Viaje mochilero omán. Playas y desiertos de Omán
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Isla de Masirah. Desiertos y playas de Omán

Viaje mochilero Isla de Masirah. Playas y desiertos de Omán

Pero antes, o tal vez después, pasé un día en Seeb, pueblo marinero cercano a Muscate solo apto para quién, como yo, no tenga mucho que hacer. Allí, en la playa, jugué al mate con un grupo de chavales muy divertidos que se pasaron toda la tarde en remojo, eso sí, con sus camisetas puestas. ¿Por qué se empeñaban en llevarlas puestas a toda costa? Con tanta ropa relajarse en la playa debía de ser complicado. No me extraña que la mayoría de playas estuvieran completamente desiertas. De las mujeres en laplaya ya, ni hablamos.

Esa misma tarde estuve en un chiringuito de playa en Seeb. Le comenté al camarero que su chiringo aparecía en mi guía. No daba crédito. Tampoco es que supiera lo que era la Lonely Planet.

Un ruido agudo que viene del inframundo sobresalta a Chipi que, efectivamente, no entiende nada. Este cachorro del demonio intenta hipnotizarme, como hace siempre.

He dejado de escribir lo que pienso, no puedo hacerlo. Ya no. Hoy estuve en Marbella. Puede que si escribiera lo que realmente pienso mi vida cambiara por completo. La censura ha llegado a estos relatos.

Mirando la luna llena en Seeb termino por quedarme dormido en la playa. ¿Quién, sino yo, podría hacer autostop en Omán a las tres de la mañana? Milagrosamente tres coches me rescatan. Cubro la hora y pico de recorrido que me separa de Muscate y llego al amanecer a la capital.

Un turista en Omán no es un billete con patas. Es simplemente alguien extraño al que se debe ignorar, una fiera de circo de la que se puede desconfiar hasta que, por circunstancias del destino, te acaban conociendo. Es entonces cuando, a pesar de los prejuicios, no pueden evitar comportarse como la gente maravillosa y hospitalaria que son.

Ian tenía casi setenta años. Estaba curtido en mil batallas y a estas alturas ya estaba claro que era inmortal. En los diez días que estuvimos juntos se adaptó sin rechistar a cualquier circunstancia. Con setenta putos años dormía en el suelo, en el coche, en la montaña o en la playa, donde hiciera falta. Podía relajarse en cualquier parte. No catamos una cama en ese tiempo y el tío tan contento. Sweet se la pasó practicando inglés en lo que fue un curso de idiomas intensivo para ambos.

Y hoy sí, tengo que aceptarlo, hay cosas que son demasiado bonitas como para convertirse en realidad. Y es que, he de admitirlo, me tiemblan las piernas solo de imaginar como sería el paraiso. Hace años estuve allí, entonces era un inconsciente.  Volver me da miedo y tal vez, cuando me decida a actuar para recuperarlo, ya sea tarde para los dos, para los tres. Entonces un coche volvió a Málaga y, como siempre, no ocurrió nada.

Límites mentales que no podemos o queremos trascender, que pueden amargarnos la vida. O tal vez, simplemente, estos límites nos ayuden a seguir siendo infelices aunque el Cigala tuviera y tenga razón. Más autoengaño. Y a veces, sin embargo, la vida nos sorprende. Y yo, sin parecerlo, saboreo un minuto más de vida.

Todo es por tu culpa. No diré nada más. No puedo.

Omán es naturaleza pura y no sabéis, vosotros que no habéis estado, lo que os estáis perdiendo. Oman tiene una costa espectacular donde puedes ser el único bañista. Tiene carreteras que cruzan desiertos imposibles. Dunas rojas como el fuego del infierno donde todos los cuatro por cuatro del mundo juegan a los coches de choque como niños. Omán tiene los oasis más bonitos que existen. Hay montañas desde las que puedes ver el infinito. Pero sobre todo, Omán tiene una isla que es una joya. Su secreto mejor guardado.

La isla de Masirah es el sueño de todo Robinson Crusoe. Es una de las grandes sorpresas que me ha dado la vida durante mis años de viajero. Pero todavía no estamos en Masirah, seamos pacientes.

En nuestro coche cama, mucho antes, nos dirigimos a otra perla del islam, la ciudad de Nizwa. Para llegar hasta allí debes cruzar el llamado lugar vacío e infinidad de carreteras que no llevan a ninguna parte. Nizwa es una ciudad amurallada en una planicie rodeada por un oasis al fondo desde el cual se vislumbran los picos más altos el país. Su zoco también es particular. Fue entonces cuando, con todas mis fuerzas, deseé perderme y, no sé cómo, lo conseguí.

Esa noche dormimos en el desierto entre escorpiones. Si a Ian no le importaba, a mi tampoco. Después de un desierto siempre hay un oasis, un wadi. Unos oasis en Omán que merecen mención aparte pues proporcionan el contraste ideal a tanto calor y desierto.

No olvides llevarte bañador a Omán o puede pasarte como a mi, que tuve que comprarme el bañador más hortera del mundo en una tienda de chinos omaníes. La última moda, lo creas o no, no ha llegado allí.

Entonces, tras Nizwa, cogimos el Ferry que nos llevaría a la islah de Masirah, el corazón de este viaje.

Millones de hormigas trabajando a mi alrededor. Ser humano devorado por pequeñas criaturas en un parque de Málaga. Mi perro y yo. A eso se reduce todo esta tarde. Y como siempre un cuaderno en blanco prepararado para resucitar un viaje ya muerto.

Y otro remordimiento. Le prometí a Ian que le escribiría. Cuando finalmente lo hice meses después ya era demasiado tarde. Como siempre en mi vida. Aunque no por eso me olvidé de ti, Ian. Quería decírtelo.

Un onírico bungalow donde pasan cosas imposibles. Un amor platónico.

Una isla desierta donde llega un barco, no sé por qué.

¿Sabe un perro que se está haciendo viejo?

Cuatro días durmiendo en las playas de Masirah. Playas caribeñas a pocos kilómetros de otras atlánticas. Gigantes tortugas verdes que te saludan en mitad de la noche para luego, asustadas, volver al mar y, tal vez, no volver nunca.

Un perro jadea en mi oreja exigiendo atención. Otra hormiga se pasea por mi antebrazo. Una piedra que rebota en el suelo cuando parecía que ni chipi podría encontrarla.

Y luego, siempre en Masirah, una casa en mitad de una isla desierta donde nos permiten ducharnos tras muchos días de rebozarnos en el lodo. Un anciano que medita en la orilla de un mar infinito. Un paraiso privado y compartido.

Y eso que acabé en Omán por azar. Más razones para sentirme afortunado. Otro relato que dejo en este baúl de recuerdos que, por supuesto, no leerá nadie. Otro mensaje en una botella que flotará, por siempre, en mitad del oceano.

 

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