Viaje mochilero País Bassari. Por libre. En solitario. En coche
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País Bassari

VIAJE MOCHILERO PAIS BASSARI

 

Que te dejen tirado en el culo del mundo a las tres de la mañana no suele ser una experiencia agradable y menos si careces de alojamiento. Nos metimos donde pudimos pagando algo más de lo que habíamos previsto.

A la mañana siguiente nos sorprendió que la oferta de excursiones al Pais Bassari era prácticamente nula para viajeros independientes. Finalmente, tras arduas negociaciones conseguimos salir sobre la una de la tarde. El coche lo puso el hotel, el guía pasaba por allí, caos total. Al parecer, lo que se estilaba por allí era organizar jornadas de caza para millonarios.

Tuvimos mucha suerte con el chaval que nos acompañó, un Fulá de Dindefelo, uno de los pueblos interesantes del país Bassari. Rápidamente captó en que onda íbamos, que no nos interesaban las fotos ni la artesanía, sino sobretodo andar y ver todo lo posible.

Tras unos primeros minutos de escalada agobiante por la humedad y el calor reinantes, disfrutamos por primera vez de unas impresionantes vistas de la sabana. Una vez arriba de la montaña, visitamos una de las cuevas donde al parecer se escondieron los Bassari (que al parecer recibieron hostias de todos los colores) durante la primera guerra mundial.

De camino al pueblo, tuvimos la fortuna de ver algún que otro babuino así como una manada de jabalís. Para culminar la jornada de trekking fuimos a la famosa cascada que por si sola ya merecía una visita y solo entonces retomamos el contacto con la humanidad en forma de grupo de españoles que, por cierto, trabajaban en los alrededores dentro de un equipo de conservación de la fauna y flora local.

Si tienes la suerte de llegar al atardecer y bañarte a tus anchas es difícil no entrar en un éxtasis epicúreo y dejarte arrastrar por el momento. Al regresar, cogimos un cuatro por cuatro y justo antes del anochecer llegamos a Chez Leontine, un campamento de la etnia Bedik (animistas como los Bassari). El campamento, básico a más no poder, ni siquiera tenía agua corriente. Debías sacarla tu mismo de un pozo cercano.

Cómo anécdota bastante surrealista hay que decir que los Bedik que vivían allí, temían a los espíritus que se presentaban sobretodo por la noche. Y es que al parecer, últimamente, uno de los espíritus malignos se acercaba y lastimaba a todo aquel que se encontraba en su camino. La única manera de librarse de él cuando se le escuchaba acercarse era apagar súbitamente todas las luces y guardar absoluto silencio para que te dejara tranquilo y se marchara a molestar a otros.

Fuera lo que fuera, cada cierto tiempo, se escuchaban tremendos golpes y el sonido de un motor en las proximidades del campamento e, inmediatamente, el terror se apoderaba de todos, se apagaban todas las luces y nadie osaba abrir la boca durante los siguientes minutos. Cuando cesaban los ruidos y el espíritu se marchaba, todo volvía a la normalidad.

La situación que, a pesar de las coñas, acojonaba un poquito, nos obligó hasta en tres ocasiones a interrumpir el papeo. La primera media hora, al no entender nada de lo que pasaba, la situación fue si cabe más kafkiana.

El día veinticuatro seguimos explorando el país Bassari. Muchos nos insistieron en que el país Bassari en puridad solo eran Salewata y Ethiolo pues el resto no dejaba de ser territorio Bedik y Fulá.

Por indicación del guía compramos caramelos para los niños de Iwol y nueces de cola para las personas mayores (muy curiosas las nueces). La ascensión desde Ibel era ligera pero algo más larga que la del día anterior a Dindefelo.

A día de hoy Iwol conserva gran parte de la magia que lo ha hecho popular. Su ubicación única, su aislamiento, su baobab centenario (según cuenta la leyenda el más grande de Senegal) y su Ceiba enamorada del Baobab hacen de Iwol un sitio que se ha detenido en el tiempo, pero que sigue vivo.

Intentamos interferir lo menos posible en la vida de los lugareños y aunque nos convertimos en una atracción de feria para los niños, la situación se desarrolló con bastante normalidad pues debía ser habitual que algún blanquito que otro se pasara de vez en cuando por el pueblo para echarle un vistazo y embriagarse con el encanto del lugar.

Aprovechamos para leer los curiosos papeles que, al parecer, el jefe de la aldea, había preparado para aportar un toque cultural a los escasos visitantes  que acabaran pasando por allí. Se trataba de un sucinto resumen de la historia del pueblo. Si tenéis más interés sobre la historia no os queda otra que viajar hasta allí.

La gente iba a su rollo, como debe ser, y tras pillarse una nuez de cola, volvían a sus ocupaciones diarias como si tal cosa. Todo muy civilizado.

Después de Iwol pusimos rumbo, ahora por fin, a la zona propiamente Bassari en la actualidad y en concreto hacia las localidades de Salemata y Ethiolo. El camino para llegar hasta allí merece un recordatorio no solo por su belleza, sino también por su inaccesibilidad y dureza. Implica recorrer al menos tres horas en cuatro por cuatro por carreteras literalmente impracticables. En ocasiones incluso fue necesario descender del vehículo para «rehacer» la vía.

Ya en Ethiolo nos llevaron a visitar a uno de los ciudadanos más ilustres del pueblo que, no sin antes hacerse de rogar, nos puso al día de hasta los más pequeños detalles de la historia de su pueblo. Fue una experiencia valiosa pues el anciano era historia viva del pueblo Bassari. Conversamos un par de horas durante las cuales le bombardeamos a preguntas pues sus costumbres nos resultaban fascinantes.

El choque entre modernidad y tradición era evidente. En un equilibrio de fuerzas de escasa viabilidad el pueblo de Ethiolo con casi mil habitantes luchaba en la actualidad por sobrevivir y mantener sus costumbres. El curioso ciclo vital y las diversas etapas que debe atravesar todo Bassari hasta llegar a la vejez así como sus impactantes ritos y creencias, las relaciones tanto familiares como vecinales, nos interesaron profundamente y nos mostraron una riqueza que no podemos permitir que muera.

El aislamiento en el que todavía viven mantiene viva la tradición y acaba con ella al mismo tiempo. Contradicciones y más contradicciones.

La mañana del viernes día 25, todavía con resaca por lo vivido el día anterior, nos dedicamos plácidamente a vagabundear por el poblado Bedik donde nos habíamos alojado. Hicimos buenas migas con la gente del lugar y observamos con curiosidad a un joven francés que, al parecer, desde pequeño, pasaba largas temporadas con los Bedik.

Al mediodía iniciamos nuestro largo camino hacia el final de nuestro viaje por Senegal. A partir de ahí todo fue despedida y carretera. Una carretera que nos sorprendió gratamente en el tramo que unía Tambacounda y Kaolak. En ésta última pernoctamos.

Más desarrollada que la mayoría de ciudades vecinas Kaolak destilaba una cierta hostilidad hacia el turista que en ninguna parte habíamos percibido anteriormente. Como anécdota, un taxista nos dio el “paseíllo” unos diez minutos para dejarnos en el mismo sitio donde nos había recogido. Nos dimos cuenta a tiempo y nos negamos en rotundo a pagarle. Es el ramadán que me confunde, decía.

El último día antes de coger el avión en Dakar nos pegamos un homenaje en una zona pija de Dakar con bastante encanto (Les Almadies peut etre) que nos dio otro punto de vista de la hasta entonces poco agradable Dakar. En la terraza del NGOR escribí gran parte de este diario, mientras contemplaba el mar desde el paraíso del hombre blanco, dejando ya casi atrás Senegal, con todas sus miserias y con toda su belleza.

 

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