El lago Inle Senderismo lago Inle. Por libre. Sin guías.
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Senderismo: El lago Inle

Kalaw (se pronuncia caló) era la puerta de entrada a la última etapa de mi viaje por Myanmar, el lago Inle. Kalaw nos recibió lluviosa y fresca. Viajar al lago Inle en julio era la mejor opción. Las temperaturas bajaban. Los campos en plena estación de lluvias estaban en su máximo esplendor. Con un poco de suerte podías adentrarte en sus valles y montañas sin quedar atrapado en sus infinitos lodazales.

Me empeñe en hacer el sendero desde Kalaw a Shieng She por libre. En internet no había encontrado ningún senderista hispanohablante que lo hubiera hecho sin guía. Y eso que la propia naturaleza del trekking no planteaba, a priori, grandes dificultades. Encontré numerosos blogueros que, sin haberlo intentado, desaconsejaban dicha práctica. Talludito como estoy y desconfiado como soy, decidí pasarme por el forro los consejos de tan bondadosos samaritanos. Seguí recopilando información con el fin de evitar a toda costa acabar en un grupito de esos tan chulos con guía.

El espaldarazo definitivo me lo dio Paco Nadal, reportero del País. Algunas veces no te queda otra que tragarte uno de esos vomitivos artículos. Las peregrinas razones que daba para no hacerlo sin guía me dieron el empujoncito que me faltaba. El autoconocimiento, la libertad, el vencer los propios límites, el descubrimiento, obviamente, nunca han sido la prioridad de algunos viajeros. ¿Un poquito más de turismo vivencial de pago, Paco?

Afortunadamente, frente a la industria del miedo y los profesionales del viaje, aún persisten también otras mentalidades viajeras algo más emprendedoras. Seres que huyen, cuando pueden, de los lugares comunes. A mí, en este caso, me inspiró otro viajero, Travelsauro. Un viajero que ya me había inspirado en otras ocasiones y que me había ayudado a descubrir rutas salvajes e interesantes como la del sendero por la cordillera Huayhuash (Perú). Uno de los más bellos recorridos que he realizado hasta la fecha.

Con la habitual resistencia de Bitter, nos pusimos en marcha por libre. Una de las mochilas la mandé a Xiung She por carretera. Empezamos la pateada.

La primera jornada constaba de dieciocho kilómetros. Salimos de Kalaw dirección a la estación de tren y comenzamos a subir por la ladera izquierda del valle. Del color verde de mi vida, era el camino. Las temperaturas alrededor de los veinte grados, tras haber pasado varios días de mucho calor, se antojaban ideales. El rojo intenso se batía a muerte con un verde que, como yo, no era de este mundo.

Los paisajes, al contrario que a otros turistas que viajaron en otro momento del año, nos cautivaron de inmediato. Los arrozales, los árboles de Buda, las escarpadas laderas, los terruños recién sembrados y luego, los templos y las pagodas. Los agricultores Shan con sus peculiares sombreros. Los niños jugando a ser niños con sus palos, sus piedras y sus ruedas. El Myanmar más chino y más serio. Las casitas de Bambú en cada uno de los cuatro poblados que atravesamos ese primer día.

A las cinco de la tarde, sin demasiada dificultad, habíamos llegado a Kiat Su. Allí, a pesar de no tener guía, nos pudimos alojar con una familia que, además de acogernos de maravilla, se alegró, por una vez, de librarse del intermediario. Tal vez tanto intermediario y tantos miedos, Paco, beneficien mucho al turismo, pero acaban matando el viaje.

Sientes el perfume de las flores cada vez que alguien muere. Amargura absurda y estéril que desaparece de este relato y de mi vida.

Ni una sola noche logré dormir más de cuatro horas seguidas. Ya me había acostumbrado a echar varias siestas a lo largo del día.

Otra reflexión que se escapa por no tener un cuaderno a mano. Como aquella vez que olvidé la verdad que, por fin, me fue revelada tras un nirvana psicodélico.

La segunda jornada del sendero entre Kalaw y el lago Inle arreció la lluvia. Veinticuatro horas ininterrumpidas de lluvia convirtieron la mayor parte del camino en un lodazal. Paco!! Qué razón tenías! Mis botas nuevas habían perdido su virginidad, a lo grande.

Sigues presente. Sin embargo, algo ha cambiado.

Son un puñado de historias, no más, las que componen toda una vida.

La mejor manera de desembarazarse de alguien es hacerle creer que ha sido él, o ella, la que se ha desembarazado de ti. La capacidad de amar a esas personas, durante un tiempo al menos, es lo único que nos llevamos. Triste consuelo.

Resulta curioso que lo que más amemos de alguien sea aquello que más acabamos detestando.

La segunda etapa no la habríamos podido completar sin un geolocalizador. Si os decidís a realizarlo como nosotros, por libre, resulta imprescindible que llevéis GPS.

¡Qué gran acierto viajar en época de lluvias!

La noche la pasamos en un monasterio budista. Poco antes, en la última parte de la segunda etapa, empezamos a coincidir con otros senderistas. Todos ellos con guía, claro.

El trekking de Kalaw ofrece múltiples alternativas. Para sacarle jugo debes introducirte en los intestinos del valle. Por suerte, elegimos bien. Los sesenta kilómetros de ruta los hicimos por veredas muy secundarias que nos permitieron compartir la vida de lo lugareños y dieron a un trekking turístico, un poquito de aventura.

La cama, con cena y desayuno en el monasterio, te saldrán por diez mil kiats. Allí estuve jugando al fútbol con los niños monje. Uno de los lugareños nos contó que los shan que pueblan estas tierras, tienen fuertes vínculos con los chinos. Los shan están integrados por treinta y siete etnias diferentes.

En Myanmar es habitual que durante uno o más periodos de la vida, los adultos decidan meterse a monje para meditar y estudiar en profundidad el camino del Buda. Al contrario que en otros países del entorno, en Myanmar sí he percibido la sana espiritualidad de la gente. Gentes sencillas y humildes. Agradables y felices. El país de las sonrisas.

Me traigo buen recuerdo de las escuelas y de los monasterios. Hay, sin duda, peores infancias que las de los niños birmanos. Hasta los perros recibían cariño en Myanmar. Algo que no ocurre ni en La India ni en otros países musulmanes del entorno.

Dr. Sax pasea fantasmal a mi lado. Muy delgado, camisa a cuadros, sus gafas no ocultan una mirada vital y curiosa. Toma asiento al lado de una señora transexual birmana y luego, desaparece entre las nubes.

La tercera jornada del trekking es la más suave y la que menos perdida tiene. Tras una leve subida de un par de kilómetros, desciendes una quincena más hasta llegar al embarcadero Inn Day. En una parte del recorrido disfrutas de vistas panorámicas hasta que comienzas a vislumbrar el lago Inle. Es mejor evitar la carretera principal en la segunda parte de la jornada.

Tras sesenta kilómetros de pateada, y una noche diarreica, mis fuerzas estaban muy menguadas. Aprovechamos la barca que por veinticinco mil kiats nos llevaba a Nieng She para hacer algunas paradas turísticas de obligado cumplimiento (seda, plata, jardines flotantes y pagoda principal).

Lo único que me llamó la atención fue el rollo jardines flotantes. Me impactó la pericia de estos agricultores que plantaban tomates, berengenas o chile, en mitad del lago. Una serie de algas y otros sedimentos naturales hacían de sustrato para que las plantas pudieran prosperar hasta el punto de llegar incluso a ser más productivas que en tierra firme. Nuestro barquero nos insistió en que el ochenta por ciento de los tomates que se consumían en el país, se producían allí.

Era curioso ver esas matas flotantes clavadas al fondo del lago a través de un onmipresente tronco de Bambú. Más curioso era ver como, a voluntad, podían desplazar cientos de plantas de una sola vez y reubicarlas en otra parte del lago, simplemente, desclavando el citado tronco.

Estaba tan cansado que el barquero me preguntó un par de veces si me encontraba bien. Yo, con ataques de narcolepsia, aguantaba a duras penas los cantos seductores de Orfeo. El recorrido de un par de horas fue un broche de oro a nuestros días en Myanmar.

Construcciones de Bambú y de madera, todas ellas tradicionales, nos trasportaron a un lugar, a un mundo, autentico. Luego, ya en bicicleta, nos despedimos al día siguiente del lago Inle. Una ruta de quince kilómetros de ida y vuelta hasta el famoso puente de madera. Pedaleamos entre pitajayas, mangos, aguacates y los siempre presentes maizales.

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