Pink Palace nos piden un pastizal por quedarnos a dormir. Son las tres de la mañana. Por mucho que les enseñamos los precios que constan en nuestra guía y les amenazamos con darles mala publicidad (Lonely Planet es Dios en La India), no entran en razón y solo acceden a dejar que nos quedemos en la peor habitación que tienen pagándoles un precio bastante abusivo. La cucaracha más grande del mundo pasea a sus anchas por nuestra cama doble. A las seis de la mañana tenemos que levantarnos.

Sawai Mondophur es casi peor por la mañana que por la noche. El olor nauseabundo encharca tus pulmones al amanecer. Hay polvo por todas partes. Son las ocho de la mañana y buscamos safari. Demasiado tarde, nos dicen. Los safaris salen a las seis de la mañana. Por la tarde haremos otro intento. Las mochilas se hacen cada día más pesadas.

A media tarde, con bastante mala ostia por la falta de sueño, nos colamos en un autobús de esos sin techo para los turistas que llegan a Ranthambore. La expectación es máxima. La tensión se palpa en el ambiente. Tal vez un tigre nos espere en la próxima curva. Pero nada. Vemos algunos ciervos, pavos reales e incluso un cocodrilo, pero nada de tigres.

Al día siguiente, tampoco hay suerte. Aunque se supone que en Ranthambore hay más de cuarenta tigres, panteras, osos y todo tipo imaginable de bichos, nosotros no vimos otra cosa que hermosos paisajes. Por lo que nos contaron, desgraciadamente, lo normal es no ver gran cosa. Eso sí, cuando nos marchábamos, nos dijeron que otros turistas más afortunados habían visto a seis tigres juntos. Otra vez será.

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